Opinión

La mesa está servida

El escenario. Casi todo ha quedado definido de cara a las elecciones presidenciales, al menos desde lo formal. Ahora ya casi es tiempo de comenzar la campaña.

Domingo 16 de Junio de 2019

El escenario de la política nacional ha quedado totalmente definido (o casi) en esta semana que pasó. No sólo desde lo partidario sino también desde lo ideológico. Hay una clara centroderecha que representa la fórmula Mauricio Macri con Miguel Pichetto. La centroizquierda es Alberto Fernández con Cristina Kirchner. Bien a la derecha, José Luis Espert tiene solo que nombrar a su vice y José Gómez Centurión disputa ese sector con el componente no menor (basta mirar el caso Amalia Granata en Santa Fe) de los antiabortistas azuzados especialmente por el evangelismo de Cintia Hotton. Queda ahí también Alejandro Biondini, acusado de extrema y xenófoba derecha. A la izquierda, un clásico: divisiones. Del Caño-Del Pla tiene cierta unidad y Manuela Castañeira se cortó sola. El centro revivió con la fórmula de Lavagna- Urtubey (de paso: los únicos, especialmente el gobernador de Salta, que hicieron honor a la palabra de salirse de la grieta).

Es cierto que todavía pueden quedar otros nombres porque lo que se cerró esta semana es la posibilidad de alianzas. Hay partidos como el Autonomista de Corrientes, con Romero Feris a la cabeza, o Salta Somos Todos, del amarillo impermeable de Alfredo Olmedo, que pueden postular presidente antes del 22. ¿Y Sergio Massa?

El tigrense deberá recordar este período como el de los imparables tarascones recibidos en su cuerpo político. Y lo han herido desde el lugar más complicado para la actividad pública, el de intentar saber quién es y cómo piensa. Hay que decir rápido que para que las mandíbulas se le hayan hincado tuvo que haber una decisión personal de ponerse a tiro de los sabuesos. Nadie puede alegar su propia torpeza ni achacarle a las bestias que muerdan si encuentran donde hacerlo.

Massa negoció hasta última hora con los dos sectores en pugna. Con María Eugenia Vidal, a la que se cansó de elogiar y separar de Mauricio Macri (¿podrá ahora dar vuelta sus adjetivos?), imaginó una boleta que lo llevara como candidato a presidente y a ella como gobernadora. Una colectora demasiado naif para los que conocen a Macri y su desprecio por el tigrense. Algunos aseguran que fue su amigo de hace tiempo, Horacio Rodríguez Larreta, el encargado de ponerle a Massa el espejo de las promesas del PRO para que en él detonase todo el narcisismo posible de creerlas.

Del lado del kirchnerismo, lo que hacia fin de año era casi un pedido clamoroso para que se sumara al PJ fue menguando hasta llegar a un acuerdo tibio, aún sin definiciones de nombres, en el que algunos leen la mano de Cristina Kirchner, la mujer a la que Massa enfrentó. ¿Perdona la doctora Fernández eso? En estos días lo sabremos. El café tan innecesariamente meneado y comentado entre Alberto Fernández y Massa apenas dejó un acuerdo de trabajar juntos, punto para los K y una promesa de ver si hay discusiones de nombres, nada para el hombre del ex Frente Renovador. Porque hay que decirlo: el apretón de manos que se dieron Fernández y Massa dinamitó al Frente Renovador, eyectando a figuras como Graciela Camaño o Alejandro Grandinetti. La onda expansiva arribó a Alternativa Federal, sepultando la ancha avenida del medio por obra y gracia del mismo que la defendía a diestra y siniestra.

¿Qué quiere Massa? Internas contra Fernández-Fernández imaginando una fórmula con Natalia de la Sota (de paso: ni la llamó). Eso no parece viable. Cristina no quiere. Massa deberá anotar que la ex presidenta tampoco ha cambiado esto. Se hace lo que ella quiere. Si no lo lograse, podría aspirar a ser candidato a diputado y eventual presidente de la cámara. ¿Agustín Rossi, luego de su indiscutible fidelidad, lo soportaría? O, quizá lo más posible, no presentarse a nada, invocar un renunciamiento para lograr la unidad y obtener por debajo la dirección de Anses, Pami y algunos otros cargo más para lo suyos.

El daño a la credibilidad propia por el zigzagueo eterno y tan cercano a las decisiones está por verse. Si Macri ama las encuestas, Massa es de una fidelidad canónica. Y allí aparece como dato entre los encuestados que muchos dicen que no saben de qué lado está.

Se dice que esta campaña será de guerra de archivos sacudiendo recuerdos de Alberto hablando mal de Cristina y viceversa, o de Pichetto denostado a Macri y viceversa. Massa tendrá capítulo especial como kirchnerista, antikirchnerista y ahora novel K. Los que entienden de comportamientos sociales aseguran que tal situación, real, penosa e inentendible para los cristianos de a pie, dará suma cero por la imposibilidad de encontrar a nadie libre de pecado. Como una especie de resultado positivo luego de multiplicar dos negativos.

El gobierno

En la Casa Rosada se respira un nuevo aire triunfal. No hay euforia pero sí sensación de cambio de clima. Las variables económicas se han calmado, si se puede decir calma a tener más del 50 por ciento de inflación en un año y caída libre de toda la actividad. Pero de los saltos del dólar y los sacudones violentos a esta paz de no seguir descendiendo, hay una diferencia.

Pichetto recibió de Rogelio Frigerio la primera propuesta de sumarse a la fórmula. En ese momento le dijo que lo honraba con el ofrecimiento pero que creía que sumaba más desde Alternativa Federal que desde el oficialismo. Cuando supo que Sergio Massa iba a dinamitar todo, volvió a charlarlo con el ministro del Interior. En el ínterin, Macri pensó en Emilio Monzó (un valor jamás reconocido por el gobierno) aún cuando supiera que hacia afuera no se vería como un acto de mucha apertura. Urtubey nunca llegó a escuchar la propuesta formal y lo de Martín Lousteau hace más de un mes que fue descartado por ambas partes.

Pichetto en la fórmula tiene varias consecuencias. Es la definitiva derrota de Marcos Peña, Jaime Durán Barba y lo que ellos representan: la idea del purismo PRO negador del arte de la política. Dos días antes del anuncio, Durán escribió que el vicepresidente debía ser mujer, sumisa, mejor desconocida y sin el menor atisbo del germen de la traición. El candidato es Pichetto. No más comentarios a ese nivel.

El otro derivado es la situación de los radicales. Impulsores de la apertura del gobierno, críticos de algunos medidas como tarifas y de la negación de la “rosca” política, volvieron a quedarse afuera de la fórmula. Ya se escuchan a los principales dirigentes decir que la UCR piensa en el formato del gobierno y no en los cargos. Y también ya suena demasiado increíble ese argumento. La pregunta de base es: ¿Pichetto da un salto desde la mera alianza electoral a una alianza de gobierno? De ganar Macri, ¿gobernará el PRO o los radicales y Pichetto tomarán decisiones?

No deja de ser impactante el nivel de discusiones de cargos y candidaturas sin que tiemblen a la luz de la realidad. Apenas dos datos, y oficiales. La mitad de los menores de 17 años son pobres, según la Universidad Católica, y la inflación en los últimos 12 meses fue del 53 por ciento. ¿Las alquimias de fórmulas y alianzas proponen algún cambio radical para evitar semejante fracaso? Porque hay que decirlo: la pobreza y la inflación se anotan como fracasos de las dos últimas gestiones K y PRO. ¿Y entonces? Creer que barajar cargos de vicepresidente o diputados es el comienzo per se del problema es ingenuo. O peor: es siniestramente negador de lo que le pasa a la mayoría.

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