Mientras en Egipto la cumbre del clima COP 27 debate cómo frenar las emisiones de gases de efecto invernadero, se suman las evidencias de que el crecimiento de la economía mundial produce no solo esos gases sino también una masa enorme de materias y objetos que luego se descartan. El auge de las economías asiáticas en los 2000 ha sumado tanto CO2 como cantidades enormes de materias procesadas y artefactos al planeta, señala el WWF, World Wildlife Foundation. La masa producida anualmente de artefactos y materias procesadas supera a toda la biomasa del planeta, señala la institución.
En 2020, la masa de todos los artefactos fabricados por el hombre superó la biomasa natural, es decir, la masa de todos los organismos vivos, en más de un billón de toneladas. Así lo afirma el WWF, que reitera que, según el último informe Living planet, en 1970 la Tierra estaba habitada por 4.000 millones de personas; hoy la población humana mundial se ha duplicado y va a superar los 8.000 millones. La asociación define esta situación como “código rojo” para el planeta: “nuestra huella ecológica actual supera en un 75% la capacidad de la Tierra para generar recursos y absorber nuestros residuos: esto significa que vivimos como si tuviéramos casi dos planetas”.
La producción de objetos y residuos es 75% mayor a las posibilidades de la Tierra para reponer recursos y absorber desechos
Pero a la producción de materias procesadas y artefactos a esa enorme escala, se suma la de las materias primas. Ya en 2016 la Cepal hacía un informe al respecto. La cantidad de materias primas extraídas de la Tierra aumentó de 22 mil millones de toneladas en 1970 a 70 mil millones de toneladas en 2010. Los países más ricos consumen en promedio 10 veces más materiales que los países más pobres y dos veces más que el promedio mundial.
Si el mundo continúa proporcionando vivienda, movilidad, alimentación, energía y agua de la misma manera que en la actualidad, para 2050 los por entonces nueve mil millones de personas del planeta necesitarán 180 mil millones de toneladas de materiales cada año para satisfacer la demanda. Esto es casi tres veces la cantidad actual y probablemente elevará la acidificación y la eutrofización (acumulación de residuos orgánicos que causa la proliferación de algas) de los suelos y aguas de todo el mundo, aumentará la erosión del suelo y producirá mayores cantidades de residuos y contaminación.
Cepal también clasifica a los países por el tamaño de su “huella de consumo” de materiales per cápita, es decir, la cantidad de materiales necesarios para satisfacer la demanda de un país. Se trata de un indicador que aclara el verdadero impacto de un país en la base global de recursos naturales. También es un buen indicador indirecto del estándar de vida de un país a nivel material. Europa y América del Norte, que en 2010 tenían una huella de consumo de materiales per cápita de 20 y 25 toneladas por año, respectivamente, encabezan la tabla. En comparación, China tenía una huella de consumo de materiales de 14 toneladas per cápita y Brasil, de 13 toneladas. La huella anual per cápita de Asia-Pacífico, América Latina y el Caribe, y Asia Occidental, varía entre nueve y diez toneladas. La huella de Africa es inferior a tres toneladas per cápita.
A escala global, desde el año 2000 el uso de materiales se ha acelerado rápidamente a medida que las economías emergentes como China experimentan transformaciones industriales y urbanas que requieren cantidades sin precedentes de hierro, acero, cemento, energía y materiales de construcción.
Desde 1990 ha habido pocas mejoras en la eficiencia del uso de los materiales a escala global. De hecho, la eficiencia comenzó a caer alrededor del año 2000. Actualmente, la economía global requiere más materiales por unidad del PBI de las que requería a principios de siglo, porque la producción se ha desplazado desde economías eficientes en el uso de materiales como Japón, Corea del Sur y Europa, a economías mucho menos eficientes en el uso de materiales, como China, India y Asia Sudoriental. Esto ha llevado a un aumento de la presión ejercida sobre el medio ambiente por cada unidad de actividad económica.