La ciudad

Los ciegos que atienden los quioscos en dependencias estatales

Una ley nacional les otorga esos espacios. Estuvieron en muchos edificios y hoy quedó un grupo reducido. Relatos llenos de historias

Domingo 01 de Julio de 2018

Desde la década de 1940, y de manera sostenida, el Estado dispuso mediante una serie de decretos, leyes y modificaciones a la normativa que protege a las personas con discapacidad, y en aras de incluirlas laboralmente, otorgarles un lugar físico para la instalación de quioscos en dependencias públicas y organismos descentralizados a nivel nacional, provincial y municipal.

   La letra chica de la norma indica que la prioridad para ocupar esos quioscos es para los ciegos y disminuidos visuales. Quien haya prestado atención ha podido notar, en algunos edificios públicos de Rosario, la presencia de estos comercios a cargo de una persona acompañada de sus gafas negras o su bastón blanco. Si bien muchos encargados fallecieron o se retiraron, hubo puestos de venta en el Correo Central, Iapos, Pami, Banco de Santa Fe, Banco Hipotecario, Banco Nación, Afip, Tribunales provinciales, el hospital Roque Saénz Peña y la delegación local del Ministerio de Educación, entre otros. Fueron muchos, pero hoy queda un grupo reducido. Esta es la historia de algunos de los que aún permanecen.

Voluntad    

Andrés Hernández (62) tiene su puesto de venta hace más de 30 años. Hoy está en la sucursal de la Administración Federal de Ingresos Públicos (Afip) de Alvear 149. Andrés nació en Goya, provincia de Corrientes, ciego de un ojo. Por falta de tratamiento, a los 16 había perdido la visión de ambos.

   "Vine a Rosario, donde mi hermana trabajaba cama adentro como empleada doméstica, con la promesa de que su patrona trajera un médico de Buenos Aires que me haga recuperar la visión. El hombre nunca vino, y yo me quedé totalmente ciego ya sin vuelta atrás", cuenta con tristeza.

   A los 23 se acercó a la Sociedad Pro Cultura del Ciego (hoy Movimiento de Unidad de Ciegos y Ambliopes de Rosario), donde conoció a otras personas con su misma discapacidad que sin embargo trabajaban. "Si ellos pueden hacerlo, yo también voy a poder", asegura que pensó. Así comenzó a acompañar a otro no vidente a un puesto en el Pami I de calle Sarmiento, que pertenecía a la asociación de ciegos. En un mes aprendió todo.

   Para el año 1985 ya atendía su propio quiosco, solo, en el Banco Hipotecario. En 1992, pos privatización de la entidad, se mudó a la ex Dirección General de Impuestos (DGI), hoy Afip. En el medio estuvo dos años a la deriva: "Fue durísimo, porque siempre estuve solo", recuerda Hernández, al que no le quedó familia cercana. "Si no vengo acá me quedo encerrado en mi casa, prefiero estar con la gente", afirma el hombre, que habla bajo y sin apuro, pero con una voluntad implacable que le permite viajar todos los días, sin compañía, durante una hora desde Fray Luis Beltrán para vender galletitas y golosinas.

   Su tarea depende en gran parte de la buena voluntad de las personas. "Una vecina me ayuda a hacer las compras, aunque a veces voy yo mismo", indica. Pero en el quiosco esto es fundamental: "Los billetes ya no tienen marcas, así que confío en lo que la gente me dice que me da, sólo con las monedas puedo saber con el tacto cuál es cuál". Un empleado cuenta, sin que Andrés escuche, que muchas veces juntaron plata para pagarle al cigarrero porque al quioskero no le alcanzaba. Después se iban descontando el dinero prestado sacando atados.

   Fernández revela que, a pesar de que sabe dónde está cada producto, casi siempre deja que los clientes se sirvan solos para evitar confusiones. "Muchas personas me compran para ayudarme. A mí me hace sentir más digno que pedir. Y si bien muchos me dejan el vuelto a modo de colaboración, yo vendo al mismo precio que cualquier negocio. Si compro a 10, vendo a 13", admite.

El piloto    

Con 75 años, Roberto "Beto" Zavallo sigue al frente de un negocio en la regional VI del Ministerio de Educación de la provincia. Nació en la ciudad de Corrientes pero a los 5 años se mudó a Rosario. Antes de perder la visión, piloteaba aviones. "Mi viejo era jefe de la Estación Metereológica de Fisherton, mi mamá era pronosticadora. Así que yo a los 17 años entré a trabajar ahí y con ese dinero me fui pagando el curso para ser piloto", rememora. A los 25 ya era comercial.

   Pero a los 32 años llegó su hora fatal: "Fui a arreglar un problema matrimonial de mi hermana, mi cuñado le había pegado y lo fui a buscar. El tipo me tiró un tiro con la escopeta en la zona del cuello y la cara y quedé ciego. Me cortó las alas". Ahí comenzó su segunda vida: "Fui a la escuela Luis Braille (España 528) y me rehabilité, fui alumno y terminé siendo profesor, incluso llegué a ser director", detalla con orgullo.

También lo salvó el deporte: "Yo había jugado al fútbol, vóley, básquet. Competía en natación, y eso lo seguí haciendo. De hecho fui el primer nadador ciego de aguas abiertas en el mundo. Incluso corrí maratones", cuenta. Fue parte del equipo argentino de deportistas ciegos y ganó medallas panamericanas. Hoy sigue nadando todos los días de 2000 a 3000 metros por día y aún compite en categorías mayores junto a nadadores con visión.    Divorciado y con tres hijos, en la Braille conoció a su segunda mujer (con la que tuvo otros tres), y ambos arrancaron en el año 1979 montando un quiosco. Pasó por el Banco Nación, el Correo, el Banco Municipal y por ex Jefatura, hasta que llegó al edificio de La Vigil y luego se mudó con Educación al nuevo edificio de Echeverría 80. "Estos quioskos empezaron a darse originalmente con una ley de (Juan Domingo) Perón de 1948. Yo consideré que siempre había que ser rompehielos, abrir brechas para poder abrir más locales. Y se los íbamos dando a otros ciegos", afirma.

   Zavallo dice que a su comercio lo encaró "de manera empresarial". Tres de sus hijos lo ayudan: "Tenemos un local cafetero muy importante, hasta servimos comida", se jacta. Y remata contando su rutina, que prescinde de las limitaciones de la edad y la ceguera: "Me levanto a las 5 de la mañana como toda mi vida. Voy a nadar y a las 8.30 me voy al Ministerio a trabajar. Me gusta estar activo", define.

Atento    La última historia es la de Eduardo Muñoz, que atiende el quiosko del Banco Nación de Córdoba y San Martín desde 2009. Es de zona sur, tiene 55 años y padece disminución visual: no ve de un ojo y del otro sólo le queda el 20 por ciento de capacidad. Dice que ve formas, sin nitidez, pero con luz diurna se maneja solo y sin bastón. De noche debe salir acompañado.

   Su discapacidad fue avanzando de modo progresivo: si bien tuvo accidentes, como un golpe jugando al fútbol, cuenta que fue su miopía la que le terminó generando desprendimientos de retina que lo fueron dejaron al borde de la ceguera entre los 30 y los 35 años. Eduardo había trabajado en el rubro de accesorios de aluminio gran parte de su vida, en la zona de depósitos. Pero cuando comenzó su padecer todo comenzó a ir mal: no pudo hacer ya muchas tareas, y lo terminaron despidiendo. También trabajaba como disc jockey los fines de semana, pero su incapacidad para leer lo terminó alejando de eso también. Al poco tiempo se divorciaría.

   "Yo estaba muy solo, y me acerqué a la escuela Braille. Me negaba a ir, porque era aceptar la discapacidad. Pero encontré gente muy buena que me ayudó, me dio la oportunidad de trabajar", valora. Empezó traduciendo documentos para una abogada que tenía un cliente ciego: "En ese momento era una tarea muy artesanal y difícil, hoy hay muchas herramientas en la computadora o en el celular que trabajan con sonido y abrieron mucho la comunicación para los discapacitados visuales", comenta. Empezar a trabajar de nuevo fue importantísimo para Muñoz. "Es bueno para la autoestima sentirse útil. Hoy yo puedo mantener a un hijo que está estudiando", grafica.

   Finalmente, hace 9 años le ofrecieron hacerse cargo del puesto en el Banco Nación, que según afirma se fue ampliando bajo su mando. "Incluí más muebles, para traer más mercadería. Me gusta que esté todo prolijo", acota. Y asegura que la relación con los empleados de la entidad es muy buena. "Me hacen sentir un par", dice. Aunque no todo es color de rosas: con la cantidad de gente que pasa por el lugar, algunos intentan aprovecharse de la limitación ocular de Eduardo. "Algunos manotean paquetes, me quieren robar. Pero yo tengo todos los productos contados y nunca dejo de prestar atención", avisa.

"Mi viejo era jefe de la Estación Metereológica de Fisherton, mi mamá era pronosticadora. Así que yo a los 17 años entré a trabajar ahí y con ese dinero me fui pagando el curso para ser piloto", rememora. A los 25 ya era comercial.
   Pero a los 32 años llegó su hora fatal: "Fui a arreglar un problema matrimonial de mi hermana, mi cuñado le había pegado y lo fui a buscar. El tipo me tiró un tiro con la escopeta en la zona del cuello y la cara y quedé ciego. Me cortó las alas". Ahí comenzó su segunda vida: "Fui a la escuela Luis Braille (España 528) y me rehabilité, fui alumno y terminé siendo profesor, incluso llegué a ser director", detalla con orgullo.
   También lo salvó el deporte: "Yo había jugado al fútbol, vóley, básquet. Competía en natación, y eso lo seguí haciendo. De hecho fui el primer nadador ciego de aguas abiertas en el mundo. Incluso corrí maratones", cuenta. Fue parte del equipo argentino de deportistas ciegos y ganó medallas panamericanas. Hoy sigue nadando todos los días de 2000 a 3000 metros por día y aún compite en categorías mayores junto a nadadores con visión.    
   Divorciado y con tres hijos, en la Braille conoció a su segunda mujer (con la que tuvo otros tres), y ambos arrancaron en el año 1979 montando un quiosco. Pasó por el Banco Nación, el Correo, el Banco Municipal y por ex Jefatura, hasta que llegó al edificio de La Vigil y luego se mudó con Educación al nuevo edificio de Echeverría 80. "Estos quioskos empezaron a darse originalmente con una ley de (Juan Domingo) Perón de 1948. Yo consideré que siempre había que ser rompehielos, abrir brechas para poder abrir más locales. Y se los íbamos dando a otros ciegos", afirma.
   Zavallo dice que a su comercio lo encaró "de manera empresarial". Tres de sus hijos lo ayudan: "Tenemos un local cafetero muy importante, hasta servimos comida", se jacta. Y remata contando su rutina, que prescinde de las limitaciones de la edad y la ceguera: "Me levanto a las 5 de la mañana como toda mi vida. Voy a nadar y, a las 8.30, me voy al Ministerio a trabajar. Me gusta estar activo", define.
Atento    
La última historia es la de Eduardo Muñoz, que atiende el quiosco del Banco Nación de Córdoba y San Martín desde 2009. Es de zona sur, tiene 55 años y padece disminución visual: no ve de un ojo y del otro sólo le queda el 20 por ciento de capacidad. Dice que ve formas, sin nitidez, pero con luz diurna se maneja solo y sin bastón. De noche debe salir acompañado.
   Su discapacidad fue avanzando de modo progresivo: si bien tuvo accidentes, como un golpe jugando al fútbol, cuenta que fue su miopía la que le terminó generando desprendimientos de retina que lo fueron dejaron al borde de la ceguera entre los 30 y los 35 años. Eduardo había trabajado en el rubro de accesorios de aluminio gran parte de su vida, en la zona de depósitos. Pero cuando comenzó su padecer todo comenzó a ir mal: no pudo hacer ya muchas tareas, y lo terminaron despidiendo. También trabajaba como disc jockey los fines de semana, pero su incapacidad para leer lo terminó alejando de eso también. Al poco tiempo se divorciaría.
   "Yo estaba muy solo, y me acerqué a la escuela Braille. Me negaba a ir, porque era aceptar la discapacidad. Pero encontré gente muy buena que me ayudó, me dio la oportunidad de trabajar", valora. Empezó traduciendo documentos para una abogada que tenía un cliente ciego: "En ese momento era una tarea muy artesanal y difícil, hoy hay muchas herramientas en la computadora o en el celular que trabajan con sonido y abrieron mucho la comunicación para los discapacitados visuales", comenta. Empezar a trabajar de nuevo fue importantísimo para Muñoz. "Es bueno para la autoestima sentirse útil. Hoy yo puedo mantener a un hijo que está estudiando", grafica.
   Finalmente, hace 9 años le ofrecieron hacerse cargo del puesto en el Banco Nación, que según afirma se fue ampliando bajo su mando. "Incluí más muebles, para traer más mercadería. Me gusta que esté todo prolijo", acota. Y asegura que la relación con los empleados de la entidad es muy buena. "Me hacen sentir un par", dice. Aunque no todo es color de rosas: con la cantidad de gente que pasa por el lugar, algunos intentan aprovecharse de la limitación ocular de Eduardo. "Algunos manotean paquetes, me quieren robar. Pero yo tengo todos los productos contados y nunca dejo de prestar atención", avisa.

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