El pasado domingo en nuestro país se han desarrollado elecciones legislativas, momento crucial en que la voluntad certera del pueblo evalúa desempeños y traza orientaciones. En un singularísimo contexto de trauma civilizatorio se pronosticaban apatía o iracundia, pero sin embargo hubo una muy buena concurrencia en términos relativos. El anunciado voto bronca fue sistémico, pacífico, un sereno llamado de atención luego de dos años durísimos marcados por la peor pandemia que conoció la modernidad.
En los comicios de medio término se juzga básicamente a los oficialismos de turno, y en este caso el balance de la sociedad ha dado a las claras negativo. Acumulación de pesares que incluyó niños sin poder concurrir a la escuela, muertos que no pudieron ser velados o negocios que debieron cerrar sus puertas.
El resultado puede resultar ingrato, pero no fue inesperado, insólito ni irracional. Es el dictamen concluyente que han padecido casi todos los oficialismos del mundo, asediados por un fenómeno entre abrumador y desconocido, frente al cual el menú de las respuestas presupuestarias y administrativas es estructuralmente limitado. Hay una dimensión trágica en esta elección, si entendemos por tragedia una dinámica dañosa de lo inexorable. Como sabemos, la política y la tragedia conviven en estado de cortocircuito. La primera trabaja con soluciones, la segunda recuerda los obstáculos insalvables para obtenerlas.
La pregunta clave aquí era: ¿la conciencia social mayoritaria responsabilizará a los gobiernos por estas penurias o valorizará sus esfuerzos para atenuarlas? Ocurrió lo primero y esto era entre esperable y entendible.
Luego de cuatro años de muy mal gobierno de Mauricio Macri, la gestión de Alberto Fernández hizo mucho para enfrentar este fenómeno desafiante y abrumador pero no lo suficiente, en un escenario de dramatismo social del cual no hay antecedentes.
Hubo sin dudas errores propios de la gestión, centralmente una política antinflacionaria ineficaz y una política de ingresos timorata. Hasta aquí los salarios no le están ganando a la inflación. En este marco, hubo además descuidos éticos imperdonables, como vacunados que no esperaron su turno o el cumpleaños indebido de la pareja del presidente. En esa misma dirección, haber malgastado energías simbólicas y legislativas en temas no prioritarios en esta circunstancia, como la Reforma Judicial, no fue una buena señal para una sociedad angustiada.
El descontento acumulado se expresa a través de lo que oferta el sistema político realmente existente, y ya hace tiempo está claro que en la Argentina hay una opción consistente de centroderecha que oscila entre el 35 y el 40% de los votos. Pero cuidado con ideologizar en demasía el diagnóstico, pues si bien emergió una derecha libertaria también creció significativamente la izquierda trotskista.
El Frente de Todos debe respetar el voto del pueblo, explorar en sus núcleos de verdad y no autoflagelarse. Retomar el compromiso electoral asumido en 2019 y avanzar con mayor contundencia en un proceso soberano de desarrollo económico con inclusión social. Revertir en dos meses un ánimo social adverso es dificultoso, pero se puede mejorar el desempeño, conservar una aceptable situación legislativa y dar batalla con chances en 2023.
Sin embargo, lo visto en las horas posteriores al veredicto electoral no deja de ser inquietante, detectada la tensión que se ha generado al interior de la coalición gobernante. Resurge por cierto un clásico en los terrenos de la política, establecer la exacta pertinencia de un debate interno frente a un horizonte de tempestades. Esas controversias pueden ser saludables, pero los ámbitos, los modos y los tiempos deben evitar el clima de zozobra tanto en la fuerza propia como en la ciudadanía en general. Los intercambios polémicos pueden no ser herméticos, pero de ninguna manera deben convertirse en autodestructivos. Se ha estado en estas horas al borde de lo segundo.
La arquitectura política del Frente de Todos es una rareza a esta altura ya archisabida. Un presidente que encabeza con todas sus incumbencias el Poder Ejecutivo y una vicepresidenta que secunda aunque portando adhesiones de una densidad simbólica y emocional muy potente. Hay que hacerse cargo en estas horas de las riquezas y las complejidades de ese vínculo, en un punto de equilibrio que vigorice la autoridad del presidente y contenga a su vez los matices ideológicos del Frente.
Por lo demás, bajo la etiqueta protocolar del cambio de gabinete (fetiche de todo proyecto magullado por las urnas, a veces recomendable, a veces superfluo) se recubre el atendible debate sobre la futura orientación de la política económica. Conviene aquí no exacerbar impropiamente las diferencias. Ni Martín Guzmán es un ortodoxo fiscalista insensible socialmente, ni los instrumentos a la mano para avanzar en transformaciones más profundas son abundantes.
Al presidente le ha faltado audacia en este rubro. Está en sus manos repararlo. La alternativa entre moderar o radicalizar es un enfoque mal planteado. Lo deseable es mejorar la calidad de vida de los sectores más humildes con medidas con un mayor grado de osadía que las que se han tomado hasta aquí. La condición primera, no obstante, es política. Autocrítica, serenidad, sensatez, cohesión.
Teorizando con sofisticación sobre el Arte de Conducir, Perón entrega precisos conceptos. Rescatemos apenas dos. “La conducción es un todo de ejecución” y “El conductor es un constructor de éxitos”. Sabio mensaje para Alberto y Cristina. Resuelvan el problema, no nos trasladen sus aceptables discrepancias. Se trata de eso. Confiemos en que así ocurra.
(*) Profesor de Filosofía de la UNR