Tras un recuento electoral, sólo importa quién es el ganador. Todos los demás son perdedores.

Tras un recuento electoral, sólo importa quién es el ganador. Todos los demás son perdedores.
Winston Churchill
El 11 de junio último se cumplieron cuatro años de la muerte de Juan José Saer, notable escritor santafesino nacido en Serodino y radicado desde 1968 en Francia, donde falleció. Considerado uno de los grandes narradores contemporáneos, así como Joyce a Dublín y Proust a París, Saer dedicó casi toda su narrativa a la ciudad de Santa Fe, a Colastiné y sus alrededores, donde el río, el almacén, el puente, los lugareños, el terruño, en suma, quedaron magistralmente retratados. Pero también abordó problemas filosóficos y cuestiones metafísicas. Uno de sus cuentos, "El que se llora", del libro "La Mayor", refleja la angustia de un hombre que, siendo testigo de su propio velatorio, lloraba su propia muerte.
Saer se pregunta: "¿Qué lloramos de nosotros mismos cuando nos lloramos en sueños?", y se contesta: "Lo sabe únicamente el que se llora. Buscar en esa fuente de llanto es un trabajo difícil y la mirada tranquila de la curiosidad no alcanza a ver tan hondo. Para ver el dolor, tenemos que estar en él. Pero lo que sorprende todavía más —continúa— es que el que se llora, el que ve su cadáver o se conduele de su propia muerte, está parado en un punto tan singular de la gran llanura de la pena, que su llanto es al mismo tiempo recuerdo y anticipación. En las grandes llanuras el horizonte es siempre circular, idéntico, vacío y monótono".
¿En qué medida —nos preguntamos— son anticipatorios los insondables misterios de los sueños? ¿Podría acaso presagiar nuestra propia muerte, soñar, como en la pintura surrealista de Saer, con la muerte de uno mismo?
Según coincidencia de opiniones, la muerte en los sueños no significa necesariamente la muerte física del que sueña, sino de lo que representa. Soñar con la propia muerte es un indicio de que se avecinan cambios radicales en nuestra vida. Puede ser también un síntoma de ambición de poder, de ansias de dominación social.
A propósito de estas definiciones, los últimos acontecimientos que precedieron a los recientes comicios nacionales, nos hacen reflexionar sobre algunas conductas de ciertos líderes.
¿Se habrán llorado con su propia muerte los autores intelectuales del adelantamiento inconsulto de las elecciones y de esa defraudación pública, a todas luces deliberada, de las candidaturas testimoniales? La pantomima, sin antecedentes registrados en la historia política latinoamericana rica en desmesuras, no sólo no caló en la sensibilidad de un electorado supuestamente cautivo de sus impulsores, sino que produjo una mella profunda en su credibilidad.
Hay una creencia popular sobre que, si nos anunciaran un próximo y definitivo final, nos daríamos todos los gustos, aun los que nos prohibimos durante toda la vida. Pero, a diferencia de los animales que hacen daño sin pensarlo, el ser humano puede anidar las peores intenciones ante la inminencia de su inexorable caída.
De nada sirvió que diferentes voces de la oposición, de la neutralidad política, de la Justicia y hasta del mismo partido gobernante —eso sí, en este caso, off the record— aseguraran que esa especie de fuga hacia adelante era, apenas, una vana puesta en escena en la que nadie creía. ¿Acaso sorprendió cuando luego se anunció que tales candidatos no asumirían? Con estos ardides ¿qué valoración se hace de la ciudadanía? ¿La misma de los que aún pretenden el voto calificado?
Muy lejos están, tanto el ex presidente como la cúpula del oficialismo y quienes participaron en esta boutade, de seguir sumando voluntarios a sus tropas. Muy por el contrario, ya hay una lista de otrora "leales" que comenzaron a procurarse otros cobijos. Nuevamente se equivocó Kirchner si creyó que estos nuevos tránsfugas eran los músicos del Titanic. El peronismo que, desde hace medio siglo vive en estado de mutación, sabe mucho de diásporas y deserciones.
¿Qué nuevo escenario se presentará ahora? Las declaraciones de la presidenta el 29 de junio, cargadas de evasivas y cifras confusas, no hicieron más que ratificar el rumbo, el mismo rumbo que la gente rechazó el día anterior. ¿Deberemos aguardar, acaso, que se pergeñen nuevos disparates? Mientras no veamos los esperados pasos al costado, la sensatez, la cordura, el sentido común, seguiremos pensando que, como en el cuento de Saer, quienes aún disponen de nuestro destino, siguen llorando su propia muerte.


