Opinión

Hagamos ruido, mucho ruido

Domingo 17 de Marzo de 2019

"El sistema es una serpiente que muerde a los que andan descalzos." (Eduardo Galeano, periodista y escritor uruguayo)

El batifondo en la calle era ensordecedor. Algunos bombos se habían convertido en máquinas destructoras de tímpanos y el griterío sonaba infernal. Insultos. Muchos, pero que las bombas de estruendo no lograban acallar. Aturdían. En una pieza de pasillo un tipo de mameluco azul y zapatillas mira hacia afuera por un ventanuco, único respiradero. No pierde detalle. Lee las pancartas y aprieta los puños hasta que las uñas con restos de grasa oscura y mordisqueadas se clavan en la carne de pura impotencia. Alguna parte de su ser le recuerda que vinimos a este mundo a ser felices y a contribuir a que los demás también lo sean. Alguien se lo dijo. Hace mucho. Cuando creía que había un Dios que apretaba pero no ahorcaba. Acaba de cerrar el taller donde trabajaba. En negro, pero era algo para prolongar una miseria menos dolorosa. Frente a él, una delgadísima muchacha ojerosa amamanta a un bebé. Sobre la mesa de madera cubierta por un mantel gastado pero limpio sólo hay un vaso con agua a medio beber. La panera está vacía igual que la heladera, una Siam sobreviviente de tiempos idos. Su padre le contó más de una vez, con orgullo, su intervención en la línea de montaje cuando se fabricaban los míticos Rastrojeros. Sí, otros tiempos. Seguramente más llevaderos. De pronto ve marchar a una guardia pretoriana protegida con cascos, visores, pecheras a prueba de todo y las piernas cubiertas. Parecen robots. Carecen de alma. Nadie los confundiría con unas pacíficas mulitas por los grandes botines, escopetas al hombro y palos en mano. Otro grupo intenta replegar a quienes pretenden seguir vivos y que llaman despectivamente manifestantes, disparando gases lacrimógenos y balas de goma. Es la mano de obra de una especie protegida que ya debería haberse extinguido. Los corruptos e incapaces que desparramaron promesas incumplidas y hoy parecen dementes seniles. Olvidaron todo. El tipo nunca imaginó que le iba a tocar criar a un hijo en un país que día a día se hunde en el miedo y la desesperación apenas contenida por el desahogo de gritar y hacer ruido, aunque choquen contra un muro de indiferencia. De pronto reconoce entre los más envalentonados al viejito del fondo, que se jactaba de haber sido anarquista en su lejana juventud. Un robot sacude al jubilado tomándolo de la camisa y lo arroja al pavimento. El se cubre de las patadas acurrucándose como en un parto con fórceps. No aguanta más. Pega un puñetazo seco en la mesa y mira a su familia. A esa mujer y a ese hijo que ya ensaya su propia protesta pero sin despegar la boca insaciable del pezón dolorido. "Ya vuelvo. Porque la vida merece vivirse aunque a veces haya que ganarse ese privilegio", dice al salir. Ella asiente levantando apenas la mano derecha con los dedos entreabiertos, como en un intento de bendeción y queriendo decir muchas cosas: "Estamos con vos, cuidate, volvé."Y apenas cierra la puerta ya se mezcla con la multitud que clama por el fin de la mentira y la hipocresía.

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