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"Dale, pasame la nafta"

Todas las semanas renuevan sus intenciones mientras rezan y proponen una acción solidaria.

Domingo 27 de Marzo de 2016

Cada viernes el penal de máxima seguridad de San Miguel abre las puertas a gente de la calle que va a visitar a los presos. No son familiares ni conocidos pero tienen deseo de hacer algo por otros. La mayoría lleva facturas. Una chica carga una guitarra y un joven llega con su bombo.

Al ingresar al penal los oficiales ya los conocen. “Ustedes son del rugby”, les dicen cuando les abren las puertas porque ya saben que van al pabellón 8, que es el de Los Espartanos, el equipo de rugby de la cárcel.

Los internos hace rato que los esperan. Ese día preparan el lugar de manera especial. Ponen bancos de madera en ronda y en el medio colocan dos mesas de plástico donde llevan esculturas de la Virgen María, cuadritos y estampitas.

Como buenos anfitriones reciben a la gente aseados y vestidos con esmero. Para algunos esta es la única visita que reciben. El lugar está impecable. Muchos se acercan a la ronda con el termo y el mate en la mano. Así comienza el ritual donde se alterna la oración, los cantos y la catarsis.

“Dale, pasame la nafta” grita uno de ellos. Ante el pedido el que tenía entre sus manos una imagen de Cristo se la alcanza. Jesús es el combustible, su alimento, su energía, su compañero de cruz como le llaman.

El rezo empieza con unas palabras de un entrenador que como si estuviera en la cancha vocifera una arenga, en este caso con ribetes religiosos: “Jesús estuvo preso, cargó con la cruz y se cayó, pero ¿saben qué?: ¡se levantó! Eso nos puede pasar, nos podemos caer, pero no nos olvidemos. ¡Hay que levantarse! ¡No hay que quedarse tirados! ¡Jesús se levantó y nosotros también!...”.

Animados por esas palabras la ronda empieza cuando alguno se atreve a decir por qué quiere rezar: “Este año arranqué la universidad y cuando le conté a mi mamá lloró, pero de felicidad después de diez años”, comienza a decir uno de los internos con el rosario en la mano. “Quiero pedir por ella, y por todas las mujeres que vienen cargadas para traernos cosas. Nosotros estamos condenados por algo que hicimos mal, pero a veces no pensamos que nuestras familias sufren la misma condena. Te lo pedimos Señor”.

Se hace silencio... hasta que otro de los internos con la mirada baja, levanta la cabeza y dice dos nombres. Son los de sus hijos. “Pido por ellos y por los hijos de todos mis compañeros. Pido por la libertad de todos, para que se agilicen los procesos y pronto podamos salir”.

Se suceden las peticiones, los silencios hasta que uno de ellos se pone de pie y comienza “Padre Nuestro...”

Al finalizar el rosario, el viernes pasado, los jugadores quisieron hacer pública una decisión que tomaron en equipo. “Hace unos meses nos donaron un lavarropas automático pero lo vamos a regalar al comedor de Charly donde van muchos chicos a comer y sabemos que su esposa les lava la ropa, nosotros vamos a seguir haciéndolo a mano”. El aplauso cerrado mostró la satisfacción de todos.

Al terminar ese espacio de espiritualidad, que dura casi cuatro horas, todos se ponen de pie, se abrazan y cantan juntos el himno de Los Espartanos, con fuerza, como si estuvieran en la cancha. Imposible que no se erice la piel. Emerge una energía poderosa de unión, de lucha, de perseverancia. Y salen reconfortados todos: los internos, y mucho más los que vinieron de visita, que se llevan una experiencia fuerte, intensa, que permite derribar muchos de los prejuicios que subsisten fuera de la cárcel.

A Roma. Los comentarios sobre los cambios que estaba logrando en los presos este equipo de rugby llegaron a oídos del Papa Francisco, quien se comunicó con ellos y les mandó mensajes en varias oportunidades.

En una reunión con ex presidiarios, todos Espartanos, uno de ellos dijo en voz alta lo que se le cruzó por el corazón: "¡Si pudiéramos ir a verlo!". Y encendió una chispa de esperanza en el entrenador y sus colaboradores, que no dejaron escapar la idea.

Hablaron con empresarios, ex jugadores de rugby y juntaron el dinero para viajar. Así fue como el 29 de octubre el Papa Francisco recibió en Santa Marta a un grupo de más de 30 formado por ex presidiarios, el jefe del penal, uno de los guardiacárceles y los entrenadores. “Esto es integración —les dijo el Papa— porque todos se sienten iguales”. Aquello trascendió y llegó hasta el penal de San Miguel a través de una grabación con un mensaje que el Pontífice le mandó a los presos. “Los felicito, sigan adelante, la vida la construimos con nuestras decisiones, ¡no se arruguen!”, los alentó el Papa.

 

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