Opinión

Pobreza: la explosión que nadie oyó

Crisis. Los datos sobre la cantidad de pobres en el país hablan de un problema que, como otros, se ha naturalizado en la clase dirigente.

Viernes 21 de Diciembre de 2018

Un clásico de temporada: Diciembre en la Argentina re-edita sospechosos temores o amenazas de carácter social. El rumor se instala y hasta se publicita. Algunos esperan y otros intentan evitar el in-mencionable "estallido". Surgen acusaciones cruzadas. Se viraliza callejeramente el "no se aguanta más" y se responde con subsidios compensatorios. Nadie lo desea pero en todos está presente.

Una opinión nueva en el escenario social: En consonancia con este clásico de temporada, ha crecido en estos días la opinión mesurada y halagüeña de importantes dirigentes que reconocen en los en los más vulnerables o en los que más sufren una paciencia invalorable. "Una madurez inusitada por parte de los más pobres está evitando que todo explote en mil pedazos en este diciembre pos G20". La frase corresponde a un importante y reconocido dirigente social. La paciencia estaría dada por una supuesta conciencia colectiva que arroja como resultado la autocontención de la protesta. Así avanza diciembre con reclamos controlados aun en contradicción con las alarmantes cifras de la economía y la exclusión.

Algunas preguntas: ¿Es madurez, paciencia o crecimiento cívico lo que han alcanzado los más pobres? ¿Estos sectores han comprendido los valores de la República y esperan que sus situaciones logren algún cambio con las próximas elecciones? ¿Son más democráticos? ¿Los más pobres han decidido cultivar la paciencia para ahuyentar cualquier crisis institucional? ¿La conciencia del "pobrerío" ha evolucionado a instancia de la convulsionada clase dirigente?

Respuestas incómodas: Afirmar que un tercio de los argentinos acepta maduramente su padecer cotidiano en pos de un proyecto de país que los tiene como protagonistas nos pondría satisfechos. No alentamos estallidos, no solucionan la gravedad de las carencias. Nos preocupa la asistencia en la coyuntura, pero lo más grave es la aparición de una nueva naturaleza en la vivencia cotidiana de la necesidad.

Una triste Novela para vernos: En 1985 un literato húngaro llamado Laszlo Krasznahorkai escribió una famosa novela llamada El Tango de Satán (Satantango). En 1994 el reconocido guionista y cineasta Bela Tarr la convirtió en una película de culto del cine mundial. El film en blanco y negro dura 7 horas y 12 minutos, y para muchos es la mejor película jamás filmada. Resulta imposible hacer una sinopsis acabada del libro y mucho menos del film. Pero no así de su trama, de su nudo central, de su mensaje.

Un pequeño pueblo agrícola en la Hungría pos comunista sumergido en la pobreza y la desesperanza espera por algo que cambie su historia. La decadencia moral fruto de la miseria no hacen de esa espera un problema de creencias, valores o memorias. Esperan o transitan la historia como un modo de arrastrar sus existencias, que se han vuelto desoladas. El propio Lazslo la describe crudamente: "Nacemos en un mundo cercado como una pocilga… e igual que los cerdos que se revuelcan en su propio fango no sabemos con qué fin nos apelotonamos en torno a las ubres nutricias, para qué luchamos encarnizadamente en el barro, por llegar al comedero o, al atardecer, al lugar donde dormir". Todos viven una sensación colectivamente angustiante dicha por el propio autor: "Lo que se ha dejado atrás sigue delante de mi".

Más allá del devenir del relato existe un mensaje profundo en él: los pobres no se rebelan ni estallan cuando pesan sobre sus fuerzas la condena de la desesperanza y el fracaso. Allí solo son víctimas de una maquinaria extraña que envuelve todo en un entorno tan violento como insustancial donde se esfuman hasta los mismos responsables.

La paciencia de los más vulnerables no es republicana. Solo confirma la gravedad inusitada de las zanjas donde ha caído la pobreza. Estamos en un fango espeso y en un remolino de cotidianeidad con insignificantes grados de conciencia. Estamos ante una pobreza cuantitativa y cualitativa que ya explotó. No explotó en diciembre, explotó en lo más profundo de sus existencias. Cerca de 10 millones de pobres explotaron en mil pedazos en vidas sin esperanza. En la rebeldía ahogada. En retazos de vidas que bordean las alcantarillas tomadas de la mano generosa de la adicciones. Algunos desprevenidos o mal intencionados aún quieren medirla desde las continuidades institucionales y ver allí claves de éxito político o madurez democrática. Categorías de antaño. Esto es lo que esperábamos hace 10 o 20 años. Vivimos tiempos en que el "naturalizado patriarcado" se cae a pedazos. Una conciencia que crece. Valga como invitación para desnaturalizar la explosión vital de millones de personas que ocurre frente a nuestras narices mientras aguardamos una fecha mesiánica. Nadie escucho el estruendo de la "historia infernal de la asfixia" (como el pueblo de Satantango) pero se expande día a día en un silencio sórdido, pesado y lúgubre.

En un bar céntrico de la ciudad dos hombres discutían sobre el estallido de diciembre. En el fondo esperaban que la reacción de los pobres venga a hacer justicia con sus propias necesidades impositivas. Quizás aquellos cuerpos no aparezcan y solo sean "paisaje natural" a controlar. Hace dos años escribíamos en este mismo diario que la exclusión social absoluta unida a la violencia es un nuevo colonialismo del tiempo. Los años por venir reclaman una nueva dimensión de nuestra clase dirigente: vivir el impacto atroz del presente con inteligencia de futuro.

Por nuestra parte preferimos optar con Zizek con el "coraje de la desesperanza", ser pesimistas al fin y al cabo. Tal vez al no esperar nada nos encontremos con alguna sorpresa agradable…


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