Ingresé a La Capital el 1° de abril de 1964. Desde varios años atrás, cuando era un chico a punto de terminar la escuela secundaria en el viejo Normal N° 3 de Maestros, escribía artículos sobre temas históricos en la página de opinión y frecuentaba el archivo del diario en busca de información para mis trabajos. Es decir, que la tarde en que el secretario general de Redacción, "don Goyo" Tisera López (la gente de más de cincuenta, de cierta expectabilidad, recibía en el diario el afectuoso calificativo de "don"), nos recibió a mí y a otros aspirantes en su despacho del primer piso, yo no era un desconocido y había ido muchas veces a tomar café en el tradicional Sorocabana con algunos periodistas veteranos.
Aquella tarde, Tisera nos dijo que seríamos destinados provisionalmente a "Corrección", pero como era posible que pronto pasáramos a otras secciones, nos daría "algo que les servirá de mucho". Sacó de un cajón folletos de tapas grises que contenían el Credo de la Ética Periodística de Ezequiel P. Paz, adoptado por la Conferencia Interamericana de Prensa, el cual, entre otras cosas aconsejaba: "Informar con exactitud y con verdad, no omitir nada de lo que el público tenga derecho a conocer; usar siempre la forma impersonal y culta sin perjuicio de la severidad y la fuerza del pensamiento crítico […] cuidar de que en las informaciones no se deslice la intención personal del que redacta, porque ello equivaldría a comentar, y el cronista o reportero no debe invadir lo reservado a otras secciones del diario; recordar, antes de escribir, cuán poderoso es el instrumento de la difusión que se dispone [...] Y por último, inscribir con letras de oro en lugar preferente, bien a la vista, sobre la mesa de trabajo, las palabras de Walter Williams, insigne hombre de prensa norteamericano: ‘Nadie debe escribir como periodista lo que no pueda decir como caballero'".
El "entierro" podía ocurrir por distintas causas; algún desperfecto en las viejas linotipos o en las "tituleras", que fundían las letras en plomo a alta temperatura; la necesidad de esperar que llegara por teletipo una información nacional o del exterior que no podía posponerse; una orden de la dirección que obligaba a que el "guardián" (redactor que permanecía hasta el cierre), se viese obligado a aporrear su máquina de escribir para lucubrar un nuevo texto. También podía suceder un corte de luz que impidiera el proceso de fotocomposición. Todo era mecánico, y la informática, pura ciencia ficción.
"Corrección" recibía las pruebas de columnas o de titulares impresas en papel mojado, que se secaba mientras el jefe las entregaba a parejas compuestas por un lector y un atendedor. Era un trabajo aburrido, sin duda, y poco prometedor desde el punto de vista de la carrera. Sobre todo, se hacía insufrible cuando llegaban los avisos publicitarios y las necrológicas, donde todo el que pasaba a mejor vida se convertía, por virtud de la letra impresa, en el ser más perfecto y noble de la creación. Entre nuestros compañeros antiguos había ciertos personajes dignos de la picaresca sobre cuyos nombres tiendo un piadoso manto de olvido.
Una noche, después de varios meses de tarea, nos llamó a los recientemente incorporados el jefe de Redacción, doctor Domingo Varea, de figura y vozarrón imponente, quien nos ofreció incorporarnos a otras secciones. "Ustedes pueden quedarse donde están o ser adscriptos míos. Si aceptan esto último, andarán ‘como bola sin manija' pero aprenderán la profesión". Entre los que vimos bien la propuesta recuerdo a Ricardo Méndez y Raúl Hernán Sala.
Era otra cosa. La Redacción constituía —como lo fue antes y lo es ahora- un espacio de trabajo duro, en que no faltan las tensiones pero no escasean los momentos de diálogo y de diversión. Me encantaban las charlas, las ocurrencias de ciertos personajes, adictos a esa "bohemia" que aún existía y se prolongaba en las comilonas del Club Alemán bajo la égida del secretario don Federico Hasembalg a la que pocos faltaban. Esas reuniones de la calle Paraguay eran el foro democrático donde cualquiera podía hacer bromas sin pararse en jerarquías. Vienen a mi mente tantos nombres entre los concurrentes: el propio "Don Goyo", el profesor Luis Arturo Castellanos, el doctor Alberto Delfino Cano, Abelito ("Luzbelito") Rodríguez, "el gringo" Raúl Racamato, "bolita Viale Ábalos"… El ritual era comer fuerte, beber litros de cerveza y luego jugar a los bolos, ya se imaginará con qué resultados.
Creo que pasé por casi todas las secciones de La Capital, pero me mantuve bastante tiempo en Información General. Pienso ahora que algunos eran dignos de una novela, por ejemplo "Charo Correas", escritor eximio, como su hermano Horacio, que rechazaba menesteres más encumbrados para hacer "la cocina" e irse rápido a trabajar de boletero sin sueldo en el temible cine "Sol de Mayo". Llegaba temprano, recogía una parva de papeles que encerraban informaciones enviadas por distintas instituciones de la ciudad, y con velocidad increíble las convertía en textos excelentemente redactados y titulados.
Una vez le pregunté por qué le gustaba tanto aquella tarea. Don Belisario, que provenía de una familia mendocina estrechamente vinculada con la gesta de San Martín me respondió que le encantaba "estudiar las reacciones de tanta gente diversa".
Era jefe de la sección Salvador Enrique Coscarelli, con quien empezamos peleándonos a muerte por sus pocas pulgas, pero aprendimos a respetarnos una vez que cada uno calibró al que tenía enfrente.
Uno de los directores del diario, don Carlos Leopoldo Lagos, pensó que a raíz de mi tempranísima incorporación como miembro correspondiente de la Academia Nacional de la Historia, a los 32 años, no podía seguir por las calles buscando noticias y me nombró editorialista. Fue para mí un aprendizaje colosal, porque tenía compañeros como Delfino Cano y mi antiguo profesor Castellanos, y porque entonces el jefe de Redacción, que daba lectura final a los editoriales, era un escritor talentoso, de prosa fina y profunda cultura: Raúl N. Gardelli. No se limitaba a corregir: enseñaba, y creo que lo aprendido en aquellos tiempos me sirvió para toda la vida. Muchas veces, porque uno "se comía" una preposición al correr del teclado, gritaba. "¡Bestia!". Pero también sabía elogiar. En una ocasión me dijo: "¡Atorrante!, ¿cómo hizo este párrafo redondo sin necesidad de una coma?…"
El profesor Castellanos llegaba de dar clases en Filosofía y Letras o en las escuelas secundarias, con un portafolio de la época de Matusalem, lleno de agujeros por donde se filtraban las biromes y algún pedazo de papel. Lo apoyaba junto a su máquina de escribir, iba "a buscar tema", se sentaba y de un solo golpe cubría la medida del primer editorial, del segundo o del suelto que le tocaba, para salir raudamente hacia nuevas tareas docentes. El "doctor Cano", como lo llamábamos, en cambio, se paseaba largamente antes de concretar su tarea. Sus editoriales eran perfectos, tanto en el fondo como en la forma. Junto a nuestra oficina —todavía no se usaba en el diario la redacción abierta donde todos están próximos- se hallaba la de "Espectáculos", cuyo jefe era don Fernando Chao, emigrado español de la Guerra Civil, talentoso y preparado, que no sólo trabajaba en La Capital sino, como otros, lo hacía en "Crónica", que era también de la familia Lagos. El segundo jefe era Abelito Rodríguez, tan buen redactor como pintor cuyas obras se hallan en importantes museos y colecciones privadas. Por aquellos tiempos pasó a Espectáculos Luisito Etcheverry, vasco honrado a carta cabal como su padre, periodista e integrante del Partido Demócrata Progresista en el que ocupó cargos de responsabilidad. Delfino Cano, Abel, Justino Caballero, yo, y a veces Etcheverry, salíamos a cada rato a la calle para sucesivas rondas de café en Sorocabana, ubicado en Córdoba entre Sarmiento y San Martín. Horacio Correas nos recomendaba: "¡Muchachos, no abusen del néctar que amaba Balzac!".
Cuando me nombraron jefe de Editoriales, tuve a mi lado al prematuramente desaparecido Carlos Horacio Álvarez, que los domingos llegaba al diario con sombrero de paja y bermudas para irse raudo al club con su familia luego de concluir su trabajo; a Juan Carlos Urtubey, a Ricardo Méndez y al inefable "Lobo" Víctor Sábato, que de pronto se fue de la vida sumiéndonos en una sensación de impotencia y estupor. Todos habíamos hecho paralelamente nuestras carreras desde aspirantes, o sea que no era un eufemismo decir que nos conocíamos "casi desde siempre".
Los recuerdos se agolpan y los voy volcando como las crónicas, sin mayores correcciones, pero voy a terminar con esta referencia. Un día, por pura broma, hice una "gaceta" en la que los personajes eran trasladados a los días de la independencia. Era una revista humorística interna escrita a máquina, que tomaba por personajes (cabildantes, miembros de la Junta, letrados, periodistas, marinos…) a algunos de los miembros de la Redacción, a cuyas fotografías, obtenidas en forma subrepticia, "el flaco" Squilacci, uno de los dibujantes, adosaba con témpera fraques, uniformes, pelucas y melenas. Obviamente, el "fotoshop" no se conocía. La gaceta era esperada y no pocos experimentaban desilusión al no verse caricaturizados. La segunda época se ubicó en los tiempos de la aparición de La Capital. Tengo ahora a mi lado el periodicucho con lasa columnas trazadas con birome, contemplándome desde su modestia de papel de diario, escrito con mi vieja máquina rémington de letras cursivas.
En cierta ocasión, uno de los directores me llamó a su despacho y me pidió que lo incluyera en la "gaceta". Recuerdo que ahí opté por la cordura del buen Sancho Panza en lugar de inclinarme a la peligrosa vesania de Don Quijote, y le dije con respeto: "Disculpe, doctor, pero quiero cuidar mi puesto". "Cómo —me respondió- ¿usted piensa que yo sería capaz de sancionarlo si una mención no me gustase". Le respondí: "De ninguna manera, doctor, pero por las dudas…" Y creo que no me equivoqué.