Opinión

Mañana digo basta

Domingo 23 de Diciembre de 2018

El escritor, filósofo y novelista Albert Camus abrió en 1942 su brillante pieza "El mito de Sísifo" con una cita de Píndaro, quien es considerado el más célebre poeta lírico griego. Rezaba: "No te afanes alma mía por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible". El ensayo apuntaba a que nuestras vidas son insignificantes y no tienen más valor que el de lo que creamos. Y en pos de explicar su punto de vista existencialista sobre lo absurdo de la vida recurrió al mitológico rey Sísifo, quien por enfadar a los dioses por su gran astucia fue condenado a la ceguera y a empujar un gran peñasco hasta la cima de una montaña sólo para que volviera a caer rodando a un verde valle y tener que recogerlo perpetuamente. Pero aún los sometidos a absurdos castigos pueden hacer frente al mundo, al destino, y confrontarlos. Días pasados, un hombre y una mujer fueron alcanzados por un rayo en medio de una tormenta en un barrio de Buenos Aires. Estaban debajo de un árbol. No desafiaban a la muerte sino a la vida, disconformes con su situación. Eran dos personas en situación de calle, detalle que las crónicas ignoraron o escondieron. Dónde se iban a refugiar, ocultarse, volverse invisibles. Seguramente envidiaban a los que duermen en zaguanes y comen cuando escarban con suerte en la basura. Qué pueden hacer los miserables para no ser alcanzados por los rayos de la desocupación, de la falta de vivienda. Las tragedias, de tanto repetirse, se convierten en no historias. Esas cosas que se olvidan a medida que se escuchan. En seres tan insensibles nos estaremos convirtiendo que no miramos a los otros y atrae más nuestra atención que los Anillos de Saturno estén colapsando. Sísifo, el héroe absurdo definitivo, sabía que no hay nada más cruel que un cobarde. Y Camus prefiere suponer que cada vez que llegaba a la cima con el peñasco lo consideraba un triunfo en el que había ganado un instante de libertad. Y si no veía, intuía al menos un entorno, un paisaje disfrutable. Y ese momento de rebeldía interior le confería el derecho de encontrar sentido a su existencia. Ese hombre, tan absurdo como un laburante o un desocupado, acaso debió plantarse y decir: basta, vine a este mundo a ser protagonista y no esclavo ni testigo.

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