Una secta de criminales. A las 10.20 de la noche del domingo, cuando el corso estaba en su más épico apogeo, una bomba que explotó en la esquina de San Martín y San Juan produjo algunos minutos de terror en la multitud. La bomba explotó cuando un carruaje que transportaba a cuatro personas pasó sobre ella. Todos los pasajeros resultaron con herida de metralla, así como otras cinco personas que estaban en las proximidades. Los gritos, carreras y atropellos que se produjeron, acompañaron a esta sangrienta catástrofe. Este ataque tiene como antecedentes la voladura reciente de un taller clandestino de petacas ubicado en San Luis casi esquina Maipú, pero del que se sospecha que en realidad era donde se fabricaban las bombas para los ataques anarquistas, las que combinan cargas de dinamita con una gruesa de tachuelas. La repetición de estos sucesos, el lugar y la hora en que la última de esas bombas fue colocada, parecen demostrar que, en efecto, hay en nuestra ciudad una secta de criminales dispuestos a inaugurar en América latina esos bárbaros, crueles y cobardes asesinatos en masa perpetrados por individuos de perversidad monstruosa y que pretenden cubrir su desequilibrio sanguinario con el ropaje sombrío de una doctrina de odio. La comisaría tercera se halla en posesión de numerosos datos para esclarecer el hecho y ya han sido detenidos ocho individuos de los que se sospecha que se encuentran implicados en el tenebroso complot dinamitero. El sargento Torres, de la 3a., anduvo ayer vestido de paisano para dar con la pista de los culpables, y logró detener a tres obreros que estaban comentando en un almacén de la calle 1° de Mayo que ese atentado no sería el último ni el más grave, pues se estaban preparando bombas mucho más dañinas, y con las que íbamos a tener para llorar largo rato. (1906)






























