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El enigma del copiloto joven, alemán y sin sombras de extremismo

Andreas Lubitz, de 27 años, se convirtió en la clave para intentar develar el misterioso accidente del vuelo de Germanwings, donde perdieron la vida 150 personas, entre ellas tres argentinos.

Viernes 27 de Marzo de 2015

La investigación de la catástrofe aérea de Germanwings dio ayer un giro dramático cuando la fiscalía francesa reveló que el copiloto estrelló el avión a propósito, convirtiéndolo en la clave para aclarar el misterioso accidente con 150 muertos.
  Identificado como Andreas Lubitz, el copiloto era un joven alemán de 27 años crecido en Montabaur, una pequeña ciudad del oeste de Alemania, donde sus padres tienen aún una casa con jardín en un barrio tranquilo del sur de la localidad.
  “Vivía con sus padres en Montabaur y también tenía una vivienda en Düsseldorf”, informó ayer a la agencia dpa Gabriele Wieland, alcaldesa de la ciudad de 12.500 habitantes.
  En 2008 comenzó a prepararse como piloto en la escuela de vuelo de Lufthansa, matriz de Germanwings, en la ciudad de Bremen. Durante unos meses interrumpió la formación, una pausa hasta ahora sin explicación para los investigadores.
  Finalmente consiguió la plaza como piloto de Germanwings en 2013. Contaba con 630 horas de experiencia de vuelo y una capacidad fuera de dudas. “Era 100 por ciento apto para volar. Sin peros ni matices”, señaló el director ejecutivo de Lufthansa, Carsten Spohr.
  Las autoridades de seguridad aérea alemanas confirmaron que Lubitz había superado por última vez las pruebas de aptitud para volar en enero de este año. Al igual que en los dos exámenes anteriores, en 2008 y 2010, sin mostrar el menor indicio de anomalías.
  El copiloto había sido recordado ayer a la mañana en Montabaur por sus compañeros del club de vuelo sin motor al que pertenecía, el LSC Westerwald, que en un mensaje en su web señalaron: “Pudo cumplir su sueño. Un sueño que pagó tan caro con su vida”.
  Nada en su perfil llamaba la atención hasta que la fiscalía francesa reveló ayer lo inesperado: según los investigadores, Lubitz aprovechó que el piloto iba al baño, bloqueó la puerta de la cabina y activó “a propósito” el descenso del avión que terminó con la catástrofe.
  Los detalles sobre su vida comenzaron a aparecer a cuentagotas: el joven era un corredor aficionado que participaba en las carreras del club de vuelo y había recibido un reconocimiento de la Administración Federal de Aviación (FAA).
  Los conocidos lo describieron como educado, alegre y amable. “Fue como un golpe en la cara”, comentó una vecina del copiloto sobre la posibilidad de que estrellara el vuelo a propósito. Otro vecino estaba estupefacto: “Me niego a creerlo...”

“Cada uno va a lo suyo”. Montabaur es una ciudad pequeña en el oeste de Alemania. Casas grandes, jardines bien cuidados. Fue en este escenario sereno donde ayer irrumpió lo inconcebible tras el giro en la investigación del accidente de Germanwings. Ya poco después de que la fiscalía francesa anunciara lo inesperado comenzaron a llegar los equipos de televisión al tranquilo barrio donde se encuentra la casa de los padres del copiloto, que quedó también rodeada por varios policías y coches patrulla.    “Me niego a creer que lo haya hecho a propósito”, cuenta un vecino de 23 años, que asegura conocer poco al piloto de 27 años que quedó ayer en el centro de la investigación. “No puedo imaginarme que alguien sea tan egoísta”. Sin embargo, el vecino dice no tener mucho más para aportar. “Aquí cada uno va a lo suyo”. La mayoría ni siquiera quiere hablar.
  Entre los más perplejos figura un matrimonio que vive junto a la casa familiar del copiloto desde hace nada menos que 22 años. “Es una situación extrema para nosotros”, dice el hombre sobre lo que acaba de escuchar en las noticias. También ellos conocían más bien poco al joven. “Estamos en shock”, añade la mujer. “Apenas puedo concebir lo que pasó”.
  A pocos kilómetros de la casa se encuentra el terreno del club de vuelo sin motor LSC Westerfeld, en el que el copiloto ingresó de joven y en donde comenzó a aprender a volar. En el otoño del año pasado, el joven cumplió con los vuelos necesarios para prolongar su licencia de vuelo sin motor. “Me pareció una persona muy agradable, divertida y educada”, recuerda el presidente del club, Klaus Radke.
  También en la cercana Düsseldorf, donde el copiloto tenía otra vivienda, los vecinos aseguran conocerlo sólo de vista. Su casa se encuentra en un elegante edificio con ocho viviendas situado en un buen barrio de Düsseldorf. En el timbre de la puerta figura un segundo nombre junto al del copiloto. A quién pertenece es otro de los misterios aún por aclarar. “Nos cruzábamos en el garage”, cuenta un vecino. “La mayoría de las veces no devolvía el saludo”. Otro joven de 18 años que vivía frente a la casa del copiloto se muestra “un poco shockeado”. “No sé cómo manejar todo esto”. El resto de las personas que pasan por la zona se encogen de hombros cuando se les pregunta. Uno quiere saber por qué hay tanta policía en el lugar. Cuando se entera de quién vivía en el edificio, se aleja rápido. “Demasiado para mí”, se lo escucha decir mientras se marcha.

No sería un terrorista. Pero la pregunta que el mundo entero se planteó fue si el copiloto podía haberse radicalizado y provocado el peor accidente aéreo de los últimos años en Europa como un atentado. Las autoridades descartaron hasta ahora de plano esa posibilidad.
  “No hay un trasfondo ni motivación terroristas”, señaló el ministro alemán del Interior, Thomas de Maizière.
  De Maizière explicó que el mismo martes del accidente tanto las autoridades de seguridad alemanas como la aerolínea Lufthansa siguieron el protocolo regular de consultar en los archivos de inteligencia posibles vínculos del copiloto.
  “Las consultas dieron resultados negativos”, señaló el ministro. “Por ahora no puedo dar otras informaciones hasta que hayamos comprobado todo”. También en la fiscalía francesa descartaron la hipótesis terrorista.
  En Montabaur, entre tanto, reinaba una segunda conmoción después de la que generó la noticia del accidente. Y todos se preguntaban qué pudo arrastrar a Andreas a lo impensable: buscar la muerte junto con otras 149 personas.

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