Opinión

El náufrago

La arena es blanca y el mar inmenso semeja una alfombra azulada de oleaje imperceptible por la falta de viento.

Domingo 30 de Septiembre de 2018

La arena es blanca y el mar inmenso semeja una alfombra azulada de oleaje imperceptible por la falta de viento. Con un taparrabos tejido con verdes hojas anchas con una que otra espinita en los bordes, el tipo delgado y de mediana estatura camina con las piernas entreabiertas mientras recita el rock del ay ay ay cada vez que siente un leve escozor previo al pinchazo demasiado cerca de las partes blandas. Si no fuera porque ella lo hizo con esmero y una cuota de amor con intereses, se lo quitaría y andaría como Dios lo trajo al mundo. A modo de sombrero usa un pañuelo con los extremos atados. Parece un hincha de fútbol llegado del pasado. Colocándose una mano como visera otea el horizonte vacío. El sol es impiadoso. Daña su piel delicada y lo hace sudar. Y no hay desodorante francés. Extraña su sillón mullido, el aire acondicionado, el mozo que corre para satisfacerle cualquier necesidad. Extraña a sus secretarios y a la pantalla gigante para ver como lo maltratan en C5N, Crónica y otros canales más devaluados que el peso. Por suerte está Boquita de sus amores, aunque los barras a veces son irrespetuosos con sus ancestros. Si hasta a los medios de comunicación amigos de ayer parece que agotaron los elogios. Sumergido en recuerdos, todavía lo espanta el naufragio del crucero que hacía rumbo al Caribe junto a funcionarios del FMI y de su círculo rojo sangre, que invariablemente es ajena, nunca propia. Cuando la nave escoró partieron botes salvavidas en distintas direcciones. No sabe cómo fue que quedó solo con ella. Remaron y encallaron en un islote que ni figura en los mapas. Eran visibles montes arbolados rodeados de una vegetación cerrada. Una jungla que conmovería al mismísimo Salgari. Brotes verdes al fin. Una voz ronca lo vuelve a la realidad, la que siempre desdeñó. "Mi gran danzarín enamorado, ven. Te quiero cerca". La vio a lo lejos. Se había fabricado una corona de flores blancas grandes como girasoles y bailaba ondulante sacudiendo su pollera de lianas. El cabello blanco y corto brillaba. Parecía la Reina de las Garzas. Sintió una opresión en el pecho y se despertó y desmayó al mismo tiempo totalmente empapado. Confundido, emergió del fondo de su pesadilla. Piensa que lo que le pasa es consecuencia de su fijación con las Cristinas. Y mirando a un cielo imaginario, pregunta una pavada más: ¿dónde quedó la predicción del cabezón sobre que estábamos condenados al éxito? Fiel a sí mismo exclama: ¡Síganme, que no los voy a defraudar! Y se vuelve a desmayar.

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