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Elogio de lo inútil

¿Queremos generar sólo cosas productivas que produzcan ganancias palpables? ¿Buscamos el éxito como única meta? Un texto para pensar y darles valor a esos pequeños actos cotidianos, impulsados por el amor y la empatía, capaces de conferirles verdadero sentido a nuestros días .

Domingo 11 de Agosto de 2019

La vida nos va ocurriendo, lectora/lector, en las cosas que hacemos, en el vínculo con nuestra familia y nuestros amigos, en los modos en que ejercemos nuestros trabajos o profesiones.

Todo ello parece natural, como si se diese ajeno a nuestras intenciones, como producto del azar o del destino. Pero siempre, nos demos cuenta o no, somos protagonistas de nuestra forma de existencia y libres para mejorarla.

Desde esta premisa me propongo reflexionar acerca de un dilema que podría formularse de la siguiente manera: ¿deseamos hacer de nuestra vida un hecho productivo permanente que sólo genere "cosas útiles" que otorguen beneficios palpables, ventajas evidentes? O por el contrario, ¿nos permitimos ir más allá de la ganancia, realizando acciones no necesariamente utilitarias?

El dilema es notable. Y los dilemas, a diferencia de los problemas que admiten soluciones, no se resuelven. Los dilemas se deciden. Uno opta. ¿Tendrá sentido no hacer eje permanente en la búsqueda de la ventaja, del éxito evidente?

Me ha inspirado este planteo un librito delicioso titulado Lo útil de lo inútil del autor italiano Nuccio Ordine, quien expresa: "He querido poner en el centro de mis reflexiones la idea de utilidad de aquellos saberes cuyo valor esencial es del todo ajeno a cualquier finalidad utilitarista" (…). "En ese contexto, considero útil a todo aquello que nos ayuda a hacernos mejores".

Vivimos una época que hace eje en lo utilitario, que estimula la posesión y el consumo de objetos como hecho central en la vida. Y aclarémoslo desde ya: no digo en modo alguno que la alternativa sea una vida de despojo, de ascetismo absoluto. Sólo menciono que no parece suficiente el sólo poseer y utilizar, para construir una vida buena. De allí el valor de lo aparentemente "inútil".

(Pero a esta altura, deseo presentarles a una persona. Su nombre, José "Pepito" Valenti. Fue mi amigo durante casi cincuenta años y aún pervive en mis más gratos recuerdos. Prestigioso abogado, cultivaba una singular actividad que me acercaba mucho a él, ya que también fue mi hobby. Pepito, bajo el seudónimo de "Valentino", era mago. Sí, prestidigitador, ilusionista, o como quieran llamarlo. Vestido con una túnica bordada, tocado con un turbante y hablando raro para simular que era de Oriente —lugar desde donde, como sabrá el lector, provenimos los magos—), hasta actuó en televisión y llegó a entrar al programa de su amigo Raúl Granados, montado en un elefante que le había pedido prestado a un circo!

No es que hacía grandes trucos. Más bien se le descubrían. Pero era capaz de llegar al cumpleaños de un amigo y hacer magia toda la noche, y divertir a todo el mundo, y darle regalitos que compraba en sus viajes para esas ocasiones. Pepe hacía magia en todos lados. En los bares, a los de la mesa de al lado.

Y llevaba los bolsillos de sus atildados trajes de abogado repletos de “caramelos mágicos” que hacía “aparecer de las orejas” de algún niñito o de alguna dama, ante la mirada entre tierna y resignada, de su distinguida esposa la doctora Marita Rodriguez Gallo, con la que construyó una deliciosa familia.

Pepe andaba por la vida haciendo aparecer sonrisas y regalando bondad, cosas “inútiles” si las hay. Y nunca ganó un centavo con la magia. Lo hacía, nunca mejor dicho, por “amor al arte”. Y a los demás.

Debe haber habido un momento en la historia de la evolución de nuestra especie, en que un ser humano hizo “algo inútil”. Creamos herramientas útiles para hacer mejor las cosas. Inventamos el lenguaje para comunicarnos mejor. Pero alguna vez alguien se asombró ante la belleza de una flor y se la regaló a quien amaba y, además, la pintó en la pared de una caverna. ¿Para “atrapar” la belleza? Tal vez.

O se fascinó con el sonido del viento entre las hojas e inventó algo con qué recrearlo. Los primeros instrumentos musicales que conocemos, fueron flautas encontradas en Suabia, en la cueva de Hohle Fels, hechas con huesos de aves y marfil de mamuts hace unos 35.000 años. “La música es imprescindible para la humanidad. Enseña a reír y a llorar al mismo tiempo”, dice el maestro Daniel Barenboim.

Los humanos somos seres frágiles, conscientes de nuestra finitud. Pero nos imaginamos dueños de las estrellas y hasta pretendemos apropiarnos de ellas. O no es eso lo que intenta Vincent Van Gogh en la “inutilidad” de la pintura, cuando las captura en su “Noche estrellada”. ¡Son estrellas, lector! Quién puede dudarlo. Y dígame usted, ¿para qué sirven Las Meninas de Velázquez, cuya escena aún nos intriga? ¿Y el comisario Montalbano? ¿Y Aureliano Buendía? ¿Y el capitán Alatriste? ¿Y si nos damos, con Julio Verne, una vuelta al mundo en 80 días? ¿Y saludamos de paso al caballero de la triste figura, el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha?

Y el máximo Carlitos, que hacía que el cine Heraldo de mi infancia vibrase con las risas de los niños, ante “su galera, bigotito y un reloj siempre atrasado que lo hacía llegar tarde aunque viajase apurado”, como reza la canción de Pipo Pescador, otro “gran inútil”.

Y alguien dirá, mejor un meteorólogo que Las cuatro estaciones de Vivaldi... Mejor los dos, me atrevo a expresar con vehemencia, porque la justa proporción de ambos nos aleja de la selva, nos hace mejores seres humanos y nos da la oportunidad de ser más buenos.

Y “si es absolutamente necesario que el arte sirva para alguna cosa, yo diré” —afirma Eugene Ionesco— “que debe servir para enseñarle a la gente que hay actividades que no sirven para nada y que es indispensable que las haya”.

¿Y la ciencia? ¿Debe ser inevitablemente “útil”? Cuando los científicos hacen investigaciones sin un propósito explícito definido que genere tecnologías concretas y útiles, ¿pierden el tiempo? No sólo el de ellos, el de la humanidad toda, y dinero, afirman utilitaristas que abundan por cierto.

Alan Turing (1912-1954) fue un matemático, lógico, filósofo y biólogo teórico británico, que dedicó toda su vida al estudio de esas disciplinas. Como consecuencia de ello, y no porque lo hubiese buscado explícitamente, logró descifrar los códigos con los que los nazis pasaban sus comunicaciones durante la guerra y facilitó así el triunfo de los aliados, acortando la guerra y salvando cientos de miles de vidas (hay una magnifica e “inútil” película: Código Enigma). Si se le hubieran exigido a Turing logros inmediatos, no hubiese generado jamás tan extraordinaria hazaña. Se lo considera además el “padre de la moderna ciencia informática”.

Por ser homosexual fue acosado y acusado, lo que lo empujó al suicidio, que consumó mordiendo una manzana envenenada. Steve Jobs, en homenaje a tan digno maestro, convirtió la manzana mordida en el logo de su prestigiosa empresa tecnológica. La humanidad suele no tratar muy bien a sus mejores personas. “Eppur si muove” (y sin embargo se mueve) dijo Galileo Galilei frente a la “santa” Inquisición.

Digamos también que, no pocas veces, los grandes científicos son grandes humanistas a los que nunca se les ocurriría oponer las “ciencias duras” (como la química o la física) con los “saberes blandos” como la filosofía o la sociología. Esta oposición es una falacia utilitarista muy en boga, que arrasa con la formación humanística imprescindible en nuestros jóvenes, por ejemplo. Se alzan voces reclamando una agenda de formación seria en ciencias y tecnologías en las currículas escolares. Y ¿quién puede oponerse a ello? Pero convendría ampliar la agenda, a la enseñanza seria de una formación humanística que incluya filosofía, antropología, sociología, arte, comprensión psicológica. Esto no debe confundirse por supuesto, con ninguna forma de adoctrinamiento.

Me temo que estas reflexiones crearán polémica, por eso necesito refugiarme para apoyar estos débiles balbuceos en la contundencia de la poesía ya que como afirma el poeta romántico alemán F. Hölderlin (1770-1843): “Lo que permanece lo fundan los poetas”.

Entonces, la belleza del decir de Jorge Luis Borges (que como ya sabemos, solía perder su tiempo improductivamente conversando en La Biela con su amigo Bioy Casares). Ahí va, su poema denominado Los justos:

“Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.

El que agradece que en la tierra haya música.

El que descubre con placer una etimología.

Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.

El ceramista que premedita un color y una forma.

El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.

Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.

El que acaricia a un animal dormido.

El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.

El que agradece que en la tierra haya Stevenson.

El que prefiere que los otros tengan razón.

Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo”.

Jorge Luis Borges (La cifra, 1981)

(Cuando mi amigo Pepe estaba preparando su cumpleaños número 93, y planeaba volver a ser presidente de la Peña Mágica Rosarina, una dura y súbita enfermedad lo invadió. Recuerdo que fui a visitarlo a terapia intensiva y le llevé unos “truquitos de magia”, imaginando cuánto le gustaría hacérselos a las enfermeras. Pero ya estaba muy débil. Entonces yo le hice magia a él con ese pañuelito rojo propio de los magos. Y me despedí. Fue la última vez que vi a Pepe. Se quedó con el pañuelito rojo, es decir la magia, entre sus manos y me regaló su eterna sonrisa de niño travieso).

Inutilidades, lectora/lector, inutilidades…

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