Lunes 13 de Agosto de 2018

Llegué a ver a dos. Una señora de pelo recogido y un venerable hombre de saco antiguo y chaleco al tono. Ambos escribían cartas en el barrio.

Es difícil explicarlo hoy. Entonces era sencillo. Mi abuela Josefa leía con una lupa el diario y llevaba sus anteojos de montura de metal de modo permanente, pero no le gustaba escribir. Dictaba cartas al tío Pancho Tuells y el primo Federico Azarloza. Hacé buena letra, escribí, ponele que yo quiero que vengan esta navidad...

Escribir al dictado de mi abuela, en ese papel del block de cartas, mas fino y largo que las hojas de cuaderno, con un fondo como labrado, con una lapicera que no debía manchar y una letra que se debía entender, cartas a mi padrino Pancho y mi tio Federico, resultaba fácil. Eran familia. Ni pudor ni secretos. Familia.

La señora del rodete, Alicia María Mabel Montiel vivía en una casa vieja que compartía con otra familia. La habitación del fondo. Sola, venida hacía demasiado tiempo de España, asturiana, cobraba monedas y escribía las cartas de todas las familias de la Avenida para allá, hacia el fondo del Barrio Roma. Su familia, contaba, se había vuelto a España. Ella no. Nunca supimos ni preguntamos el porqué.

El profesor "Serrucho", por buen apellido Zierrouch, sabía latín, castellano, italiano y uno de esos idiomas locos, creo que alemán y polaco o ruso, eso no se. Se sentaba a la siesta en el bar lleno de italianos y españoles, de polacos y turcos y escribía cartas. Pedía que le dejaran pago un café y hacia una raya en una pequeña libretita. El café de toda la semana, a veces cambiado por una grapa o una caña, era su modo de cobrar. En el fondo del café doña Lucía (que santa esa mujer de don Santos Salvador, el dueño del café, que santa) le guardaba tintero, pluma y el block de cartas. Mas duro, mas ancho. Mas firme. Papel resistente a las tachaduras. Pedía que trajesen la carta que querían contestar y se las leía en voz alta. Después contestaba según lo leído. Y ponía a consideración del protagonista.

Antoñico, el que trabajaba en la carpintería y fábrica de escobas a dos cuadras, la que se incendió en invierno y no con los cohetes de fin de año, venía todos los sábados, casi todos los sábados y si tardaba preguntábamos: ¿ hoy no viene Antoñico? El decía que se llamaba Antoñico y en ese café hay cosas que no se discutían. Te queres llamar Antoñico bueno, serás Antoñico. Grande y desprolijo Antoñico. Un hombre bueno y callado.

Antoñico venía y le decía; serrucho, debo escribir una carta, me lee lo que me mandó decir el hijo....

El profesor, que estaba sin clientes porque Antoñico era prudente y esperaba, abría una vez mas el papel y leía despacio. Padre, estamos lejos y os queremos mi mujer, la Rocío y yo, pero por ahora es imposible que vayamos, como es imposible que vengais, no hemos juntado el dinero para un viaje siquiera y de tu parte no hemos recibido ni un duro hace años...

Antoñico lloraba en voz baja primero, hipaba después, se bebía la caña de un trago, tomaba la carta y se iba. No terinaba el ritual. Serrucho sacudía la cabeza y murmuraba es un tonto Antoñico, jamás le cobraría ni un café para que le conteste a su muchacho allá en las montañas.

Irrespetuosos, irreverentes, insoportables esperábamos la llegada de Antoñico y esperábamos que se fuese. Un poco porque nos reíamos de su desgracia. Otro poco porque algo de lo que pasaba allí no lo entendíamos muy bien. Era una escena repetida que, en el fondo, era parte de otra historia que no lográbamos entender.

Lástima que desaparecieron los escribidores. Estaban entrenados en transmitir en palabras el amor ajeno. No hay mas oficios así. Lástima.

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