La cinematografía de lo invisible. La cinematografía acaba de realizar una nueva maravilla. No contenta con dar movimiento a escenas del presente o del pasado, a paisajes de los cuatro extremos del mundo, penetra en un mundo nuevo y nos revela los movimientos del mundo invisible gracias a los instrumentales de la casa Pathé-Fréres, de París. Hasta ahora los seres diminutos eran estudiados con el microscopio y, sobre todo, con el hypermicroscopio. Lo más a menudo, los seres infinitamente pequeños que pueblan los preparativos son transparentes para el foco luminoso, por lo que es necesario colorear las preparaciones, pero ante todo hay que matar con un tóxico los microbios, y así el aparato sólo permite ver aumentados cadáveres coloreados. Sin embargo, ahora el doctor Comandón, también de París tuvo la idea de fijar por medio del cinematógrafo estas escenas animadas. Luego, este investigador proyectó ante nosotros una de las hermosas películas que ha obtenido y durante algunos instantes tuvimos la ilusión de vivir en un mundo nuevo. Vimos la microcinematografía de una gota de sangre de ratón inyectada de un tripanosceno muy semejante al que ocasiona la enfermedad del sueño. Extraños seres estos tripanosomas que pululan en la sangre del desgraciado animal: tienen de 20 a 100 milésimas de milímetro de longitud, pero parecen en la proyección como barbas de muchos centímetros de largo, ya que se mueven por medio de una membrana ondulante. Se los ve precipitarse a toda velocidad contra los glóbulos rojos los que, elásticos como pelotas de goma, ceden bajo el choque para recobrar enseguida su forma esférica natural. Así, el método cinematográfico permite estudiar los fenómenos microscópicos a voluntad, ayuda a descubrir hechos que antes pasaban desapercibidos y es al mismo tiempo un admirable procedimiento de enseñanza y de vulgarización en materia de biología. (1910)


























