El aeropuerto de Rosario no tiene paz. Nunca la tuvo. Hasta hubo épocas en las que sólo se podía viajar a la ciudad en hidroavión porque no había una pista asfaltada. Recién en 1972 se terminó de construir el aeropuerto, pero desde esa inauguración parece estar hechizado por una serie de poderes maléficos: el centralismo porteño (preexistente a la Nación y que nunca fue doblegado), el patriciado santafesino (que persiste en su mediocre disputa con Rosario) y desde 1998 el lobby Aeropuertos Argentina 2000 (el holding que se quedó con la concesión de 33 estaciones aéreas del país, menos la de Rosario y Sauce Viejo que permanecieron en manos del Estado santafesino). Tres factores que frenaron y frenan el desarrollo del aeropuerto local. Si a esto se le suman las malas gestiones y la impericia de muchos de quienes han estado al mando del aeropuerto de Rosario, son demasiadas adversidades para obtener buenos resultados. El único dato positivo es la fuerte demanda de Rosario y su región en el mercado aerocomercial: es históricamente la segunda plaza del país en emisión de pasajes aéreos internacionales.


































