Pandemia

Cuando la noche cae en una Rosario semidesierta

Una crónica en tiempos de pandemia, luego de una caminata entre el centro y República de la Sexta.

Domingo 22 de Marzo de 2020

Los pájaros en la plaza Pringles chocan alas contra hojas y el sonido parece el de un arroyo manso, en otras noches sería imposible escucharlo. Por Corrientes, el ruido del motor de un colectivo vacío distrae a las pocas sombras. Una risotada desde un balcón llega a la vereda y rebota, nadie detiene sin saberlo las ondas sonoras, la voz de un chiquito le pregunta algo a su madre y también el sonido va de una pared a un balcón y se escucha un piso más abajo. Hay balcones iluminados, nunca se los vio en pleno centro. En la puerta de un negocio, Sergio, apenas iluminado con las luces de la vidriera, lee un ejemplar de La Capital de quien sabe qué fecha. Sergio fue arquitecto hace muchos años y ahora es un hombre que grita y bebe demasiado, que espanta a los vecinos de la cuadra de Córdoba y Corrientes a cualquier hora, pero esta noche del 20 de marzo no hay cuerpos para espantar y él en una rato va dormir, como siempre, en alguna puerta, a veces en la de una financiera. La vida le dio dos golpes: uno lo dejó sin aire y el otro sin mandíbula. Córdoba es una cinta iluminada a medias, las pesadas cortinas de Augustus y La Favorita están clavadas en el piso.

Las pizzerías y hamburgueserías de Córdoba tienen las luces apagadas y en la puerta se juntan unas cinco o seis motos por local, suenan los celulares cada uno con ringtones distintos, las conversaciones se escuchan a metros de distancia; alguien pide pizzas, otros empanadas, cervezas, las motos huyen veloces, no hay nada que esquivar en el asfalto.

Por Buenos Aires y Rioja una voz, parece una nena, grita: ”642”. Se presume que un padre o una madre inventaron un juego por puntos. Los balcones siguen iluminados, más que en pleno centro. Un perrito mea en medio de calle Buenos Aires, su dueño vive en el “ Minordo” y apenas lo sacó a unos metros de la puerta de entrada del edificio; el perro termina, lo mira, los dos vuelven al departamento.

No hay restaurantes abiertos en San Luis y Buenos Aires pero el aroma a salsa abunda, invade la esquina, viene de un balcón de un primer piso, recuerda a cena en casa de abuelas y madres de infancia. La dueña de un minimarket de mitad de cuadra esta preocupada y le cuenta a la única clienta: “Vivimos de esto, yo no puedo cerrar”.

Pasa una bicicleta y el sonido de los rayos cortando la brisa se mezcla con el de agua que deriva. ¿Por qué agua? ¿Alguien dejó una canilla abierta? Es la alcantarilla y el río subterráneo de conductos que nunca se escucha y atraviesa Rosario, otro sonido en la noche más calma.

En un balcón por San Luis un gato salta de un lado a otro y un aroma a bife a la plancha llega desde una cocina muy iluminada. Es increíble lo largos que son algunos pasillos de las pocas casas muy antiguas que perduran, las ventanitas internas que nunca se vieron y que dan a otros ámbitos y a patios internos, también iluminadas. Algunos edificios antiguos muestran sus halls, son de una arquitectura caprichosa y con mezcla de tendencias, algunos muestran cuadros que hasta parecen interesantes.

Risotadas, gritos de niños y de padres retándolos, de los balcones se deslizan charlas con tono familiar, me recuerda a la que tenían mi madre con su hermana en algunas madrugadas y charlaban cosas de familia.

Son las 21, una pareja carga bolsas como si viniera del supermercado, pero no hay supermercados cercanos. Descargan las bolsas en el umbral de un edificio y sobre la vereda acomodan una cajita, dos almohadas, cuatro mantas, una botella plástica. Ella se llama Andrea, él Marcelo. Están viviendo en la calle desde hace una semana. “Yo me equivoqué, mi tía me dijo que me daba un terreno en Italia al 3900 y compre materiales, pero mi marido se peleó con un amigo de mi tía que es homosexual y ahora no tengo el terreno y tengo una hija discapacitada y...”. Andrea va a repetir esa historia varias veces durante la charla. ¿Cómo sobrevive al Covid-19?. "En un negocio de calle 1º de Mayo nos dejan ir al baño y nos dan agua, mi marido cuida autos pero ahora no hay autos para cuidar. Y comida recién un muchacho me dio un poco de jamón. Ya nos conocen en el edificio, hace tres días que dormimos acá. No, no tengo alcohol ni nadie se acercó a darme". Ni nadie de la municipalidad le preguntó que hacía en la calle, ni la Policía le preguntó a la pareja qué hacia en la calle. "Claro, y sí, se va complicar. Yo gano poca plata por una pensión de viuda. ¿Le dije que tengo una hija discapacitada y la quiero ir a buscar para que viva conmigo?”. Se apresta a dormir ahí, en esa entrada, al reparo del virus.

Un matrimonio grande habla con su hija, de unos treinta y pico, detrás de la ventana de un departamento en planta baja. La madre hace señas, mueve los brazos, le cuenta de su otra hija y acuerdan la compra del súper del día siguiente. Se despiden como si esa habitación fuera un camarote de un barco a zarpar, las manos en alto, los dedos como pañuelos.

En 1º de mayo y San Juan el aroma es asado, en un balcón se ven luces y algo que parece un asador de los que venden para balcón, tal vez no haya tenido hasta hoy mucho uso, son difíciles de limpiar.

En Colón y Mendoza se escuchan aplausos lejanos, de pronto en "El Palomar”, una verdadera manzana en altura, se asoma gente, aplauden. Es por los médicos, me cuenta un muchacho que cruza la calle.

Pasando Pellegrini la República de la Sexta tiene aspecto de un barrio alejado. Nadie. Las luces son las mismas de todas las noches y los colectivos, las más de diez líneas que van a La Siberia, pasan uno detrás de otro, vacíos. Los balcones de los edificios que invadieron la zona sí están mas iluminados que de costumbre. Otras risotadas y voces de niños. Entonces se escucha un dialecto, voces chillonas que llegan veloces, inentendibles, una risa, un tono imperativo, una declinación que baja una palabra y se pierde detrás de un portón; son los dueños y empleados del chino del barrio, siempre cenan en el local y siempre hablan así, pero mucho más tarde y casi nunca se los escucha.

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