Las enredaderas y el verde del jardín se asoman a una gran fachada de listones metálicos horizontales blancos intercalados simétricamente con espacios vacíos que ocupa el frente de doble altura. La “Casa en 8,66” (“por el ancho promedio de los terrenos en Rosario”) sorprende al visitante que llega desprevenido a este encantador rincón, donde la calle Chacabuco juega a las escondidas con la avenida Pellegrini, en los confines del barrio República de la Sexta, en el límite con el parque Urquiza.
El “Open House”, un encuentro cultural en varias ciudades del mundo donde la gente recorre obras de casas particulares o edificios públicos que sus titulares abren especialmente, y donde hasta pueden dialogar en algunos casos con los autores de la obras o bien con profesionales de distintas disciplinas, se desarrolló hace pocos días en numerosos inmuebles de Rosario, tanto históricos como contemporáneos, y de distintos estilos.
La “Casa en 8,66”, diseñada por su dueño, el arquitecto rosarino Gustavo Di Prinzio en el estudio Di Prinzio-Romano, aparece como una sobria construcción de dos plantas que sorprende y fascina por tres pequeños patios interiores (hasta uno con un sauce) que triangulan a lo largo del terreno y le otorgan iluminación y ventilación naturales a todos los ambientes, diseñados en dos plantas en los tres cuartos delanteros del terreno de 35 metros de largo.
“Cuando el dueño de un terreno le encarga al arquitecto que le diseñe una casa, generalmente le pide que amontone la edificación en el frente, en el menor espacio posible, y que deje la mayor cantidad posible de terreno libre en el fondo. El problema aquí es cultural: la gente concibe en general a la casa sólo como lo construido, como lo interior, y al espacio como lo no construido, como si el exterior fuera la nada que está ahí afuera y que no nos interesa. Y ahí reside uno de los mayores desafíos de la arquitectura: vincular el interior con el exterior, comunicarlos y que esos espacios dialoguen entre sí”, explica “Guli” Di Prinzio al puñado de visitantes, sentado en la escalera de madera del espacioso living de su casa, como un profesor.
A la “Casa en 8,66” se ingresa por el patio de los jazmines, que está a la derecha, y lo primero que llama la atención es que la medianera de una casa antigua, de gran altura, está protegida por el verde de una enredadera. Este primer patio otorga sol y aire a dos dormitorios de la planta superior y tiene el detalle mínimo de un simple banco y una mesita, construidos con durmientes del ferrocarril.
“El primer desafío que tuve como arquitecto para diseñar esta casa es que el terreno está ubicado entre dos medianeras de doble altura, motivo por el cual elegí diseñarla con estos patios interiores alternados a cada lado de la edificación, que vinculan los ambientes con el mundo exterior”, explica el autor.
Un segundo patio interior, ubicado en el lado izquierdo del terreno, atesora un puñado de papiros (unas palmeras muy bellas) y sólo se puede observar desde un vidrio, porque el piso está ocupado por una gran fuente llena de agua y piedras, que le otorga iluminación y una vista privilegiada a la cocina comedor y a un gran living. “La idea de la comunicación del interior con el exterior no sólo se desarrolla con los patios sino también en el sentido visual horizontal, a lo largo del terreno, así como en el sentido vertical, con una chimenea situada especialmente en el living, al lado de esta escalera, desde la que se ven los dos patios”, abunda Di Prinzio.
La cocina comedor tiene paredes vidriadas hacia el patio de las palmeras, en el frente, y hacia el living, en el fondo, que a su vez se comunica con el patio del sauce (el más llamativo) que es totalmente de césped y tiene un sauce en el centro, cuyas ramas trepan hasta pasar el primer piso, “al que protege como un paraguas del sol del oeste”, advierte Di Prinzio.
El cuarto patio, el viejo y querido fondo de la casa, tiene césped, palmeras y enredaderas, con una piscina mínima ubicada contra la medianera del final, que se puede tapar con un deck de madera corredizo para aprovechar el espacio cuando no se utiliza.
La “Casa en 8,66” sorprende y cautiva al visitante por sus espacios vidriados libres de obstáculos donde la mirada atraviesa los tres patios interiores que llenan de luz y verde los ambientes, cuya decoración oscila entre la calidez de los pisos y la gran escalera central de madera y la sobriedad de las aberturas metálicas. Y los patios interiores son los grandes protagonistas de la obra, desde el primero con sus jazmines, enredadera y el banco de durmientes; el segundo con los papiros y una gran fuente de agua con piedras y, sobre todo, el tercero, con el imponente sauce que gobierna la escena y protege la casa. Si el objetivo de Di Prinzio era construir una vivienda en la que “el exterior dialogue con el interior”, aquí lo logró largamente, al extremo de que la naturaleza se quedó a vivir allí.
"No quería vivir entre dos altas medianeras"
El autor de la obra recordó el comienzo del proyecto: “Lo primero que pensé es que no quería diseñar una casa entre dos medianeras tan altas. Por eso lo que hice fue estirar la construcción y vaciar los espacios de los tres patios interiores, que triangulan a lo largo del terreno, para evitar el problema de hacer una casa cerrada, sin comunicación con el exterior, con ambientes sin sol ni aire. A veces para el arquitecto es difícil convencer al cliente de la forma de diseñar su casa, pero desde el punto de vista del trabajo y del costo del diseño es lo mismo hacer una casa mala que una casa comunicada con el entorno, donde el interior y el exterior se comuniquen”.
Di Prinzio asegura que “la vivienda urbana en el lote de 8,66 pone a prueba la creatividad y el oficio del arquitecto como pocos programas lo hacen. Se parte de la idea de que el objeto a proyectar es la totalidad del terreno, hasta su último palmo: los espacios exteriores se trabajan a modo de espacios interiores y no como la mera resultante pasiva de la construcción de la casa”.
El arquitecto dvierte que “la casa también pueden ser cuatro paredes, un techo y que no te llueva. Pero hacer ese amontonamiento de ambientes sin conexión con el exterior también es cultural. En cambio, aquí la masa edilicia es moldeada, estirándola en el terreno y abriendo huecos, capturando así elementos naturales del exterior. Luego el trabajo se orienta hacia la articulación de los espacios por medio de la manipulación del vacío. Se genera una variada secuencia de experiencias ambientales sucesivas, continuas y dinámicas. El afuera es protagonista indiscutible en el interior. Como no se dispone de un paisaje exterior, se debe generar uno propio. La fuerte presencia de la luz y la naturaleza en el corazón de la casa genera sorpresa, misterio y emociones distintas”.