Opinión

Birome veloz

Dicen que un día Ladislao Biró, periodista e inventor húngaro nacionalizado argentino, vio a dos pibes jugando a las bolitas en la vereda

Domingo 14 de Julio de 2019

Dicen que un día Ladislao Biró, periodista e inventor húngaro nacionalizado argentino, vio a dos pibes jugando a las bolitas en la vereda. Y en esas depresiones que suelen formar las raíces incontenidas se había formado un charquito. La bolita de vidrio, impulsada por el hábil pulgar del chico, lo atravesó con fuerza trazando a su paso una línea seca y nítida en el piso. Fue una inspiración. Poco después el inventor presentó la revolucionaria birome, acrónimo de Biró. Por estos días, los prácticos bolígrafos son esgrimidos por políticos y funcionarios hasta dejarlos secos tras firmar pilas de designaciones y nuevas categorías que incrementarán las huestes de empleados públicos y engordarán aún más los fondos destinados a gastos de personal. Los nombramientos por decreto florecen acá y allá como en primavera aunque se esté en invierno. Siempre hay un pariente, el hijo de un correligionario, la nieta de un amigo influente, la sobrina de la ex y, débil es la carne, el compromiso ineludible, el que llega de la mano de la lujuria furtiva. Y una promesa hecha entre sábanas es sagrada. Se conforma así una verdadera telaraña de sostén anhelada por todo político que se precie de tener un millón de amigos. Que no es lo mismo que un millón de votos, pero por algo se empieza. Cada traspaso de mando es siempre igual o parecido. Hablando se entiende la gente. Que es como decir que entre bueyes no hay cornadas. La consigna tácita dice que con los muchachos no hay que meterse. Necesitan trabajar y dar el presente en actos partidarios o en esos eventos que sirven para demostraciones de poder. Hoy por mí, mañana por vos. Todo legal. La discusión continuará, pero ya se dio un gran paso y no para la humanidad precisamente. Lástima los que se cayeron de la larga lista durante la negociación. Otra vez será. Aunque la calefacción está a full, los futuros mandatarios salen restregándose las manos. Sueñan con eternizarse. Charlan animadamente y pisan con cuidado porque la veterana empleada que hace años espera el pase a planta permanente está pasando el lampazo en el corredor de baldosas gastadas. La espalda de la morocha está encorvada y su cuerpo tiene hambre de comida. Interrumpe su labor y con un gesto responde los saludos, pero no sonríe. Y piensa: “Me prometieron una y otra vez el paraíso y no cumplieron. Ahora votaré por el infierno.”

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