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"El cambio en la mentalidad de los próximos obstetras es inevitable"

Lo dice la partera Raquel Schallman, quien estuvo en Rosario brindando un curso a los residentes de obstetricia de los hospitales públicos. Una actividad organizada por la UNR que busca instaurar el parto respetado.

Domingo 27 de Mayo de 2018

El director de la escuela de graduados y de la carrera de posgrado en Ginecología y Obstetricia de la Universidad Nacional de Rosario afirma que es imprescindible generar un cambio en la mentalidad de los futuros médicos que asisten a una mujer en un parto. "Considero que es un buen momento para capacitar y sensibilizar a los alumnos en todo lo referido al parto humanizado. Tenemos que disminuir el número de intervenciones innecesarias y bajar la cantidad de cesáreas en el ámbito público y en el privado", enfatiza Eduardo Elizalde.

A su lado asienten Gustavo Baccifava, jefe del servicio de Obstetricia y Ginecología del Hospital Roque Sáenz Peña ―también a cargo de la maternidad de dicho nosocomio―y Raquel Schallman, partera egresada de la Universidad de Buenos Aires, autora del libro Parir en libertad y una estudiosa de años del parto respetado y seguro. La mujer es la encargada de dictar el primer curso para residentes de obstetricia de los hospitales públicos rosarinos que tiene como meta repensar el proceso del embarazo, el parto y el nacimiento con una mirada sensible, humana, respetuosa de los derechos de la mujer y el niño y centrada en las necesidades reales de la parturienta.
En una charla con Más, Elizalde profundizó los motivos por los cuales propuso esta novedad en la carrera: "Queremos que el médico no sólo entienda qué está haciendo cuando está frente a una mujer embarazada o durante el trabajo de parto, sino que sienta que está participando de un proceso trascendente. Muchas veces los médicos se apegan a las normas y dejan de lado lo emocional, lo propio y lo que tiene que ver con la persona a la que están asistiendo. Traerla a Raquel a nuestra facultad tiene que ver con ese objetivo, con ese deseo. El impacto que está teniendo hacia el interior de la formación del equipo de salud es muy importante. Nosotros incorporamos claramente el concepto de equipo".
Cuando Elizalde habla de equipo suma en el grupo a la partera, una figura que casi no existe en nuestro medio (sí tienen más campo de acción en Buenos Aires) y que prácticamente dejaron de trabajar cuando durante la dictadura militar se cerró la carrera en Rosario, como en otros lugares del país. La diferencia es que acá jamás reabrió. Hace poco, una facultad privada santafesina habilitó la licenciatura en obstetricia en la ciudad, a la que asisten unas cinco mujeres. Pero en el ámbito universitario público no hay formación al respecto.
"Cuando hace muchos años hice la residencia en el hospital Centenario no tenía ni idea de lo que hacía una partera ―relata Elizalde.― Después sucedió que trabajé en un sanatorio vinculado a una obra social que trabajaba con obstétricas y tuvimos que aprender a trabajar juntos. Fue una buena experiencia".
El director de la escuela de graduados dice que se alumbra un nuevo paradigma. Y que la facultad no puede quedar al margen. "Cómo siente la mujer, cómo es tratada, cómo es escuchada y tocada durante el trabajo de parto tiene enormes implicancias. Tanto en la madre como en el bebé. Muchas veces los médicos obstetras, los neonatólogos no recordamos eso porque estamos demasiado ocupados en lo que se supone que debemos hacer. Volver al parto respetado con todo lo que implica es lo que buscamos".
Bajar el alto número de cesáreas que existe en la actualidad es el otro objetivo. Entre las prácticas invasivas innecesarias que se pueden hacer a una mujer que está por parir, la cirugía para que nazca un bebé está en le banquillo de los acusados, en el mundo entero. La Organización Mundial de la Salud ha hecho un llamado de atención y señalado, según numerosos estudios internacionales, que el porcentaje razonable de cesáreas no debe superar el 15% del total.
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El jefe del servicio de Obstetricia de la Maternidad del Hospital Roque Sáenz Peña opina al respecto: "En Rosario a nivel público estamos en un 30% de cesáreas. En el sector privado no hay cifras tan certeras pero no hay institución que tenga menos del 50% de cesáreas y en algunos establecimientos puede trepar al 70%. En 2016 se dieron 27 mil nacimientos en Rosario, tanto el ámbito público como en el privado (unos 11 mil nacimientos en el sector público y el resto a nivel privado).Y si tomamos como medida lo que propone la OMS estamos hablando de que en la ciudad se practican por año entre 7 mil u 8 mil operaciones de cirugía mayor innecesarias, porque la cesárea es eso: una cirugía mayor".
¿Por qué tantas intervenciones? "Los honorarios médicos directos son los mismos tanto en el parto vaginal como en la cesárea pero creo que entra en juego la comodidad del médico. Con la cesárea se pueden programar, por ejemplo, varios nacimientos en una misma mañana y a la tarde hacer consultorio, pero si asistís partos vaginales no tenés garantía del tiempo que te va a llevar estar pendiente de esa mujer. Aunque a veces los profesionales y las instituciones médicas presionan para esto, también es real que hay mujeres que lo piden, o porque el marido tiene que viajar por trabajo, porque tienen los 15 de la sobrina en tal fecha, y lo peor, porque creen que es más seguro y que así se liberan de correr riesgos. Lamentablemente en nuestra sociedad se instaló que el parto por cesárea es menos peligroso, una cosa sin sentido, porque es cierto que la cesárea es más segura cuando hay riesgos, pero siempre que todo transcurra con naturalidad y el parto pueda ser normal, es, lejos, lo mejor para la madre y el bebé", comenta Baccifava.
Más se detuvo a hablar con la partera Raquel Schallman sobre su tarea profesional y también sobre la actividad que vino a desarrollar a Rosario.
— ¿Cuándo inició su actividad?
—Tengo 76 años y llevo 50 años de partera. Un rol que hoy muchos desconocen. Pero históricamente las mujeres han parido con otra mujer al lado que se llamó matrona, comadrona, partera, y que al principio eran las abuelas, las tías, o la vecina, en definitiva aquella que tenía experiencia. Con los años, allá por 1940, se normatizó en nuestro país la carrera de partera, que consistía en una mujer que quería acompañar un parto, que tenía hecha la primaria y después hacía un curso de un año. Luego apareció la carrera de obstétrica. Cambiamos el nombre... y allí surgieron algunas confusiones porque partera es clarísimo pero obstétrica ya no es tan claro. La de obstétrica era una carrera terciaria. La carrera que yo hice tenía cuatro años de cursado. En Rosario la carrera se cerró con la dictadura y no se volvió a abrir. Después empezaron a surgir las licenciaturas en obstetricia en varios lugares del país, y a mi gusto, se entendió menos la función de estas mujeres. Lo más curioso es que comenzaron a dictarse dentro del sistema médico. Así que parteras como las de antes (se sonríe), con mi formación, quedamos muy pocas.
—¿Cuál es el rol central de la partera u obstétrica?
—Ante todo hay que decir que se trata de personas que tienen la preparación adecuada para asistir un parto. Podemos acompañar, supervisar, dar apoyo a la mujer y detectar cualquier problema para poder, en el caso de advertir algo patológico, convocar al médico. Y somos mujeres porque lo cierto es que, si bien hay algunos pocos varones que han hecho la licenciatura en obstetricia, las mujeres no tienen ganas de estar desnudas o semidesnudas al lado de un varón que las alivie, las acune, las materne. Ese es claramente el rol de la partera. Sostener, cuidar, supervisar, mirar que todo funcione...
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Elizalde, Schallman y Baccifava encabezan el proyecto de formación de la UNR.
Elizalde, Schallman y Baccifava encabezan el proyecto de formación de la UNR.
—¿La partera siempre acompaña al médico? ¿O esa es un área de conflicto?
—Es un área de conflicto,sí. Técnicamente una partera está habilitada para acompañar, asistir, resolver problemas básicos en un embarazo y parto normal y tiene que estar en condiciones de advertir problemas o patologías de las que se ocupará el médico. La medicina es el arte de curar, la partería no. Y el embarazo, y el parto, no son una enfermedad.
— En nuestro medio las mujeres no tienen mucha tendencia a pedir el acompañamiento de una partera...
—No mucho. Es que creo que hay un sistema hegemónico muy complicado. Donde, como le decía a Gustavo Baccifava hace un rato, cuando se den cuenta de que las mujeres todos los meses sangramos y nos duele nos van a meter en una clínica para tratarnos. El parto del que hablábamos al principio, el que acontecía en los hogares, fuera de las instituciones, formaba parte de la vida privada de la gente. Luego vinieron las maternidades porque, cuando aparecía una patología, ¿quién se hacía cargo? Después las maternidades ingresaron a los hospitales, es decir que se instalaron dentro de entidades para curar y sanar.
—Pero gracias a que el parto se institucionalizó bajaron los índices de mortalidad infantil y materna...
—Eso fue contundente en un principio, pero en tanto se mecanizó y medicalizó, tanto el embarazo como el parto las cifras volvieron a las que teníamos allá por 1930. Para mí hay una excesiva intervención, no sólo en la obstetricia. Es imprescindible revisar estas cosas que vienen dadas y así las tomamos.
—¿Qué lectura hace de la propuesta de la UNR?
—Esta idea que ya estamos implementando en la Facultad de Ciencias Médicas de Rosario es titánica, es muy valiosa, porque es como sacar el poder de un lado y pasarlo a otro. A mí se me convocó para trabajar con residentes, chicos que han terminado la facultad y que hicieron una carrera de medicina en donde muchos se olvidaron que estos jóvenes que ingresaron a la escuela de medicina básicamente querían hacer algo por otros. Hay que revalorizar la palabra amor, aunque suene cursi. Lo cierto es que de amor no se habla en toda la carrera. Las exigencias para el estudiante son muy altas. Y encima la sociedad los pone arriba de un pedestal.
—De todos modos la relación médico-paciente se viene revisando.
— Bueno, pero para que exista un cambio profundo lo primero que debe suceder es que quienes van a ser o son médicos se miren interiormente. En una sala de partos, por ejemplo, revolotean la vida y la muerte, esa sensación existe. Si vos no podés estar en esa sala de parto y darte cuenta de lo que estás sintiendo entrás en un modo caótico, de movimientos, corridas, o de silencios feos, si querés. La idea es trabajar con los residentes, y esta es una primera experiencia no resulta fácil, sobre todo para ellos. El hecho de preguntarles: ¿qué te pasa a vos en el momento del parto? Esa sola es una pregunta que cuando uno se las formula no pueden responderla fácilmente, quizá porque no se la plantearon nunca. No se miran ni miran al otro u otra desde el plano de lo emocional.
—¿Por qué cree usted que hay tantas cesáreas?
—El sistema intenta ordenar, prever. De eso se trata. Muchas veces el médico está esperando que llegue el anestesiólogo porque no ve la hora de hacer una cesárea. Se le pone eso en la cabeza y acciona. Y punto. No hay mucha comunión entre médico y mujer que va a parir. Y tienen que existir esa unión, entre lo que el profesional está sintiendo y la enorme vulnerabilidad y entrega que hay de parte de una mujer que está por parir. Está lo asistencial, que es muy importante, pero debe ser visto desde el sentir. Un gesto, una palabra dicha oportunamente pueden transformarlo todo. Para bien o para mal. Lo no dicho, el maltrato, el desdén, pueden convertir un proceso natural en uno patológico.
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—¿Los médicos aceptan trabajar en equipo con una obstétrica?
—Es que son roles diferentes. Históricamente una mujer necesitó de otra mujer para parir, que haya o no tenido hijos, pero que pueda vibrar en eso de lo femenino. Es así. Puede haber un médico que diga: yo soy muy comprensivo de lo femenino. Pero es un varón. Y ver parir una mujer rodeada de varones es por lo menos extraño. Es difícil ponerle palabras pero hay una cosa de lo energético que no circula allí. En lo personal trabajé con médicos, con neonatólogos. Y la mayoría, cuando funcionaba el equipo, agradecían nuestro rol. La partera está acompañando en forma permanente, la mujer hace con ella un vínculo, una conexión de confianza, sabe que si hay algún problema llamará al médico. Creo que para el profesional es una enorme tranquilidad que alguien se esté ocupando de todo eso. En tanto, para la partera es fundamental el respaldo médico. Yo conozco grupos de parteras que no quieren tener ese apoyo desde el sistema de salud, pero no estoy de acuerdo. Para mí el respaldo médico es muy importante. Aunque el porcentaje de complicaciones no es muy alto, cuando aparece se requiere la asistencia de un obstetra.
—Vivimos alejados del nacimiento y de la muerte (los velatorios hace décadas que se hacen fuera de los hogares).
—Se desnaturalizaron muchos procesos. Y por eso va a tardar esto en cambiar. Pero bueno, si vamos tirando semillas, aunque sea al aire, algo va a brotar. Pienso que alguien en otro lugar está tirando semillas y en otro lugar también, entonces, en algún momento se multiplica. Es una tarea gigante que en un punto nos excede a todos. Pero hay que pensar que los residentes de primer año, para el año que viene van a estar de otra manera. Si hay un grupo de residentes pensándose a sí mismos y pensando en el otro como un ser humano, como ser sintiente, esto va a dar un vuelco positivo. Creo que el cambio de mentalidad de las próximas generaciones de médicos obstetras es imprescindible, no se puede detener.
—Usted escribió un libro que aún tiene mucha actualidad, da charlas sobre parto libre, parto respetado, trabaja con grupos de parteras y capacita también a médicos, ¿es optimista entonces respecto al futuro?
—Parir en libertad es ese libro que mencionás y que escribí hace mucho, pero sigue circulando. Eso ya es un dato. Cada tanto hay mujeres que me escriben y me comentan: leí tu libro después de parir y ahora veo que no estaba loca, que eso que yo deseaba y quería no era una cosa de otro mundo. Eso me gratifica: que las mujeres reconozcan mucho más sus derechos, y como se dice ahora, se empoderen. Me refiero a recuperar el poder de elegir. Internet es una gran herramienta. Las mujeres arman redes donde no entramos ni las obstétricas, ni las parteras ni médicos. No nos dejan ingresar. Me parece perfecto, porque son espacios donde hablan libremente de todo lo que les pasa y sienten y a mí me parece genial. Esas son las cosas que me alientan...
—¿Cuál es su posición frente al parto domiciliario?
—En ocasiones se relaciona en forma directa el trabajo de las parteras y el parto en casa. Es más, el sistema médico las "acusa" de promoverlo.
— ¿Pero lo promueven las parteras o las mujeres?
—Eso es lo que tendrían que pensar (se sonríe). Los partos domiciliarios existieron como la única manera de parir hasta los años 40, 50. Después, como dije, nacer se convirtió en algo institucionalizado y hasta echaron a las parteras. Muchas mujeres se convencieron de que era más seguro parir en un hospital. Así el sistema se convirtió en una especie de garante. Al punto de que al parto en domicilio se lo ve hoy como una moda, seguida por unas pocas. Pero la moda es parir en una institución, eso es lo más nuevo porque no hace ni 100 años que esto sucede. Yo estoy de acuerdo con el parto en casa. He colaborado en partos domiciliarios durante 28 años con resultados excelentes. De todas maneras ―y si bien creo firmemente en nuestro trabajo de parteras― a mí me gusta que nos dejen hacer lo nuestro pero saber que si algo se complica está el respaldo médico.
—¿Qué es lo que más recuerda de su tarea como partera, en la experiencia del parto?
—Dejé el trabajo asistencial hace años. Pero jamás olvidaré que fue una época maravillosa. Mi tiempo allí, en el parto propiamente dicho, se terminó. Es que implica una entrega total hacia los tiempos y las necesidades de la mujer que va a parir y hay momentos de la vida para ello. Pero si miro atrás sólo tengo agradecimiento por haber podido ser testigo de tantas experiencias maravillosas. El nacimiento es lo más parecido a un milagro.


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