Maltratada, violentada física y psicológicamente. Así vivió y aún vive una mujer de 35 años cuyo ex marido convirtió su vida en una pesadilla. Desde que separó, hace casi una década, el hostigamiento escala hasta situaciones de extrema gravedad. Hace dos semanas la amenazó con un arma de fuego a pesar de tener una prohibición de acercamiento, que incumple sistemáticamente. Después de acumular decenas de denuncias, la única respuesta que tuvo la mujer en todo este tiempo es que llame al 911. “No se más qué hacer, no se puede vivir así”, dice agobiada mientras clama protección.
Como decenas de mujeres en riesgo por situaciones de violencia machista, Ivana Ferreyra siente que camina por el borde de la tragedia y reclama un límite que el Estado parece incapaz de trazar. Muestra sobre la mesa de su departamento del Fonavi Lola Mora (Lorenzini al 4600) una parva de escritos judiciales y policiales, algunos amarillentos y ajados porque contienen denuncias de hace casi 10 años.
Esos papeles y sus lágrimas cada vez que rememora los golpes y la humillación que soportó reflejan angustia y temor. Son el guión de un peregrinar infructuoso por juzgados de Familia, la comisaría 15ª y defensorías. Nadie supo escucharla, como esencial medida para ponerla a resguardo.
Desesperada, recurre a este diario. “Estoy cansada, no se más qué hacer. Necesito ayuda para poner un límite a todo esto”, se desahoga. Muestra escritos judiciales con denuncias por violencia de género contra Diego Rodrigo J., su ex marido, que datan de mayo de 2013, otra del Centro de Asistencia a la Víctima de Delitos Sexuales en septiembre de 2014, y un parte de la comisaría 15ª de septiembre de 2018.
Recuerda que cuando tenía 18 años se fue a vivir con su novio con la ilusión de formar una familia, y a los dos años se casó. Tuvieron dos hijos, una nena que nació en 2004 y hoy tiene 18 años, y otro nene de 11. Pero rápidamente se dio cuenta de que el hombre, enfermero y delegado de un gremio estatal, no era lo que aparentaba.
Y describe situaciones que en ese momento no le confesaba a su familia por vergüenza y temor. “La primera paliza no me la olvido más, faltaban días para tener a la nena. Me boxeó (golpeó) toda la cara. Ahí me di cuenta de que no era lo que parecía. Me desnudaba y rociaba con alcohol para que dejara de llorar. Me golpeaba con una silla de plástico, me escupía en la cara, me denigraba en casa y adelante de su familia”.
Abusada, atropellada, amenazada
Ivana se quiebra cuando rememora todo lo que pasó. Ese estado es más traumático porque la amenaza, a pesar de los años, persiste. “Me humilló siempre, me trataba de gorda puta, que no servía como mujer”. En diciembre de 2012 no lo soportó más y lo denunció tras una golpiza que la dejó sin audición en el oído derecho.
“Volvimos, parecía tranquilo pero la violencia verbal y física continuaba. Me dio una puñalada en una pierna. Al mes se fue solo porque se dio cuenta de que no iba más”. La mujer se quedó con sus dos hijos en una casa de Isola al 300. “Se me aparecía a la noche mientras dormía, abría la puerta con una media llave y me obligaba a tener relaciones sexuales, yo no quería pero lo hacía por miedo”.
image (4).png
Ivana junta las manos y las lleva al pecho, como un ruego. Dice que ya no soporta más tanta violencia.
Silvina Salinas
A principios de 2013 todo desembocó en un divorcio que se tramitó en el Tribunal de Familia Nº 7. En ese juzgado hubo idas y vueltas por régimen de visitas y alimentos. Ivana habla de cierto destrato y falta de respeto de la jueza Gabriela Topino. “Siempre me trató muy mal, me decía que no fuera boluda”, se amarga.
El expediente contiene una historia judicial. Sin embargo, las denuncias por violencia ilustran una realidad paralela. La víctima debió mudarse cerca de sus padres en mayo de 2013 porque la seguía hostigando. "Le impusieron la primera prohibición de acercamiento. No quería que fuera preso, pero que por favor me dejara de golpear”.
La persecución seguía. En enero de 2014, según la mujer, Diego Rodrigo J. la llevó por delante con su auto mientras iba por la calle con su hermana a buscar a su hijo a la casa de su abuela. “Estuve internada en el Hospital Roque Sáenz Peña varios días por las lesiones”.
Golpiza y embarazo prematuro
Los estigmas de Ivana son más de los que puede contener esta nota. Y otro de los tantos actos despiadados del agresor demuestran su peligrosidad y perversidad. “Después de dos años rehíce mi vida y me volví a casar con mi actual marido. Quedé embarazada de una nena. En el octavo mes de gestación, el 8 de noviembre de 2014, me agarró en la calle y me dio una golpiza tan grande, con patadas, trompadas y rodillazos que me mandó al hospital. Rompí bolsa y los médicos me dijeron que la nena iba a nacer muerta. Me hicieron una cesárea de urgencia, y a pesar de todo mi hija vive, tiene siete años”.
Mientras habla conmovida con la manos entrelazadas y pegadas al pecho, no puede soslayar la figura de su padre, que se enteró tarde del su sufrimiento. El hombre murió el 5 de febrero pasado. “Mi ex es tan perverso que varias veces me dijo «se murió ese viejo hijo de puta, y ahora ¿quién te va a cuidar?”. Las cenizas de don Ferreyra están depositadas en una caja de madera con un rosario y fotos sobre una mesa de la cocina.
Hace dos semanas, otra vez Ivana y su hija quedaron expuestas. “Fuimos a sacar los residuos a la esquina, se apareció en su auto, bajó la ventanilla y nos apuntó con un arma de fuego. «Corramos», le dije a mi hija. Eso fue terrible, tuvimos muchísimo miedo, es mucho, no sabés qué puede pasar, hasta dónde va a llegar. Ya me amenazó una vez que me iba a pegar un tiro en la cabeza. Mi hija no lo quiere ver más porque sabe todo y a ella también la amenazó”.
Ante ese incidente, la mujer realizó una nueva denuncia contra su ex marido, a quien se le impuso la prohibición de acercamiento hacia ella y su hija. Pero el sábado pasado, a las 14, volvió a presentarse en la casa de Ivana, aceleraba su auto y le gritaba que la iba a matar. Durante 45 minutos la mujer hizo 16 llamadas al 911, y finalmente llegó un patrullero. El policía le dijo al enfermero que no podía estar allí. Antes de irse amenazó a Ivana y también al oficial.
¿Cómo puede vivir una mujer o cualquier ciudadano violentado y acosado durante más de diez años? Aunque no sea el espacio adecuado para abordar la problemática, Ivana se desahoga con La Capital porque no encontró el organismo que la contenga. Sostiene que no le importa exhibir su rostro, si es que al menos consigue que se la ponga a resguardo.