La ciencia, siempre tan dispuesta a lograr una comprensión científica del
comportamiento de los humanos, ha desembarcado una vez más en el terreno del amor con la ilusión de
alcanzar un nivel de objetividad que permita a la especie más desarrollada del planeta alejarse
definitivamente de los vaivenes y las oscilaciones a la que son tan proclives por su manifiesta
terquedad en ser subjetivos.
Lo interesante de este nuevo intento es que la flecha del conocimiento
científico, que tantos progresos ha logrado, logra y seguirá logrando en el conocimiento del cuerpo
y del organismo, apunta a uno de los temas más controvertidos de casi todos los tiempos y de casi
todos los lugares: las infidelidades. Nada como las malditas infidelidades para mostrar las eternas
batallas entre el cuerpo y el alma, o entre el deseo y el amor, o entre la conciencia y la
inconsciencia, y sin olvidar a la madre de todas esas batallas: el super clásico entre la verdad y
la mentira.
Seguramente habrá un consenso bastante generalizado en que la infidelidad no es
ninguna novedad, del mismo modo que debe ser más que difícil saber si la gente es más infiel ahora
que antes, o a la inversa. A pesar de las contenciones sociales, de los diques religiosos y
morales, de las terapias de pareja y de todo tipo de abordajes terapéuticos, el humano es un ser
más bien difícil de contener, un tentado por naturaleza como lo demuestran los diez mandamientos y
los siete pecados capitales, transgredidos y protagonizados por los individuos mañana, tarde y
noche como la vieja propaganda del célebre jabón Palmolive.
Como se sabe el jabón juega un papel nada secundario en las lides del amor
infiel, ya que el baño resulta más que imprescindible. No sólo para borrar las huellas del sexo y
del amor prohibido, sino también para lavar o aunque más no sea mitigar la culpa, pues no existe un
buen jabón para el alma. Sucede que la culpa suele tener un cierto parentesco con la humedad, que
de una u otra manera siempre se filtra, sobre todo bajo la forma de actos fallidos o lapsus que
suelen desencadenar las grandes tormentas del amor.
También es cierto que entre las costumbres humanas se puede observar que hay
bastante pragmatismo de manera que después de una mínima higiene del alma, con la culpa bien
archivada y una vez cometida la traición, los actores suelen volver al calor y a la contención del
hogar con un cierto alivio, prometiéndose inútilmente que será la última vez. Por enésima vez.Visto
así, la infidelidad no deja de ser parte del amor en todo sentido, al punto que es bien posible que
en las bodas de oro habiten como mínimo unas bodas de plata con la susodicha infidelidad.
En definitiva el amor es difícilmente regulable. Ni siquiera la rutina o la
receta de la manzana dos veces por semana como canta Sabina es segura. Siempre está latente la
posibilidad de que el diablo meta la cola por su milenaria costumbre de meterse donde no lo llaman,
salvo cuando algún subalterno del tipo del padre Grassi lleva agua para el molino de Lucifer y
asociados.
Esto y mucho más motiva que la ciencia (como se señalaba al comienzo)
desembarque con sus recursos e iniciativas para poner orden en un terreno tan poco ordenado, y poco
ordenable como el del amor. En este caso un grupo de científicos suecos ha detectado un gen, el
alelo 334, que por lo que parece reproduce una tendencia a la infidelidad en los hombres. Más
precisamente en los masculinos.
La investigación se realizó al menos durante cinco años. No se entiende que
quiere decir ese "al menos", pero sí se aclara que se realizó con parejas heterosexuales (1000
aproximadamente). Lo que no deja de ser una limitación, dada la flora y la fauna actual en la
sexualidad, amén de que dentro de los heterosexuales habitan todo tipo de perversiones a las que
también habría que encontrarles el correspondiente gen llegado el caso. El resultado nos deja
pasmados: dos de cada cinco de los hombres (poseedores del maldito gen) afirmaron tener lazos menos
fuertes con sus esposas, y además éstas reconocieron que se sentían menos satisfechas con sus
cónyuges que las que se casaron con hombres que no portaban el gen alelo 334. Un resultado más bien
exiguo al que llegaron después de cinco años (por lo menos) en el que se puede observar que si la
investigación fue bien hecha, el investigado gen es inespecífico con respecto a la infidelidad.
Además, los varones infieles estarían disculpados ya que lo serían a pesar de
ellos, y la supuesta fidelidad femenina no representaría ningún mérito dada la carencia en ellas
(una vez más) del diabólico gen. La infidelidad, ya sea un pecado o un síntoma, seguramente es
"inerradicable" en todos los sexos. La lástima es que tampoco son "erradicables" ciertas
investigaciones con sus correspondientes investigadores dedicadas y empeñadas en la pseudo
ciencia.
Jorge Besso