Es el mediodía de la última semana del año. El calor sofoca, todo movimiento parece un exceso. Una guitarra se cuela en el trajinar del Hospital de Niños Víctor J. Vilela, que parece ajeno a la térmica. Gisela Pavé canta y sonríe, canta y sueña que está creando un mundo imaginario capaz de conjurar el dolor que la pequeña paciente no entiende. Es voluntaria y se atrevió a los abrazos musicales con la convicción de recuperar la infancia interrumpida por la enfermedad. Si bien trabaja en todas las áreas, lo hace especialmente en oncología y donación de médula ósea.
Pertenece al servicio de voluntarias del hospital que lleva 57 años, de contención y asistencia diaria a pacientes y familiares, y le sumó creatividad. Desde hace 16 años, cada lunes, recorre las habitaciones “modificando con canciones ese ambiente neutro, triste, de paredes blancas, llevando instrumentos, para que ese niño internado recupere la alegría y el juego”, explica Gisela con naturalidad, aligerando de peso a un compromiso que pocos sienten.
Guitarra, bombo, teclado, pandereta, un repertorio de canciones infantiles tradicionales o aggiornadas y hasta una nariz de payaso son las herramientas con la que Gisela transforma, trastoca, enciende una chispita, un brillo en la mirada de los pequeños. Trabaja en forma coordinada con los equipos médicos que le informan qué niños necesitan su magia creadora de mundos porque están tristes, con quimioterapia o cirugía en puerta, o porque están agobiados y ni siquiera hablan. Y allí va ella.
“Que los niños no pierdan su infancia más allá de la enfermedad, porque a veces queda detenida por tratamientos extensos o pronósticos no muy buenos. Entonces intentamos crearles un mundo imaginario dentro del hospital, que se sientan acompañados con un abrazo, una palabra, juegos y música”, detalla. Y dice que, aunque intangible, la fantasía se vuelve real para el sistema inmunológico: “Hace que estos niños ingresen a cirugía o tratamiento con menos ansiedad, con más posibilidades y mejor respuesta”, dice sobre la esencia del servicio de voluntariado.
“Hace poco, en una plaza, un adolescente me abrazó y me dijo que soy la que le cantaba”, relata. Y dice que es frecuente que en el proceso de cura y control en el área oncológica los niños le recuerden esos momentos transformadores de música.
Gisela Pavé es además acompañante terapéutica y lleva años “luchando por una sociedad donante, empática y solidaria”, dice antes de agregar: “Tengo un compromiso muy personal con la parte oncológica y donación de médula ósea”.
Lleva años, ayudando a distintas organizaciones que trabajan el tema, después de haber perdido a su pareja “que no llegó al trasplante de médula porque 20 años atrás aún no había tanta conciencia sobre la donación”, asegura.
“Transformé ese dolor en ayuda al otro y en ponerme en su lugar, porque yo estuve ahí”, señala sobre su voluntariado. Y entusiasma sobre las actividades que habrá en la ciudad, el próximo 15 de febrero, por el cáncer infantil. Aunque sólo se la vea llegar con su guitarra, lleva la capa invisible de los superhéroes que abren ventanitas para que escape el dolor.