Opinión

El mito y el río

Realidad que fluye. El dilema del país puede centrarse en no querer ver la posibilidad de una tercera vía equidistante de la ortodoxia de Cambiemos y el peronismo.

Martes 04 de Junio de 2019

En París nadie olvida el recibimiento que tuvo en Ezeiza el presidente Emmanuel Macron cuando se abrió la puerta del avión: un operario ataviado con un chaleco amarillo le dio la mano. Macron, antes del vuelo, había visto como las calles de la capital francesa eran arrasadas por la violencia provocada por los «chalecos amarillos». La gracia de la anécdota perdura porque aún se movilizan, cortan rutas y calles en las ciudades y, de tanto en tanto, reaparecen los desmanes. No hay día que Macron no se tope con un «chaleco amarillo».

¿Por qué no se extingue o se sofocan las movilizaciones? El eje del descontento está vinculado a la deriva del capitalismo financiarizado, en el contexto una crisis que ha superado la recesión, pero no su onda expansiva de recortes en el Estado de bienestar. Los «chalecos amarillos» son ciudadanos de las clases medias francesas de las grandes urbes que, para mantener su nivel de vida, abandonaron las ciudades y se instalaron en zonas de baja densidad demográfica. Cambiar por una casa amplia y un entorno natural a cambio de moverse en coche todo el tiempo, incluido el fin de semana para tener vida social. La subida de los combustibles y una nueva política impositiva han puesto en riesgo dramáticamente su situación y tomaron la calle.

El triunfo del Brexit, en su día, también tiene una razón social y económica al igual que el ascenso de Donald Trump. Si se observa el mapa electoral de Estados Unidos, se verá que ambas costas forman un paréntesis azul, color de los demócratas, que contiene la basta extensión del territorio en rojo republicano. En el Reino Unido se votó por la permanencia en Europa masivamente en Londres. Las señales son claras: tanto en la costa este como en la oeste, los demócratas suman los votos de las poblaciones integradas en el marco de las nuevas tecnologías como ocurre con Londres, una de las capitales financieras del sistema global. En el interior, por el contrario, se vive o desvive con los despojos del siglo pasado, fábricas cerradas, desempleo, zonas rurales en parte deprimidas y que no reciben ningún derrame que mínimamente les asista.

En el caso francés, Macron no se da por vencido y ha asombrado a propios y extraños,después del fracaso de los primeros intentos mediante ofertas incluso extremas (supresión de los aumentos y recorte en los impuestos) ya que los indignados no quieren mejoras: piden un cambio del sistema. Macron, entonces, ha tomado la iniciativa y ha convocado una gran mesa nacional de debate sobre lo que es Francia hoy y aquello que quiere ser. Uno de los motivos para el asombro es la capacidad que tiene el presidente francés para conocer los problemas de las distintas regiones del país, incluso las pequeñas cuestiones locales ya que, al ser interrogado por los ciudadanos encuentran en Macron a un semejante involucrado en sus problemáticas domésticas. Porque el detalle es que Macron asiste a todas las reuniones y participa activamente en el debate. Fruto de la Escuela Nacional de Administración, el presidente francés está formado en cuestiones de Estado o por el Estado para administrarlo. En Francia esto hace la diferencia. Mucho más cuando ha desaparecido el socialismo y en la escena pugnan el movimiento populista de Jean—Luc Melenchon y la estructura fascista de Marine Le Pen. En Italia, estas expresiones han tomado el poder al converger en una alianza, la Liga del Norte, liderada por el ministro del Interior, Matteo Salvini y el movimiento 5 Stelle del cómico Beppe Grillo Populismo de extrema derecha el de Salvini; populismo de corte heterodoxo el de Grillo, quien como afirmó Edgar Morin, denuncia pero no enuncia.

Esta levedad del sistema que diluye el poder de los grandes partidos y torna volátil el voto con resultados imprevisibles delata en su devenir síntomas de que el eje derecha-izquierda no pierde fuelle, tal y como se pensaba. Para verificarlo basta con atender la polarización entre Trump y Bernie Sanders (el viejo candidato demócrata está otra vez en la ruta y con más fuerza que en las anteriores elecciones). La desigualdad extrema ha vuelto a poner las cosas en su sitio. .

Desde donde menos se lo esperaba, Portugal primero y ahora España, parece surgir una vía de construcción progresista, recuperando el eje de la izquierda frente a las fuerzas conservadoras que administran las crisis con retrocesos y recortes, y ante las propuestas de Macron, que intenta aglutinar con el ideario cultural social liberal sin gravitación en el Estado de bienestar: los «chalecos amarillos» se lo recuerdan cada amanecer. Debajo de estas vías muertas está al acecho la vitalidad de las fuerzas de ultraderecha. Por esta razón se mira el coraje y la decisión de los dos países de la Península Ibérica que abren un camino inesperado, pero con una clara reorientación política y social progresista.

¿Es posible construir esta senda en Argentina? En un artículo publicado en La Nación hace unos días, el sociólogo Eduardo Fidanza recurre al análisis del mito del eterno retorno que desarrolló Mercia Eliade para compararlo con los ciclos políticos argentinos. Observa que por un lado se desarrollan procesos de progreso, de construcción histórica, frente a otros en los que el retorno, como un ciclo natural, busca restituir lo perdido. El error de Fidanza es asociar la idea de progreso a Cambiemos, donde se concentran la estructura radical —asimilable a la idea del retorno y no del avance— y una concepción social y económica que, más que construir la historia con impulso progresista, la soporta. Se puede mirar esa deriva en el espejo de Macron. La anécdota del «chaleco amarillo» debería ser recordada aquí también. El kirchnerismo tampoco se aleja de la ambigüedad política del movimiento 5 Stelle: Daniel Scioli y Alberto Fernández son muestras de una flexibilidad política singular.

Cierra su reflexión Fidanza con una ironía de Claudio Jacquelin: «El tiempo circular de la política argentina consiste en que un partido haga un cambio de 180 grados y el que le sigue complete otro de la misma magnitud, hasta regresar al punto de partida».

El dilema del país puede centrarse en no querer ver posibilidad de construir una tercera vía equidistante de la ortodoxia de Cambiemos y el peronismo. Un vector de progreso frente a un círculo vicioso. La respuesta que España y Portugal construyeron en realidades no menos complejas que la argentina.

Tal vez debería pensarse la cuestión desde la filosofía y entender el devenir con la mirada de Heráclito. Cada día la realidad se manifiesta de manera diferente. Al menos así se observa desde Santa Fe, ante el río que fluye.

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