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Músicos en los bondis, el arte que nunca descansa

Sonidos en movimiento, canciones rodantes. En el andar fervoroso de la ciudad, los artistas callejeros despliegan su talento en los colectivos. Unen vocación y habilidad para ofrecer lo mejor a su público. Por suerte son muchas las personas que se animan a disfrutar de sus melodías en medio del trajín cotidiano

Domingo 28 de Abril de 2019

Convierten a los colectivos en sus escenarios. Con su música, intentan curar penas y dolores. Como equilibristas y adivinadores de repertorios, con la aprobación del chofer e intentando seducir a los pasajeros, emprenden el difícil arte de llamar la atención a través de sus voces e instrumentos. Y así, cada día, sobre ruedas, el arte va hacia las personas.

Claro que hay quienes prefieren no escucharlos durante su viaje, seguir en sus mundos, con sus cosas. Pero muchos acompañan y despiertan el alimento de los artistas: el aplauso, tan necesario como la colaboración económica, una vez que, a voluntad se pasa la gorra por los pasillos del micro.

El arte callejero tiene diversas expresiones, puede desplegarse en un lugar físico concreto, como por ejemplo en la Peatonal o los parques de la ciudad, o también, y cada vez más desde hace un tiempo, arriba de los colectivos. La tendencia se expande, pero no hay regulación alguna. Quienes componen este movimiento de artistas reclaman al municipio mayor visibilidad y solicitan que exista alguna norma que les permita trabajar libremente.

Aman su trabajo, sienten pasión por lo que hacen: "Trabajamos con el pueblo y llevamos un mensaje de esperanza", aseguran.

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Jorge Mansilla sube a los colectivos a "mostrar" su música desde hace ocho años. Es estudiante de Artes Visuales y dice que este trabajo le sirve para costearse sus estudios. Toca el charango, y aunque no recuerda qué lo motivó a subirse a un colectivo para hacer música, esta actividad es para él su modo de vida. "Adapto mis tiempos a esto", argumenta.

"En mi casa siempre hubo una guitarra criolla. Después a los 15 años empecé a tocar y a juntarme con otros músicos. Siempre me gustó el rock, aunque con este trabajo me di cuenta de que había que ser diverso. La gente tiene gustos variados, por eso comencé a experimentar con otros estilos".

"Es una actividad muy flexible, no tengo un horario como los músicos que están en la Peatonal, eso me permite estudiar. Yo salgo por la mañana, pinto a la tarde y a la noche voy al profesorado. Hay horarios en los que no se puede salir, como las horas pico, sobre todo a la mañana bien temprano y al regreso de la gente del trabajo porque los colectivos vienen muy llenos".

En ese sentido, habla sobre lo que despiertan en los pasajeros: "Hay de todo. Por lo general la gente se engancha. Nosotros trabajamos con laburantes...los que toman el colectivo son trabajadores, son estudiantes o jubilados, no son potentados, algunos pasan por las mismas situaciones que nosotros, por lo tanto, hay una inquietud, un interés en ellos cuando nos escuchan".

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Anahí Peralta es autora y compositora nacida en la provincia de Buenos Aires pero desde hace años vive en Rosario, en barrio Ludueña. Su propuesta artística es generar paz, esperanza y hacer militancia. Sus canciones, de raíz folclórica, hablan de la vida, del amor, de las luchas sociales y los derechos de las mujeres. Junto con su charango se la puede ver y escuchar en las líneas del corredor oeste que circulan por calle Córdoba, pasan por la Terminal y siguen hasta el centro. También suele participar de eventos sociales en diversos barrios de la ciudad.

Sobre el trato con los pasajeros explica: "Pasa, como nos sucede a todos, este tema de estar pendientes del celular. Muchos aprovechan en el colectivo para mandar sus mensajes. Yo noto que algunos dejan el celular, pero otros no, cuando subimos a tocar. Lo que más satisfacción me da es cuando uno va a cantar y se sacan los auriculares para escucharte. Me ha pasado que una chica no me dio plata pero me entregó una nota donde decía que le había cambiado el día".

La artista vive con mucha emoción estas situaciones. Tiene además una página de Facebook donde recibe comentarios de los pasajeros que la alientan a seguir con su tarea. Para Anahí esto es más que un trabajo. Ella sostiene que lleva un mensaje con el que intenta contribuir para que el mundo sea un lugar mejor.

Llegó desde el Gran Buenos Aires a esta ciudad atraída por la historia de Pocho Lepratti. Fue en el Carnaval de Ludueña de 2006. Recuerda que el vínculo que generó con los vecinos fue excelente y eso hizo que tomara la decisión, un tiempo después, de venir a vivir a Rosario. Posteriormente, formó su familia acá, tiene una hija pequeña y ama el lugar en el que vive.

Sobre su actividad laboral explica que antes de instalarse en Rosario lo hacía en los colectivos de Buenos Aires, donde hay una movida mucho mayor. Sin embargo, aclara que este tipo de trabajo "se da de hecho" ya que no hay ordenanza ni ley que los habilite. "Siempre alguien te persigue, hay lugares donde se da de forma masiva, como en Buenos Aires, pero en definitiva estamos todos más o menos iguales", señala Anahí.

Por su parte Jorge Mansilla asegura que hay cierta presión cuando se sube al colectivo ya que la sanción, si son vistos por un inspector, es para el chofer y no para ellos. "Uno después de eso se baja con una gran culpa. Ese, seguramente, es un chofer que después no te lleva más", se lamenta. Y agrega: "A veces se genera un clima horrible, yo hago arte, uno tiene que estar todo el tiempo perseguido por si nos ve el inspector".

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Ukelele y ritmos propios    

Ramiro Fernández es otro de los jóvenes que para en La Terminal. Toca el ukelele, ha viajado con su música por todo el país y también hace sus propias canciones, pero en el género del reggae. Dice que "hay mucho perjuicio hacia ellos" de parte de algunos pasajeros. "Lo que me interesa es el mensaje. Todos tenemos problemas... Creo que transmitir esperanza es lo más importante", manifiesta. "Me gustaría que sea legal, no sé que proceso debe haber para que esto suceda. Para mí lo primordial es que no se lo multe al chofer si nos deja trabajar, que él tenga la opción de decidir si nos sube o no", reclama Ramiro.

Todos dicen que expresan su arte con los cinco sentidos, a pleno, y que en el colectivo se aprende a surfear con los instrumentos, a tocar entre los pasajeros y a pasar la gorra sin incomodar. Si bien existen varios corredores en la ciudad donde los músicos ambulantes suelen trabajar, el preferido es el de calle Córdoba hacia la Terminal ya que allí comulgan 18 líneas de transporte urbano. Otros corredores son: calle Mendoza, Alem y avenida Alberdi y San Martín al sur.

"Esto es pasión y no hay por qué negarlo, o sufrirlo, cuando salís con mala onda te pesa, pero cuando disfrutás de lo que hacés se lo vive de otra manera", aclara Sebastián al sumarse a la charla. Él es uno de los más viejos en el rubro. Generalmente se lo puede ver en el corredor de calle Mendoza, aunque también sobre Córdoba y Santa Fe. Sebas, como quiere que lo llamemos, carga, además de su guitarra, un equipo de sonido y micrófono para amplificar. Su repertorio es más amplio que el de sus compañeros, va desde Los Piojos a Nino Bravo, todo depende de quienes estén en el colectivo.

"Ahí la gente se está trasladando, lo que uno tiene que lograr es acaparar la atención de los pasajeros, es como un momento de transición, un no lugar. Yo también toco en restaurantes donde pido permiso y hago algunos temas. En ese espacio la gente está más relajada, aunque en las dos situaciones hay que ganarse al público", dice Sebas, que prefiere definirse como artista callejero ya que además hace teatro y malabares en las esquinas y semáforos.

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Juan es otro de los artistas que se las rebusca en los micros urbanos. Este joven riojano que llegó a Rosario de casualidad y se enamoró de la ciudad, comenta que nadie dijo que esto sería fácil, según él todo tiene su cuota de voluntad donde hay que poner lo mejor de uno, tanto en lo mental como lo físico. "Si te subiste a un cole y la gente no te aplaudió ni te dio cabida, no te importa siempre que estés bien anímicamente. Ahora, si estás débil y eso te golpeó, es ahí cuando ese placer se convierte en dolor", reflexiona.

Hace ocho años que Juan toca en los colectivos. Recuerda que nada le fue fácil. Comenzó con una guitarra a la que le faltaban cuerdas y en ese momento llevaba dos semanas durmiendo en la calle: "Estuve toda la mañana para animarme a pedir permiso para subir. Una vez que lo hice se me vino todo el miedo. Yo no era músico, pero tenía hambre. Con lo que junté me compré cuerdas y un sándwich de milanesa. Desde entonces nunca paré".

"Hay que captar al público, uno no es famoso, es un don nadie, hay que llegar al corazón, después si sale algo de la billetera mejor, pero a mí con el aplauso y la sonrisa me alcanza y sobra. La diferencia con otras modalidades de arte en la calle es que nosotros vamos al público, la gente no nos busca, somos algo espontáneo que sube al colectivo e irrumpe en un lugar donde cada uno va pensando en sí mismo", sustenta Juan sobre su desempeño.

Todos coinciden en que eligen hacer este trabajo y que el dinero que les da la gente no es una ayuda ya que no piden sino que llevan su arte a los pasajeros como modo de vida, son juglares andantes. En ese sentido, Juan agrega que la crisis afecta a todos, pero que ellos siguen con esto porque están "cerca del pueblo" y que "al pueblo en momentos difíciles no se lo abandona". "Yo aclaro cuando termino el tema que esto que hago es mi pasión, no necesitamos lástima, estamos acá porque nos gusta la música", añade Sebas. "La gente confunde lo que hacemos con los vendedores o los que reparten tarjetas pero nosotros somos artistas. Igual, el sol sale para todos", reflexiona Ramiro.


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