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De sulkys y golosinas

A poco del inicio de las clases, un texto que nos invita a reflexionar sobre el valor de la perseverancia y la paciencia a partir de una tierna anécdota teñida de recuerdos de la infancia, ese momento de la vida al que los adultos debemos proteger con sensibilidad e inteligencia.

Domingo 10 de Marzo de 2019

Los dos porteros, el de la mañana y el de la tarde, se llamaban Francisco. De manera que los chicos que íbamos a la Escuela Provincial Nº 321 "Joaquín V. González" de Franck, el pueblito santafesino donde transcurrió mi infancia, no corríamos riesgo de equivocar sus nombres. Y creo recordar que ambos usaban esos mamelucos azules algo desteñidos de los hombres trabajadores de aquellos tiempos y un sombrero de paja para protegerse del sol cuando lo barrían las hojas del otoño.

La escuelita era pequeña, cuatro aulas, sala de música, dirección con biblioteca (allí conocí a Emilio Salgari y sus corsarios), dos patios, uno de baldosas rojas y otro de tierra con hamacas y subibajas. Al lado, la casa donde vivía el Sr. Director y su familia.

El primer día de clases, la escuela se llenaba de guardapolvos crujientes de almidón (los lectores mayores entenderán esto) que llevábamos orgullosos tanto los alumnos como las impecables maestras que transmitían autoridad y ternura. Y ese día, para mí, los Franciscos hacían sonar más fuerte la campanita de bronce del patio, para que se escuchara hasta en los confines del pueblo.

La mayoría de los chicos vivíamos cerca de la escuela (el pueblo no tenía más que unas quince por ocho cuadras). Ibamos y volvíamos caminando. En mi caso, cruzando la plaza (única) y con otros compañeritos, ¡tomados de la mano!

Pero no todos llegaban de ese modo. En la calle de atrás de la escuela, bajo añosos árboles donde ataban sus riendas, estaban los sulkys de los "chicos del campo" (así le llamábamos), con sus pacientes caballos que aguardaban la salida de sus dueños.

Todos los días, con frío, calor, lluvia, sol, los "chicos del campo" llegaban a la escuela luego de recorrer varios kilómetros (o leguas, como se decía). En general, no los acompañaba ningún adulto, sus padres debían seguir con la dura tarea cotidiana.

Los alumnos más grandecitos manejaban las riendas. Los más pequeños se apretujaban en el asiento del sulky. Así llegaban. Así se iban. Y a veces sin sulky, arriba de un caballo con un cuero de oveja como montura.


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Hacia fines de los años sesenta, el psicólogo Walter Mischel, profesor de la Universidad de Columbia, Estados Unidos, inició una investigación que se extendió durante varios años y está muy bien reseñada en su libro "El test de la golosina" (Editorial Debate).

Se trató de un estudio sobre "gratificación atrasada" dirigido a medir la capacidad de espera en niños.

Se le ofrece a un chiquito en edad preescolar que elija entre la posibilidad de una gratificación inmediata, comerse una rica golosina, o esperar un tiempo y obtener así ¡dos golosinas! Gratificación doble.

El investigador deja sólo al niño, que es observado y filmado desde un espejo de visión unidireccional (cámara Gessell). En YouTube hay desopilantes videos sobre la reacción de los chicos y el esfuerzo que hacen algunos para aguantarse las ganas de comerse enseguida la golosina y así duplicarla, u otros, que se la engullen sin más.

De este modo los investigadores lograban distinguir dos grupos de niños: los que podían esperar y los que no podían hacerlo.

La experiencia inicial se realizó con las hijas del profesor Mischel y sus compañeritos de la escuela y fue replicada muchas veces.

En los años siguientes los participantes fueron monitoreados, evaluando aspectos de su desempeño en la vida.

"Lo notable es que el esfuerzo que hacían los niños pequeños", explica Mischel, en cuanto lograr esperar y el modo de aguantar o no la demora en la recompensa "servía para hacer importantes predicciones acerca de su vida futura. Cuanto más segundos esperaban a la edad de 4 ó 5 años, mayor era su puntuación en las pruebas de aptitud académica y mejor su funcionamiento social y cognitivo en la adolescencia".

Describe además que se observa en el grupo de "los que podían esperar" mejores niveles de salud y resistencia al estrés, durante el largo período de tiempo en que estos grupos fueron estudiados, aún en edades adultas.

¿Se trataba acaso de predisposiciones biológicas las que definían la tendencia o no a la impulsividad? El estudio demostró que no, que eran los procesos de aprendizaje, los estímulos, las dosis adecuadas de gratificación o de frustración que provenían de los padres sobre todo, los determinantes en la capacitación o no de los niños en el "arte de la espera".

Y se vio también que los niños que fueron ayudados a rectificar su tendencia a la impulsividad, mejoraban sus desempeños. Es decir, no estaban ante un "destino ineludible".

Mischel sostiene que todos poseemos lo que él denomina un "sistema caliente" ligado a la inmediatez de la expresión emocional, y un "sistema frío", centrado en el razonamiento. Y que los niños muy impulsivos tienen un predominio excesivo del "sistema caliente" y poco desarrollado el "sistema frío". Esto no habla de su inteligencia, que puede ser alta, inclusive, sino de la dificultad para comprender el valor de la espera, sea porque hay mejores recompensas en el futuro, porque es lo conveniente o, y esto es fundamental, porque es lo que corresponde.

Todos los niños tienden a querer "todo ya", pues es natural que su "sistema caliente" predomine en el inicio de su vida.

Quizás una forma de entender el proceso educativo, del cual, insisto, son los padres protagonistas fundamentales, es aludir a la larga y trabajosa tarea de enseñarles a posponer la demanda. Acción muy difícil además un tiempo como estos, de la sociedad de consumo, donde se confunde necesidad con deseo y el mensaje parece ser: "comete ya la "golosina, y si tenés ganas, cómprate muchas y comételas todas".

Dicho sea de paso, los adultos podemos revisar nuestros propios sistemas de control de impulsos. Muchos de los problemas en el área de la salud, como la obesidad, el alcoholismo, el consumo de sustancias, la adicción al juego o las compras están ligados a esta temática.

Como afirma el educador y filósofo español, José Antonio Marina: "Se trata de hacer pasar el impulso emocional por la aduana de la razón, aunque sea para retomarlo después", pero sabiendo lo que uno hace, por qué, y qué consecuencias tiene.


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Para los "chicos del campo" llegar a la escuela no era sencillo, pero lo hacían. He averiguado que un sulky desarrolla una velocidad no mayor de 7 a 8 km/hora, o sea que el viaje de ida o de vuelta demoraba alrededor de una hora.

A veces yo me subía al sulky de algún compañerito por un par de cuadras y era una aventura increíble. Pero para ellos no era un juego. La demora en llegar era inevitable y el viaje nada cómodo.

La decisión de los padres en el sentido en que sus hijos se instruyesen era un estímulo clave. Pero tengo para mí que la algarabía del recreo era una gratificación irresistible, como para todos los niños del mundo.

Es maravilloso ir a la escuela. En ella se aprende y se juega.

En el recreo nos divertíamos con la "popa", al "tochi" (así se le llamaba a la "escondidas" en mi pueblo) o nos hamacábamos fuerte hasta tocar, casi, el cielo con los pies. Y a veces, los Franciscos hasta nos dejaban tocar la campana.

Cuando nuestros niños hacen "berrinches" quejándose de "incomodidades de su comodidad" podemos contarles historias como estas u otras actuales, que las hay y muchas. Pero si insisten en el "empaque", vale alguna forma del "No", esa palabra que usada en dosis propicias, es "mágica". No teman. No se van a frustrar ni van a crecer con complejo alguno. Que para regalarles "golosinas" hay tiempo. Y una cosa no se opone a la otra. ¡Al contrario! ¡Son formas del amor!

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