hijos

La imaginación como refugio

El gran narrador y ensayista británico John Berger.

Domingo 24 de Mayo de 2020

En Sinaloa, donde la violencia del narco y los enfrentamientos entre las bandas criminales y las fuerzas del Estado han logrado construir, a lo largo de los últimos años, un verdadero territorio de dolor, un grupo de mujeres se aboca, desde hace tiempo, a buscar el cuerpo de sus hijos desaparecidos. Saben que sus huesos pueden estar esparcidos en el monte, enterrados en fosas comunes o a la vera de los ríos que crecen en los veranos, pero ellas, las "rastreadoras de Sinaloa", tal como se las conoce en la región, se empeñan en buscar ese resto de nada, lo poco que imaginan ha quedado de sus hijos. Esa tarea lleva años y a veces alcanza el resultado buscado. Otras no, por eso se las suele ver, las espaldas volcadas sobre el suelo, recorriendo el monte, tratando de encontrar la huella invisible que les indique un destino.

Las Rastreadoras de Sinaloa han decidido añadir a su búsqueda, una tarea. Escriben en estos días un libro, no del relato de esa errancia, sino algo diverso, un libro en el que cada una de ellas se ha propuesto transcribir una receta, la de aquella comida que ellas recuerdan gustaban saborear sus hijos ahora desaparecidos. El libro se va construyendo como una constelación de voces que se despliegan mirando sobre sus mesas humildes de mármol o madera, mesas cubiertas de harina y frijoles sobre las que apoyan un cuaderno en cuyas páginas van contando su secreto del mole, de cómo juntan especias en sus morteros para elaborar los platos que cuando sus hijos estaban en vida, halagaban el paladar de los ahora ausentes.

No hay trabajo más vano que cocinar para un muerto, no hay tarea que pueda ser más absurda que ejercer con delicadeza el arte culinario para aquellos que nunca habrán de disfrutarlo. Y sin embargo ellas se han abocado a esa tarea que para muchos parecerá inútil, evocando el paladar de sus hijos, cómo sabían sus manjares maternos en sus jóvenes bocas hoy seguramente atragantadas de tierra, agua o gusanos.

En un reportaje aparecido estos días en un diario mexicano, un periodista le pregunta a una de esas madres por el sentido de su tarea y ella le responde que al transcribir las recetas, la memoria del paladar de su hijo le ayuda a disminuir el dolor por la lejanía de su alma, que ella sabe que esos platos adobados de especias él no los saboreará nunca, pero que transmitir aquello que a su hijo, arrebatado de su regazo, le gustaba, es un modo de conjurar el sinsabor de la ausencia y de la muerte.

La violencia en México y en casi toda América latina es una pandemia que ya se ha devorado a millones de personas. La pandemia del secuestro y la desaparición forzada en el continente no solo no ha cesado sino que se reproduce alocadamente. Como un caballo sin freno, desde México a Brasil, esos ejércitos de la muerte van construyendo cementerios las más de las veces invisibles.

En esa misma nota, el periodista le pregunta a la mujer que escribe recetas si acaso no es posible que un día su hijo regrese, que siempre existe la posibilidad de que ello ocurra, que a veces los que han desaparecido vuelven, porque por suerte o por milagro logran sortear el dictamen de la muerte. Y la mujer le responde que si le anunciaran que su hijo habrá de regresar mañana ella no haría otra cosa que aquello que hace todos los días: lavar la vajilla, poner la mesa con los utensilios bien dispuestos, ubicar la silla en el lugar que él hijo ocupaba, y pintarse frente al espejo como lo hace cada mañana, para que la casa huela a costumbre y la tristeza del alma no le arrebate la frescura a su rostro.

"Sucede que para mí, el después es ahora", le dice la mujer al periodista, "es que de tanto esperar que se produzca el milagro del regreso me he dado cuenta que no hay nada como este instante en que usted me ve haciendo estas tortillas y escribiendo estas recetas que él amaba. Mañana será otro día, lo sé, pero ahora, en este preciso instante del día, aunque usted no lo vea, mi hijo saborea mis platos en la ausencia de la casa. Y entonces siento que él ha regresado y pienso que si yo dejara de hacer esto, la sensación de su presencia, estoy segura se evaporaría. Es así, yo lleno la casa de olores para que él regrese todos los días y para que su alma permanezca aquí, junto a los que la habitamos".

Para esta mujer de Sinaloa no hay día después, solo este ahora. Porque el después es para ella sinónimo de una abstracción desesperante que se prolonga en un tiempo sin límite, el que impone cualquier espera, por eso juega con el tiempo, atando la promesa del retorno a este tiempo presente en el que ella cuece sabores en la mesa de su cocina, haciendo de ese modo que su hijo esté ya con ella en la casa, produciendo el milagro de la presencia.

Cuando no sabemos qué habrá de ofrecernos el mañana, cuando el pronóstico anuncia más oscuridad que luz, más dolor que alegría, vale evocar esta escena mexicana en la que una madre, en su humilde morada en Sinaloa, adelanta una escena futura que sabe imposible transformándola en lo deseado, y se refugia en ella, ante la cruel evidencia de la hostilidad del mundo que, sabe, está allí, a tan solo un paso, del otro lado del umbral de su casa.

"Cuando no podemos saber qué nos deparará el mañana, cuando tememos su acechanza, la imaginación puede ser la casa del consuelo", decía John Berger. Algo de eso, y sin haberlo leído nunca, ejerce cada día esa madre mexicana en el corazón de una espera interminable.

Una enseñanza que bien podría aplicarse, por qué no, a este tiempo extraño, en el que no faltan en derredor nuestro ni el miedo ni la incertidumbre hacia ese mañana que nos espera, ahí, tan cerca, como al acecho, del otro lado mismo del umbral de nuestras casas.

Construir un refugio con la imaginación, a veces, no cabe duda, quién podría negarlo, salva.

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