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"El que niega la muerte le escapa a la vida"

Carla Calvi, tanatóloga, dará un curso en Rosario para profesionales de la salud que quieran empezar a desarrollar esta disciplina que ayuda a transitar los duelos de una manera saludable y que acompaña a personas con enfermedades graves a encontrar alivio y respuestas

Domingo 05 de Mayo de 2019

Enfrentar la muerte de un ser querido y finalmente recordarlo con amor y alegría. Dejar de temer exageradamente el final de la propia existencia. Atravesar un duelo sin desintegrarse anímicamente. Recorrer los caminos de las pérdidas sin sentir que el mundo se termina. Pasar por todas las instancias de una enfermedad grave sin desesperarse. ¿Es posible? La tanatóloga Carla Calvi dice que sí. Y más también: que la muerte viene a enseñarnos el valor de la vida. Que los miedos, hasta los más terribles, pueden transitarse de otro modo.

A partir del 10 de mayo, Calvi dictará un curso para profesionales de la salud que quieran acercarse a la tanatología. En esta charla, repasa sus propias experiencias cercanas a la muerte y la enfermedad. Y revela que hay buenas maneras de "acariciar" el dolor.

— ¿Qué es la tanatología?

— Una disciplina científica que se encarga de encontrar el sentido al proceso de la muerte, sus ritos y significado, concebido como disciplina profesional, que integra a la persona como un ser biológico, psicológico, social y espiritual para vivir en plenitud y buscar su transcendencia. Es necesario tener conocimientos en salud y estudios de grado, tecnicatura o terciario (médicos, enfermeras, psicólogos clínicos o sociales, terapeutas, couselors, psiquiatras). Cada área la estudia desde su perspectiva. Es una disciplina de ayuda profesional en la que la persona es vista desde un enfoque holístico, con capacidad de vivir con plenitud. Se busca dar ayuda profesional al paciente en situación terminal, a sus familiares, amigos y a personas que han sufrido pérdidas significativas en su vida. Ayudar a crear en las personas sistemas de creencias propios sobre la vida y la muerte, no como una fantasía o castigo sino como la aceptación de la muerte como un proceso natural.

— ¿Cuáles son las áreas de trabajo más habituales de un tanatólogo?

— Trabajamos en consultorio y grupos de apoyo. En Europa o en Estados Unidos los hospitales cuentan con una guardia permanente de tanatología a disposición de todos los pacientes y familiares. Lamentablemente eso en nuestro país no sucede. La presencia de un tanatólogo es siempre necesaria donde la muerte, las tragedias o las enfermedades están al acecho. Lo importante es que ante una catástrofe o accidente de tránsito donde hay sobrevivientes y más aún si son niños o adolescentes, haya personal formado en este área, que sepa orientar, contener, comunicar y fundamentalmente acompañar a esas personas evitando más trauma en el trauma. No somos conscientes de lo relevante que son los primeros momentos al contactar con la pérdida. Las "formas" con las que nos comunican fallecimientos o muertes de seres queridos son clave. Lo veo permanentemente en el consultorio: muchas veces, antes de empezar a trabajar el duelo en sí, pasamos un tiempo largo hablando acerca del modo en el que se enteraron de la noticia, o el trato poco humano ante esas situaciones que recibieron Y lo cierto es que socialmente lo podemos evitar, justamente, formando a profesionales en tanatología.

— ¿Qué experiencias hay en la Argentina?

— Pocas, ya que para poder formarte en tanatología hay que hacerlo en el exterior. En la Argentina somos muy pocos los que abordamos el aspecto clínico. En mi caso, represento en el país a la Sociedad Española e Internacional de Tanatología y sólo superviso a tres tanatólogos clínicos en el país. Esta es la razón por la cual intento que la disciplina sea más conocida acá.

— ¿Qué te impulsó a hacer este trabajo?

— La vida misma. Siempre fui muy curiosa, la muerte y todo lo que no se podía explicar o resolver con facilidad me atrapó desde muy chica. Me considero una buscadora incansable y el dolor me visitó muy pronto. Me indignaba que nadie se ocupara, y así crecí, buscando respuestas. Este trabajo es un privilegio para mí. Cada paciente me enseña, me despierta. Obviamente otras veces me cachetea: es maravilloso para mí verlos renacer, que vuelvan a sonreír, que aprendan a valorar de principio a fin la vida compartida de las personas que ya no están físicamente. Escucharlos decir "tengo un ladrillo en el pecho" y después de atreverse a transitar el duelo, observarlos llegar a ese día en el que con los ojos brillosos me dicen "siento paz, y esa inmensa gratitud" es muy fuerte. Es algo permanente sentirme tan pequeña en el universo y acercarme, cada día de mi vida, en los que cierro la puerta del consultorio a la inmensidad de la vida.

— ¿En qué áreas específicas desarrollás tu tarea?

— Empecé trabajando en el acompañamiento a morir a niños y adolescentes. Con el paso del tiempo descubrí que los hermanos en duelo eran los menos atendidos en este proceso, y las familias ¡ni hablar! Fue entonces cuando me dediqué de lleno a la clínica familiar, y el acompañamiento al final de la vida de niños y adolescentes. Después de 18 años de trabajo me ocupo en clínica de personas y familias en duelo, grupos de apoyos terapéuticos y charlas informativas (ya que hay mucha desinformación en nuestra sociedad sobre el abordaje del duelo). Hago asesoramiento en empresas funerarias que cumplen un rol súper importante para las familias en duelo ya que es el primer encuentro directo con la muerte de alguien amado y es fundamental que sea lo más saludable posible. Yo siempre digo: la información muchas veces sana y otras previene. Y el nuevo desafío este año es la formación para profesionales de la salud, para poder todos juntos brindar mayor bienestar a las personas en estos momentos tan dolorosos y difíciles de afrontar. La verdad es que sueño con que todos los profesionales sepamos qué hacer, qué no hacer, qué decir y qué no ante la muerte.

— Estás dedicada en gran parte a tramitar los duelos ante la muerte de familiares: ¿Qué lográs aportar desde tus conocimientos?

— Mi trabajo lleva realidad, sensibilidad, empatía y lo más importante: herramientas para afrontar lo más temido por los seres humanos que son las frustraciones, los finales, la muerte. Sin embargo el principal objetivo es desmitificar a la muerte y el morir, aprendiendo a convivir con esto. Personalmente, como mamá, me tocó vivir la difícil experiencia de tener a mi hija al borde de la muerte, sin diagnóstico claro, con tratamientos invasivos por mucho tiempo. Ella era una niña de 5 años y lo afronté sola. Pude hacerlo con las herramientas con las que contaba. Mi hija aún en ese momento pudo jugar, entender lo que le pasaba, llorar si lo necesitaba, pudo seguir siendo niña y no transformarse en la cuidadora del dolor de los adultos, algo que suele pasar mucho con los niños, lo que les quita la inocencia, que es tan valiosa y necesaria en la niñez. Yo pude ser la madre que ella necesitaba, la que se asustaba, se rompía, pero sin dudar estaba ahí para su hija sabiendo que ésa era su experiencia y que yo sólo podía hacer que sea lo menos pesada, dolorosa y traumática posible. Ella supo siempre la verdad, obviamente una verdad que una niña de 5 años puede entender. Eso le dio confianza en los adultos de los que constantemente estaba rodeada: médicos, enfermeras, psicólogos, así todo fue más saludable. Más adelante muere el abuelo de mi hijo menor —que en ese momento tenía 8 años— y lo acompañé en todo el proceso, se despidió de su abuelo minutos antes de morir (lo retiré del colegio para que llegara a despedirlo). Después, antes de abrir al público la sala velatoria, le mostré el cuerpo de su abuelo, un abuelo con el que eran muy compinches y le expliqué claramente y sin mentiras lo que sucedía con las personas al morir. ¡Es tan importante que los niños a esa edad puedan confiar en los adultos y no estimular cosas que luego generan síntomas y que son absolutamente evitables! Mi hijo compartió el velorio, llevó el cajón, lo volvió a despedir, lo lloró, lo extrañó, se enojó todo lo que necesitó hasta comprender que la muerte era realmente irreversible. Y así no desarrolló miedos, ni fantasías que lo angustiaran. Hizo lo que se llama un duelo saludable para un niño.

— ¿Por qué le tenemos tanto miedo a la muerte?

— Porque nos pone de frente a la realidad, y esa realidad es que llega un momento en el que dejamos de existir físicamente. La muerte nos dice: todo se acaba, se termina. Vivimos para experimentar sin saber en realidad cuánto tiempo, pero saber eso no nos gusta, nos da inseguridad, preferimos crecer "engañados" imaginando, mágicamente, que la muerte está lejos. Y no es cierto: la muerte está todo el tiempo pero nadie quiere escucharla. La muerte está cuando me esfuerzo mucho para conseguir algo que quiero y no lo logro, en la frustración, en la desilusión, en las expectativas, en cada día que pasa y que no vuelve más. Está en el beso que dejamos pasar, el te quiero que no dijimos. En nuestro cuerpo todo el tiempo muere algo: células, piel... ¿Pero qué hacemos? elegimos no ver porque duele y nadie nos enseña qué hacer sanamente con el dolor. No soportamos las lágrimas de nuestros hijos, entonces elegimos enseñarles a guardarlas, a ocultar, y reprimir el dolor, el famoso "acá no pasó nada". Estoy convencida de que debemos relacionarnos de otra manera con la muerte. Y desde ya que el primer lugar es el hogar, dándole espacio a lo que no nos gusta ver. Creo mucho en escuchar, en enseñarles a nuestros niños a expresar el dolor y la frustración. Ese es el primer paso. También es importante comprender que nacer implica morir, que vivimos en un permanente ahora, entender que morir es nuestro destino final y que hay que dejar de querer escaparse de la muerte, porque lo único que logramos es escaparnos de la vida. Quien tiene tanto miedo a morir en realidad no se anima a vivir por miedo a perder. Pero, ¿perder qué? Lo verdaderamente importante de la vida no se pierde, no se muere, no se gasta. Y esas son las experiencias, los sentimientos generados tanto en nosotros como en otros. Cuando asumimos que somos finitos, la vida toma sentido, siempre digo: "Viví una vida que merezca ser recordada"

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