Uno supone, espera, que los políticos estén trabajando contrarreloj en un amplio consenso social mientras la dinámica propia del caos podría acabar en un desenlace dramático. En algún momento dejamos de vivir en estado de asamblea permanente a todo nivel. Fue un descuido. Como quien un tanto agotado no baja del todo la guardia pero afloja los brazos y espera. En realidad, el tiempo no pasa, pasamos nosotros. Los sobrevivientes no se bancan más padecer insomnio crónico y perciben que es tiempo de modificar y erradicar lo que causa daño. Y eso se logra por medio de un proyecto de país colectivo opuesto a la insoportable soberbia, mezquindad e insensibilidad que apura un inútil maquillaje. No estaría de más fundir poemas del escritor Mario Benedetti, sólo para exorcizar a los demonios. “Se las arregló para ser contemporáneo (Artigas) de quienes nacieron después de su muerte. Creó una justicia natural para negros, zambos, mulatos y criollos pobres. Tuvo la pupila suficiente para meterse en camisa de once varas y cojones como para no echarle la culpa a otros. Caminó delante de su gente. Esta es mi casa, y la verdad es que grietas no faltan. Hay una sola grieta profunda y es la que media entre la maravilla del hombre y los desmaravilladores. Aquí estamos todos, ustedes y nosotros para ahondarla y elegir de qué lado poner el pie. No te salves solo. Detrás está la gente con sus pequeños temas, sus pequeños problemas y sus pequeños amores. Detrás de pequeños sueldos, pequeñas campañas, pequeñas hazañas y errores, está la gente. Cada uno a su manera, cada quien con sus modos, detrás de usted, al lado, enfrente, están los ilustres desconocidos, el pueblo, la gente”. Somos los feos y sucios pero no malos. Los que sienten insoportable el país de las últimas cosas y con nostalgia recuerdan cuan agradable era respirar sin permiso y descubrir la belleza escondida ahí nomás, al doblar la esquina.





























