Cabe reflexionar sobre el decreto presidencial que prohibe el ofrecimiento del comercio sexual por los medios de comunicación (rubro 59).

Cabe reflexionar sobre el decreto presidencial que prohibe el ofrecimiento del comercio sexual por los medios de comunicación (rubro 59).
La norma oficial se basa en la búsqueda de superación de la prostitución, considerando que la mayoría de las mujeres que la ejercen están obligadas por su situación vulnerable o por la trata. Esta postura, equivocadamente, se enfrenta con la de las propias meretrices, que se llaman a sí mismas "trabajadoras sexuales" al considerar su práctica como un trabajo en el cual la mayoría no estaría siendo obligada a hacerlo.
Son múltiples los motivos por lo que una persona realiza esa actividad. Por ejemplo numerosas meretrices, ante la posibilidad eventual de encontrar un trabajo diferente, responden que los horarios flexibles y la remuneración considerable, son difíciles de igualar en una actividad formal. Otro caso sería el trabajo sexual de diversas prostitutas, también de mujeres travestis, donde en ocasiones encuentran que la relación escópica, la mirada de los otros, en un plano predominantemente imaginario, es lo que permite sustentar subjetivamente a muchas personas. La acción de mirar-se, ser-mirada es una coartada para algunos sujetos y cobra más importancia que lo económico.
El reclutamiento de mujeres para la práctica sexual en algunas excepciones ha dado lugar a la trata de mujeres, que al salir a la luz cobra resonancia, suele realizarse de manera personal o en los rubros de ofrecimiento de trabajo, no de ofrecimiento de servicios sexuales.
Otro aspecto es el de los clientes, donde la diversidad sexual presenta plurales maneras de satisfacción, aún en una misma persona. Las fantasías sexuales pueden realizarse con sexo pagado o no, y el estado no debería intervenir en este asunto, salvo cuando se trate de personas obligadas, abusadas o de menores.
Freud ilustraba de algunos varones que necesitaban tener relaciones con mujeres que no amaban o desconocían. Es preciso evitar un reduccionismo donde moralmente se cuestione una u otra manera de satisfacción, suponiendo que se trataría de una degradación hacia la mujer, e incluso una degradación de los propios varones.
El criterio de auto-consideración de protectorado moral de los otros pasa por atribuirse lo que está bien o mal realizar. Se engloba en una acción a todas las variantes de comercio sexual (de o entre varones, o mujeres) y se inmiscuye así en la forma de vida de las personas, favoreciendo el negocio de los pocos que estarán felices al ver barrida en un solo movimiento casi toda la competencia del "mercado", dejando en el ofrecimiento callejero la única alternativa (de difícil control).
Con el argumento de evitar la trata de blancas, la prohibición de la publicidad genera que se oculte la oferta y se aumente el problema que se busca atacar. Ayudaría que los medios de comunicación exijan identificar a los oferentes para evitar la trata, pero al pasar a desalentar la práctica directamente se limita la libertad de trabajo, pero sobre todo las acciones privadas de las personas.
Podrá objetarse que no se prohibe la prostitución, sino la publicidad. Difícil disquisición en el plano social, donde el sexo resulta ser un ofrecimiento más del mercado, y coartarle la publicidad es intentar velarlo.
El argumento que se opone a la prostitución se afirma en luchar contra la cosificación y dominación de las mujeres. Pero al pensar la prostitución como una manera de dominación, se confunde la esclavitud con la explotación entendida en términos post marxistas, una cosa es la explotación en general y otra es la lucha contra la trata de personas (ley desde 2008). De allí a suponer que cualquier persona que comercia sexualmente es una persona explotada hay mucho trecho. Sería desconocer los vínculos disímiles que se dan en todos los aspectos de la sociedad. Desde el punto de vista subjetivo, ofrecerse como objeto del deseo del otro es una de las posibilidades de vivenciar la subjetividad. Sino entraríamos en una lógica del siglo XIX o pre-freudiana, donde se supone que hay una manera correcta de comportarse desde el punto de vista sexual. Otrora en términos de cuidar la castidad moral de las mujeres, y ahora nuevamente cuidando la "degradación" moral que significaría el comercio sexual.
Un planteo que desconoce la dimensión del deseo, las contradicciones de cada quién y la no linealidad de modos de ser.
Entonces se entra en un fundamentalismo que supone que si todas las meretrices tendrían otro trabajo no habría quienes ofrezcan sexo por dinero. La respuesta es que no, siempre habrá personas dispuestas. En ocasión de la revolución cubana, se prohibió la prostitución y se brindó trabajo a las meretrices al considerar la oferta de sexo como un efecto del capitalismo. En ese país no desapareció la práctica. El planteamiento de un universal de todas las personas que venden sexo se encuentra con que desconoce la singularidad, nunca será para todas iguales. Si no se respetan las diferencias, se procede a borrarlas deformando la justa lucha contra la opresión de mujeres y desconociendo los aportes de la llamada tercera ola del feminismo. Se cae fácilmente en un discurso que ha inundado lo político, omitiendo las nuevas circunstancias, borrando los contrastes.
Es diferente la lucha por la igualdad porque las diferencias son opresivas, a renegar de las diferencias. Suponer que la sexualidad podrá ser algún día "libre", la gente crezca "sana" y no haya hombres que paguen por comercio sexual, es abrir un capítulo de intolerancia en nombre de la tolerancia. Queriendo evitar la degradación sexual, se acota el ofrecimiento sexual por dinero con el argumento de la explotación.
La lógica religiosa teocrática se convierte actualmente en otra lógica religiosa pero laica, el nuevo dios es ahora la defensa del supuesto bienestar.
La propuesta contraria a la prostitución, al generalizar la práctica, se disfraza de una defensa de género pero en el fondo es sólo una confusión. Es clara la no adecuación de la sexualidad a la reproducción y la reivindicación del placer sexual, más allá de lo neurobiológico. El psicoanálisis conceptualiza que no hay un significante único que de cuenta de la identidad sexual, ni un objeto determinado naturalmente.
Ernesto Sinatra dice que "el universal del bien común es promovido por el discurso del poder de cada época y región, según una perspectiva ética y estética que se transforma en ideal, y al hacerlo entrará en contradicciones y tensiones con lo singular de cada sujeto".
Es necesario precisar teóricamente los diversos modos de la defensa de género. Dicho en términos psicoanalíticos, una cosa es la subjetividad organizada en relación al llamado goce fálico (con sus límites referenciados al significante del Otro barrado), y otra en relación al goce Otro, donde el Otro absoluto, irrumpe sin restricciones en lo corporal, como ocurren en ciertas perspectivas reivindicativas.
Enmarcado en el contexto de los derechos del hombre y los ideales de justicia e igualdad, que por supuesto hay que apoyar, se proyecta en el argumento de prohibir el rubro 59 una medida imperativa sobre lo íntimo, dando lugar a un goce por fuera de la ley fálica, otro goce, un goce no contable, sin límites, que si no es acotado es capaz de llevar peligrosamente al extremo cualquier propuesta.
(*) Psicoanalista