El mapa de la violencia

Una década que cambió el mapa de la violencia en Rosario

La expansión de la venta de drogas, bandas menores disputando el negocio y grandes sumas de dinero insertado en el circuito legal fueron ejes de la escalada.

Lunes 10 de Agosto de 2020

En solo siete años y medio, desde 2013 a la mitad de 2020, en la ciudad de Rosario hubo 1.298 homicidios y 5.204 heridos de bala. El salto iniciado en 2013 implicó la duplicación de las tasas de homicidio que se habían dado hasta 2010. Los incidentes que aborda este trabajo implican más de 5.500 agredidos por arma de fuego en los siete años y medio que van del inicio de 2013 al primer semestre de 2020. Algo más de la mitad de esas personas eran, al momento de los hechos, menores de 25 años.

La cifra de baleados que sobrevivieron y de fallecidos supera a la población completa de localidades como Ibarlucea, General Lagos o Alvear. Son las marcas de la violencia armada, que desata efectos que no se aprecian a primera vista, pero muy concretos: nuevos ataques letales, más población en prisiones, más carga de trabajo en hospitales, más familias teniendo a la cárcel como ámbito de socialización, más circulación de armas de fuego.

En 2010 en la ciudad de Rosario hubo 97 homicidios dolosos, una cifra que se correspondía con un promedio parejo y estable de la década previa en una ciudad de algo menos de un millón de habitantes. Tres años después un fenómeno que todavía no acabamos de explicarnos produjo un asombroso vuelco de los números. En ese año 2013 la cantidad de personas asesinadas saltó a 225 en Rosario y 37 en Villa Gobernador Gálvez. El conteo marcó 271 víctimas en todo el departamento.

En una ciudad muy semejante en demografía y producto bruto como Córdoba, en ese mismo 2013 se produjeron 90 de los 152 homicidios cometidos en toda la provincia. El contraste entre dos urbes usualmente comparadas golpeó por entonces como un garrotazo: solo dentro de los límites de Rosario hubo aquel año 65 asesinatos más que en toda la provincia vecina.

Tan remarcable crecimiento de los homicidios en Rosario es el síntoma de una ciudad en transformación. ¿Qué pudo ocurrir de modo tan repentino para determinarlo? Una de las novedades centrales que despunta hacia comienzos del nuevo siglo es el establecimiento de un cambio en el mercado de estupefacientes, en particular la producción, distribución y consumo de cocaína. La radicación en la ciudad de laboratorios de pasta base para cocinar esta sustancia localmente y disponer de ella como producto terminado reemplazó al traslado desde las fronteras de la mercancía ya elaborada, a la vez que multiplicó su disponibilidad y bajó su precio, volviéndola más accesible a un mayor universo de usuarios.

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Se trató de un fenómeno común a los mayores aglomerados urbanos del país: la expansión de la actividad de narcomenudeo y microtráfico de drogas. Lo que fue distintivo en Rosario es que por la rentabilidad inmensa que generó este cambio se desató una confrontación más violenta que en otras ciudades. Locales de venta surgidos como hongos en todos los barrios comenzaron a despachar sustancia día y noche generando montañas de efectivo. En determinado momento, muy visible con el asesinato de Claudio “Pájaro” Cantero, distintas bandas se trabaron en una lucha desaforada por la supremacía en las calles. No solamente fue un combate por dinero sino también por distinción y reconocimiento.

Lo que arrancó no existía previamente y fue de un dinamismo feroz. La política, los estudios sociales y el periodismo tratan designarlo sin poder abarcarlo. Es una parte del fenómeno. Pero es lo que explica en buena medida el alza de las cifras de violencia y el hecho de que desde muchos lugares del mundo se hayan interesado en Rosario.

Más armas, mayor letalidad

En el año 2003 en todo el departamento Rosario se empleaba una pistola o un revólver para matar en el 55,5 por ciento de los casos. Diez años después, entre 2013 y 2020, se usaban en una proporción que va del 70 al 80 por ciento del total de asesinatos. La mayor circulación de armas de fuego es un factor añadido para explicar la creciente letalidad de la violencia y la elevación de las víctimas fatales.

A lo largo de estos años se puede hablar de una disputa de facciones diversas que se traduce en muertes que, cíclicamente, estallan en secuencias marcadas. Aludir a las pujas de las familias Cantero con Bassi o Caminos con Funes/Ungaro en el sudeste, Romero con los Martínez en Nuevo Alberdi, o Cantero con Alvarado en numerosas zonas es posible para reflejar el cimbronazo de la violencia, pero tendría sabor a muy poco. Un punto de partida más ajustado es analizar el contexto de fragilidad urbana donde los problemas de seguridad resultan de una acumulación de desventajas: un mercado de drogas fragmentado que se disputan pequeñas bandas, problemas de inclusión social y vacíos de presencia institucional que alimentan la amenaza para los habitantes de la calle.

En estos dominios las fuerzas de seguridad, en especial la policía provincial, actuaron para intentar regular los manejos delictivos de las bandas dejando hacer, proveyéndoles armas o actuando en contra de unas para favorecer a otras. Se dice intentar regular debido a que fue en forma desordenada y sin eficacia. Aun cuando investigaciones judiciales exponen a muchos oficiales superiores, incluso jefes máximos involucrados, la policía no consiguió actuar como un cuerpo consistente en la cobertura de la actividad de las bandas. Por eso no impidió el reguero de violencia y pagó el precio de una alta visibilidad. Queda de manifiesto en decenas de causas abiertas o sentencias judiciales condenatorias por corrupción, colaboración, ocultamiento u omisión de funciones.

La violencia hace foco en los barrios

La mayor violencia de este fenómeno, como en toda estructura urbana, está en los barrios más degradados. En ellos operan redes de menor escala con actividades predatorias, como la extorsión, la usurpación y los robos groseros, pero ahora atravesados por el narcomenudeo. Lo hacen con liderazgos de personas jóvenes, exponentes de una violencia muy vehemente, donde se cruzan todo el tiempo formas de violencia urbana interpersonal con otras propias de las economías delictivas.

Desde 2013 este tipo de violencia explica en Rosario, en promedio, la mitad de los homicidios. Una conjetura que campea entre los especialistas es que es en este segmento donde se dinamizó en la ciudad la escalada de delitos de sangre. No crecieron en la misma proporción los homicidios en ocasión de robo, ni los crímenes de mujeres, ni los ligados a entornos familiares. Estos se mantienen en general estables desde hace veinte años.

Pero no todo homicidio indica conexión del que mata o muere con el delito. Una proporción importante de incidentes que terminan en homicidio implican a personas que no tienen delitos previos. En los casos del primer semestre de 2020 más de la mitad de los hechos de Rosario se explican por incidentes que implican economías delictivas u organizaciones criminales. Pero un 25 por ciento de los casos suponen conflictos interpersonales no necesariamente ligados a un delito anterior o a personas que delinquieron en el pasado. Por ejemplo peleas barriales, episodios domésticos, reyertas entre conocidos o incidentes de tránsito. Los homicidios que ocurrieron probadamente en ocasión de robo fueron menos del 10 por ciento.

Hay cinco dinamizadores claros de la violencia en Rosario. Estos son la desigualdad, la impunidad (desconfianza en la Justicia Penal y el rol de la policía), las acciones del crimen organizado, los factores culturales que se modelan en el campo del narcomenudeo y el rol de las prisiones.

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“Ninguna gestión nacional o provincial en la Argentina y en América Latina en los últimos quince años (por lo menos) abordó esas dinámicas en forma directa para reducir la violencia. No lo hicieron los gobiernos progresistas en Ecuador, Venezuela, Argentina, Bolivia, Brasil ni Uruguay”, dijo Gustavo González, investigador de la Universidad Nacional del Litoral y Secretario de Coordinación Política del Ministerio Público de la Acusación.

En Rosario nadie está más al borde de sufrir una agresión con armas de fuego que un varón joven, de entre 15 y 30 años, de un barrio no céntrico y de entorno social pobre. En una muy alta proporción agresor y víctima ocupan posiciones intercambiables y formalmente idénticas en términos de edad, procedencia social y localización geográfica, lo que supone decir que se parecen mucho.

Los homicidios se concentran en zonas de bajo desarrollo humano. El índice de pobreza en el Gran Rosario saltó hasta el 35 por ciento sobre el final del año 2019. En la región había para entonces, según el Indec, 460.890 pobres. En un año, según la medición de 2019, 45.061 personas entraron en esa situación. La indigencia subió al 7,3 por ciento ese año.

Morir cerca de casa

Un estudio de todo 2013 del Observatorio de Seguridad y Convivencia de la Municipalidad de Rosario precisó un rasgo notable de la concentración de las acciones cruentas. Indicaba que casi el 60 por ciento de rosarinos víctimas de balaceras de ese año —entre heridos y fallecidos— nace, vive y muere en un espacio no mayor a mil metros lineales, esto es, poco más de diez cuadras. El guarismo es interesante en tanto aporta una idea sobre cómo un entramado social restringido condiciona el desarrollo individual y colectivo.

El mismo estudio enfocado sobre los primeros ocho meses de 2014 exponía que casi tres cuartos de los hechos que durante ese año produjeron heridos y muertos con armas de fuego ocurrieron a una distancia que no supera las quince cuadras del lugar de residencia de la víctima. En el 40 por ciento de los casos a menos de cinco cuadras.

Estos son detalles de una violencia marcadamente territorializada. Algo que coincide con las impresiones de la cobertura periodística. Al ir a los barrios la prensa tropieza con las mismas lógicas. A menudo, disputas entre grupos conocidos, que comparten zonas muy próximas y contienden por asuntos diversos. A veces por fracciones de una economía delictiva, en general drogas. Pero otras por asuntos que aunque pueden ser triviales son forjadores de identidad, como ocupar una plaza, una esquina o un quiosco, y sostener esa posición exclusiva a tiros. Se reitera que los grupos más jóvenes que contienden no tengan presente el hecho que originó la discordia, pero que la sostengan en el tiempo por vocación de oposición al grupo adversario, para diferenciarse. La violencia en este caso, más que un fin instrumental, tiene un fin expresivo.

Las cifras de asesinatos a partir de 2013 expresaron en Rosario un alza impetuosa que produjo inestabilidad política y enorme atención pública. Pero la evolución de esos números marca desde ese mismo año una caída persistente. La tasa de homicidios que en aquel año llegó al inédito número de 22,9 muertes cada 100 mil habitantes se redujo año a año hasta llegar en 2019 a 13,5 muertes cada 100 mil. Los heridos de bala que en 2014 fueron 1.034 cayeron en 2019 a poco más de la mitad con 575. La delitos contra la vida siguen provocando estremecimiento por sus arrebatados y duros detalles. Pero es constatable que la curva de hechos, tanto en homicidos como en baleados, es descendente.

Esta nota forma parte del INFORME ESPECIAL: EL MAPA DE LA VIOLENCIA

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