Pasión. Pura pasión. Eso era Mauricio Maronna. Era el más leproso, el más melómano, el más periodista. Inteligente y divertido. Ocurrente como pocos. Escribía como los dioses. Sabía cómo conseguir la primicia. Sufría si no la tenía.

Marcelo Bustamante
Libros, libros y más libros. La literatura, una de las grandes pasiones de Mauricio Maronna.
Pasión. Pura pasión. Eso era Mauricio Maronna. Era el más leproso, el más melómano, el más periodista. Inteligente y divertido. Ocurrente como pocos. Escribía como los dioses. Sabía cómo conseguir la primicia. Sufría si no la tenía.
Era, además, un gran amigo. Se había casado joven y nos abría la puerta de su casa y de su familia a los que, durante los primeros años en este diario, andábamos algo más solos. “Venite a comer unos chorizos que traje de Teodelina”, invitaba. Y hacia allí íbamos.
Lo conocí antes de entrar al diario, en Radio 2. Se armó allí un grupo de amigos que parecía irrompible: Mauricio, Alejandro Cachari, Patricia Dibert, Osvaldo Bazán. Desde entonces comenzamos a compartir no solo trabajo: Newell’s, Spinetta y el sueño de ganarnos la vida como periodistas. También la militancia en el Partido Intransigente de Oscar Alende.
En La Capital trabajamos codo a codo durante muchos años. Los domingos la seguíamos en alguna parrilla primero y en la cancha después. Festejamos campeonatos: el del 88 con Yudica, los de Bielsa, a quien amaba.
Una noche que él estaba de franco y yo en el diario me llamó desde un teléfono público para convocarme al restaurante Rocío, que quedaba en 27 de Febrero y Sarmiento. “Venite que estamos en una mesa con el Loco”, me dijo. Terminé lo más rápido que pude y fui para allá. Bielsa estaba en la punta de una mesa de unas 20 personas, leprosos que buscaban su respaldo para armar una agrupación política que le diera batalla al entonces presidente Eduardo López.
Mauricio, que me guardó un lugar a su lado, estaba en la otra punta del Loco, que no sacaba la vista del plato, ajeno a todo lo que ocurría alrededor. "Me hiciste venir para ver a un tipo comer", lo chicanié. "Se hace el boludo pero escucha y toma nota de todo", me respondió el Gordo, absolutamente fascinado por Marcelo.
Maronna sabía descifrar a las personas. Acaso por eso conseguía que sus entrevistas tuvieran, siempre, títulos impactantes. Nunca le sacaba el cuerpo a una nota y mucho menos le bajaba el precio. Si era necesario iba por el costado, pero siempre iba. Así, se ganó el respeto de colegas y fuentes. No solo de Rosario, de todo el país.
En el 98, cuando me fui de La Capital al diario El Ciudadano, intentó convencerme para que me quedara a pesar de que justamente mi salida le iba a permitir ser jefe de la sección Política.
Mi último día de trabajo en aquella etapa del decano fue un sábado. El se había ido a Olivos a hacerle una entrevista al entonces presidente Carlos Menem. Cuando terminó de mandar el material y cerramos la edición, me llamó una vez más, hizo el enésimo intento por convencerme para que me quedara.
A partir de entonces empezamos a compartir y competir. Una experiencia nueva para ambos. Una tarde le fui a hacer una entrevista a Horacio Usandizaga y, para mi sorpresa, cuando llegué salió él. Me enojé con Diego Sueiras, el entonces secretario del Vasco: “Te pedí una exclusiva, pero le das la nota también a La Capital”, le reproché. “Pero si vos y Mauricio son socios”, me contestó pícaro.
Con el paso del tiempo dejamos de vernos, más allá de algún cruce esporádico. Cuando el año pasado volví a trabajar a La Capital, se puso contento, eso me transmitió. La pandemia no nos permitió compartir tiempo en la Redacción, pues él era persona de riesgo y trabajaba remoto, pero la comunicación se renovó y también la amistad. Yo esperaba que él pudiera volver presencial, para poder disfrutar de la conversación, de su inteligencia y de su humor en vivo y en directo.
No pudo ser. Al menos hablé ayer por teléfono. Desbordaba de alegría después de la presentación de su libro Perro Negro, que es casi un resumen de su vida. Plagada de aventuras, de sensibilidad, de amor, de humor, de música, de literatura, de política.
Se fue un tipo culto y noble. Un verdadero referente del periodismo. Que no se callaba nada, aunque no coincidiera con quien tenía enfrente. Para mí también se fue un amigo de siempre, parte de la gran familia elegida. Un socio, como dijo Sueiras aquel día en el estudio del Vasco Usandizaga. Abrazo leproso, querido Mauricio.


