Plástica

Cacería en la sala

Alejandra Tavolini, especialista en irónicas criaturas de peluche, sorprende ahora con una mirada cruel sobre el universo animal. Como trasfondo, la sombra de la muerte inevitable.

Domingo 11 de Diciembre de 2016

En un poema envuelto en un clima de pesadilla, atroz, Henri Michaux cuenta que "un gran ladrón rapaz de plumas hinchadas contempla en el claro a la mujer arqueada sobre una cruz y a la que el terror sodomiza". Más adelante, ese mismo pájaro ávido "como todos los que tienen el pico tan largo, tan ganchudo", se dice a sí mismo: "Extraño, una mujer; extraño, ¡y cómo se parece a las tripas!".

La frase con la que culmina el poema es: "Se produce en el claro entonces un instante espantoso".

Ese mismo instante espantoso (un instant effrayant) o, para ser más preciso, "el momento previo" a ese instante, vale decir cuando la tragedia latente e irremediable aún no se ha desencadenado, es el tema de la muestra Ecosistema Tavolini (Memorias del invierno), que hasta el 18 de febrero de 2017 podrá visitarse en la galería Gabelich Contemporáneo, ubicada en los altos de Pueyrredón 611.

Alejandra Tavolini —su autora— es una artista plástica que ya ha demostrado excepcional talento para fingir ser una ingenua costurera, habilísima para fabricar animalitos de trapo, cuya ingenuidad se hará trizas cuando esas tiernas criaturas de peluche terminen ahogadas en formol, en un ritual paródico de las necrófilas prácticas de Damien Hirst, el famoso inglés que también preserva en formol, para luego venderlos a precio de oro, cadáveres de animales reales.

Desde aquella etapa —no tan lejana— en la que Alejandra, con sus "peluches a la Hirst" se proponía, desde la anonimia y la escasez de un país periférico como el nuestro, hacerle "pito catalán" al arte y al frívolo mercado artístico del gran mundo, el carácter corrosivo y crítico de su propuesta se ocultaba tras dos eficaces pantallas: la irreprochabilidad de lo lúdico infantil y la excelencia de una factura que, si bien se la mira, también se erige en otro sello de irreprochabilidad y de tranquilizadora cordura.

(Tavolini no improvisa, y su grado de compromiso con la confección material de su obra es tan relevante para ella, como la plataforma conceptual en que la sustenta).

Pero como acertadamente lo anota Roberto Echen, que conoce a fondo la producción de la artista y tuvo a su cargo la curaduría de la muestra, en este caso los ositos de peluche han devenido "lobos, rapaces y cuervos", y si bien se suma a la troupe un conejo, lo hace, "como corresponde, muerto".

La transmutación (o la evolución, "más extraña tal vez que la de Darwin", observa Echen con ironía), no es moco de pavo. A la galería de cadáveres de juguete flotando en un limbo de formol, aséptico, la ha sustituido ahora una manada de animales carniceros petrificados en medio del combate, y de aves rapaces petrificadas en pleno vuelo, que se disputan el trofeo de una liebre muerta. Y no suspendida en ningún filtro mágico que la perpetúe para siempre, sino muerta y a la intemperie, para que sirva de alimento a sus inclementes predadores.

La infinita metáfora del arte admite también infinitas interpretaciones. ¿Se tratará de una evolución más extraña que la de Darwin —pero a la postre darwiniana—, o será que los peluches de Alejandra, roto el estuche de cristal que los aislaba del mundo, por fin tomaron conciencia de la muerte, la única presencia que acompaña el devenir de todos los seres y de todas las cosas: de las liebres que corren vitales por el campo, y de las que yacen, exangües, en el interior de una galería de arte?

Estas bestias carniceras de Alejandra Tavolini, que enarcan los lomos, desafiantes, y abren las fauces con pasmoso realismo —¡sugestivo encuentro entre la afabilidad del peluche y la brutalidad del gesto!—, lucían quizá más convincentes cuando fueron presentadas en los galpones del CEC (Centro de Expresiones Contemporáneas), donde la amplitud del espacio —lóbrego— y la escasa iluminación subrayaban el dramatismo de la contienda.

En las impecables salas de Gabelich Contemporáneo tengo que hacerme a la idea de que a algún excéntrico príncipe renacentista se le ocurrió trasladar a sus habitaciones privadas una cruenta lucha por la supervivencia (o sus prolegómenos), aunque también debo admitir que la curiosa mixtura no deja de tener su encanto, y le aporta un tinte "surrealista" a la escena, ya de por sí oníricamente inquietante. ¡Civilización y barbarie, o civilización más civilización, o cacería en la sala!

(Ya dije que Tavolini no improvisa, y ahora digo que tampoco se mancha las manos con sangre: ni siquiera comete el desliz de pincharse un dedo cuando simula ser una laboriosa costurera).

Y tiene el buen criterio de saber detenerse a tiempo: en el caso de esta muestra, la película se congela justo antes de que sobrevenga la catástrofe.

Data

Ecosistema Tavolini (Memorias del invierno), de la artista plástica Alejandra Tavolini, en Gabelich Contemporáneo, Pueyrredón 611. Hasta el 18/02/17. Martes a viernes de 14 a 19 y sábados de 11 a 14.

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