Opinión

Sobre los noviazgos violentos

Tiempos difíciles. Esta es una problemática más común de lo que se cree. La escuela y la familia deben hacer un esfuerzo por detectarlo y visibilizarlo.

Miércoles 13 de Febrero de 2019

Uno de cada cuatro jóvenes cursa un noviazgo violento. Este dato se desprende de una encuesta que hizo la Defensoría del Pueblo bonaerense, de la que participaron 141 mil jóvenes. Más de un 80 por ciento fueron mujeres. El 60 por ciento de los encuestados manifestó sentirse controlado y más del 40 por ciento se alejó de su familia a pedido de su pareja.


En el diario Perfil, una nota señaló que en la Ciudad de Buenos Aires, en los últimos dos años, se triplicaron los llamados a la línea de asistencia a adolescentes por noviazgos violentos. Y el año pasado, de todos los llamados que recibió la línea 144, más del 42 por ciento fueron de mujeres menores de 30 años —seis de cada diez fueron de chicas de entre 19 y 30 años—, y de ese porcentaje el 5 por ciento fueron menores de 18 años.

Los datos cuantitativos aportan al debate cualitativo. La pregunta es qué pasa con los jóvenes de hoy cuyas relaciones son tóxicas e invadidas por celos, amenazas, estrictos controles sobre la forma de vestir o, incluso, agresiones físicas.

¿Qué puede la escuela?

Sin lugar a dudas, las relaciones se construyen a partir de las características subjetivas de quienes componen la pareja y de las particularidades del entorno en el medio del cual conviven. Pero la escuela no puede mantenerse ajena y hacer caso omiso a estos datos alarmantes.

Es verdad que los docentes no fuimos formados para estas problemáticas de hoy. Sin embargo, la docencia implica enseñar y aprender en el marco de la vida cotidiana de nuestros estudiantes. Entonces, frente a estos números pavorosos algo hay que hacer.

Desde el diseño curricular de Santa Fe, los núcleos interdisciplinarios de aprendizaje nos proponen pensar la educación como acontecimiento, a fin de permitir desarrollar procesos de creación e imaginación de lo inédito ante situaciones con complejidades múltiples. En este sentido, se reconoce que una problemática social particular y, a partir de su tratamiento escolar, produce un cambio en el modo de comprenderla. Al decir de Lazzarato, un acontecimiento no es la solución de un problema sino la apertura de posibles problemáticas que reclama creatividad para dar con soluciones indeterminadas de antemano.

En este sentido, se entrama a la escuela con el contexto donde los jóvenes están insertos, y no sólo compromete a trabajar éste y otras tantas cuestiones que surgen en las aulas a la institución sino a cada uno de los docentes que la conforman: la problemática de género, el cambio climático, el consumo de sustancias, los derechos humanos, la salud, la globalización, la comunicación, los massmedia, la democracia, entre otras tantas, son temáticas que deberán ser abordadas en la escuela a fin de afrontarlas y encontrarles solución o, al menos, ponerlas sobre el tapete.

En una sociedad con rasgos patriarcales, con roles estereotipados familiares o parentales, generalmente se replican posiciones asimétricas en cada uno de las relaciones. En ese marco, se transmiten creencias en torno al amor tales como "sos mía porque te amo", por ejemplo, fomentando vínculos verticalistas y abusivos. Estos formatos se dan en todos los sectores sociales, aunque en los más vulnerables los jóvenes suelen tener menores recursos para protegerse de prejuicios y afrontarlos y, además, de cuidar de su salud física y mental.

Los noviazgos violentos son más comunes de lo que creemos. Por tanto, será necesario ayudar a identificarlos y a abordarlos como problema para garantizar bienestar en las relaciones. La cuestión será ayudar a visibilizar situaciones de violencia, muchas veces naturalizadas por ambos miembros de la pareja, garantizando confidencialidad a fin de abordar el problema en pos de solucionarlo. Es una terea que ni la escuela ni la familia pueden soslayar.


Carina Cabo

Doctora en ciencias de la educación (UNR), autora de "La escuela, ¿para qué?"

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