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"A mayor formación, menos oportunidades", advierte un bioingeniero sin trabajo

Guillermo Dos Santos padece una discapacidad motriz y señala que en general, las personas con discapacidad que cuentan con un trabajo estable lo tienen en empresas de su propia familia.

Domingo 13 de Marzo de 2016

En un contexto nacional agitado por la inflación, los despidos y el reacomodamiento de políticas públicas, la falta de oportunidades laborales para las personas con discapacidad parece un “mal de muchos”. Pero este es un problema que viene de larga data, con un trasfondo sociocultural negativo y una raíz histórica adversa desde la concepción misma de la discapacidad, la cual tiene una fuerte relación con el sistema capitalista.

La vida de las personas que tenemos una discapacidad está condicionada, en mayor o menor medida, por el funcionamiento actual de nuestra sociedad.

Si bien se ha logrado avanzar en los últimos años respecto a nuestros derechos, aún queda mucho por hacer para que realmente se reconozcan y respeten. La apertura e inserción del mercado laboral sigue siendo un tema pendiente, tanto en el ámbito público como privado, en el cual no sólo es importante la cantidad de puestos ofrecidos sino también la calidad de los mismos.

Muchas veces se cubren los cupos laborales con cargos de baja responsabilidad, sin reconocimiento profesional y sin posibilidades de crecimiento. Cuanto mayor es la formación de la persona con discapacidad, menor es la disponibilidad de ofertas laborales acordes.

En general, las personas con discapacidad que cuentan con un trabajo estable lo tienen en empresas de su propia familia, en alguna de las escasas empresas con políticas integradoras o por el mínimo cumplimiento del cupo en el ámbito público. Las pocas personas que pueden insertarse en otros ámbitos lo logran gracias a una autoexigencia y autosuperación individual (lo cual erróneamente abona la concepción cultural del discapacitado con “capacidades especiales” o como superhéroe). El problema lo tienen aquellas personas que no cuentan con el apoyo familiar o con los contactos adecuados para acceder a los pocos cargos disponibles o aquellos que no pueden superar por sí solos las múltiples barreras impuestas en la sociedad. Las personas con discapacidad no somos ni “peores” ni “mejores” trabajadores, tenemos virtudes, defectos, emociones, costumbres y capacidades particulares (como cualquier persona, ¡es increíble que aún haya que aclararlo!). Tal vez necesitemos ciertas adecuaciones del ámbito de trabajo o una modificación en la forma en que debe realizarse, pero existen múltiples adaptaciones y disponemos de la inventiva argentina para dar solución a esas situaciones. No se requiere de un ingeniero de la Nasa para que una persona con discapacidad pueda trabajar, sólo se necesita decisión y voluntad del empleador (lamentablemente a veces es más fácil conseguir al ingeniero de la Nasa).

Faltan varias cosas: información y concientización social, educación general y formación profesional, optimización de políticas públicas y control de su cumplimiento, apoyo a proyectos institucionales y trabajos en red, aumento de incentivos personales y empresariales, mejoras de la accesibilidad edilicia, comunicacional y tecnológica, entre muchas otras. Pero como sociedad también contamos con un enorme potencial laboral y profesional de muchas personas que, con una paciencia casi ilimitada, aguardamos que nos den una oportunidad para seguir poniendo a prueba nuestra capacidad.

(*) El autor de esta columna padece una discapacidad motriz.

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