Opinión

El fin de la ceguera

Domingo 02 de Junio de 2019

Los seres humanos necesitamos de otros seres humanos. No es posible vivir mirándose sólo en un espejo. Importa la mirada del otro, de los otros, interactuar para aproximarnos a la realidad que nos rodea. Esa realidad inmediata es aquella más próxima al sentido común y que nos dice que se trata de aquello que se nos presenta en nuestra experiencia de forma directa e inteligible. Aún sin darnos cuenta nos enfrentamos a situaciones en las que debemos tomar decisiones de un modo u otro y para eso debemos conocer, es decir saber algo más que nos permita profundizar en nuestra realidad social. Cuando dejamos de ver nos cerramos y pretendemos que la desigualdad, el hambre, el desempleo, la falta de un techo no afligen a nadie. Y es así porque lamentablemente somos expertos en engañarnos a nosotros mismos dicen sociólogos y psicólogos de diversas corrientes. Expertos en escapar de la realidad, no aceptarla, no asumirla, y mucho menos comprometernos. Y para eso nos inventamos un cuento que le transmitimos también a los demás del mismo modo que un político promete algo a sabiendas que nunca cumplirá aunque atrapando en su telaraña a más de un desprevenido. Nos mentimos y también a los demás porque es un boleto seguro para seguir gozando de privilegios inmerecidos sin remordimientos. Hacemos lo que queremos sin renunciar a nada. Y a la hora de tener que elegir padecemos porque implicará perder algo. Y no nos gusta. Está en nuestra naturaleza la contradicción y ser reacios a aceptar las consecuencias de nuestra conducta egoísta. Porque escondimos una verdad seguramente aprendida alguna vez: nadie se salva solo. Intuimos que tarde o temprano la realidad nos alcanzará y ya no habrá lugar dónde esconderse. Porque de la realidad no se huye, hay que enfrentarla. Y muchas veces sufrimos por eso, porque cuando un problema no está resuelto quedará ahí, colgado como un adorno en la pared observándonos aunque intentemos en vano mirar hacia otro lado, a la espera de una acción de nuestra parte. De ahí la justificación a ganar la calle con paro general atravesando cerradas filas de robots desmemoriados que pusieron de lado sus raíces, el pueblo que les mandan reprimir. Eterna obediencia debida contra la vida. Pero bien aprovechada será una nueva oportunidad. Vaya uno a saber si acaso la última. Y estará en nosotros perderla o no. Lo mejor que puede pasarnos y será justicia es que no tengamos que decir al final de este oscuro cuento: qué pena que lo que alguna vez soñamos nunca ocurrió.

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