“Con el Patón (Edgardo Bauza) hicimos 111 goles”.

““Ya está. Listo. Cumplimos”, me dijo el Patón cuando dimos la vuelta, y después se enfermó. Eso me mató” confió José Di Leo en Funes
Por Miguel Pisano
Sebastián Suárez Meccia / La Capital
El Camello Di Leo en Funes: “En los penales de la final me ponía nervioso lo tranquilo que estaba el Patón”
“Con el Patón (Edgardo Bauza) hicimos 111 goles”.
–¿Cómo que hicieron?
– Claro, el Patón hizo 108 goles de cabeza, ¿pero quién le tiraba los centros?
–¿Y los otros tres?
–Los hice yo: uno de tiro libre, otro de afuera del área y un golazo a Boca, al ángulo.
–Ese se lo hiciste al Loco Gatti: quisiste tirar un centro y la clavaste en el segundo palo.
–Qué falta de respeto...
A los 63 años, el Camello José Daniel Di Leo, el exjugador de Central, Talleres y Colón, extécnico de las inferiores canallas y exayudante de campo del Patón Bauza, vive en Fisherton pero se pasa el día en Funes. “Vivo en Fisherton Green, frente al aeropuerto, pero estoy todo el día en este bar y hago mi vida en Funes. Para el lado de Rosario tenés varios barrios cerrados –Fisherton, Aldea, ocho o nueve manzanas del Golf– que te cortan, en cambio salgo para aquí a tomar un café, voy a la verdulería del Colorado y a cargar nafta”, confía el Camello apenas se sienta en una mesa del bar del centro de Funes, donde juega de local.
–¿Fisherton Green funciona como un barrio de Funes?
–Absolutamente. Desde ese punto de vista es más funcional salir para Funes que para Rosario. Con Norma, mi esposa, y con el perro venimos todos los días a Funes y hacemos todas las compras: a la farmacia y a buscar casi todo. Acá había una Pizzería Juanas, de Marcelo Cosenza, que cerró y se fue a vivir a Canasvieiras, y el Enano Daniel, que se fue a Miami a trabajar en chapería porque allí no son como los yanquis que tiran todo y compran otro, ahí está lleno de latinos que arreglan los autos.
–¿Dormís en Rosario y vivís en Funes?
–Tal cual. En realidad volví a vivir en Funes, donde vivimos nueve años cuando jugaba, en una casa del pasaje Minetti, a la altura de la garita 17. Ahora vengo a ver los partidos de Central de visitante a la estación de servicio y el 9 de julio vinimos a comer asado a la estaca. Podés estacionar. Funes me encanta.
Nacido el 2 de enero de 1961, el Camello es hijo de Miguel, un repartidor de pan con una jardinera en el barrio Acindar, y de Nilda, quien tenía un almacén en Vera Mujica al 4700. “Mi viejo repartía pan con la jardinera y cuando yo salía de practicar le ayudaba a hacer la última vuelta. El panadero tenía una libreta y le ayudaba con las cuentas. Le ayudaba un poquito y me iba a cortar el pasto para el caballo.
–¿Cómo era la vida en el barrio Acindar?
–Mi vida era el fútbol. Mi viejo me seguía a todos lados desde que yo jugaba en Deportivo Rosario, en Ovidio Lagos y Benito Juárez, y después en Central. Un día me citaron a la selección de la Rosarina y en vez de ir a clase a la Técnica 7 me hacía la chupina y me iba a practicar, hasta que dejé la escuela y después terminé en un Eempa. Faltaba y no decía nada. Hasta que un día caí con gripe y mi viejo fue a preguntar a la escuela y se enteró de que no iba. Mi hermano mayor se levantaba todos los días a las 5 a trabajar con él, así que cuando mi viejo vino a retarme a la pieza donde estaba acostado mi hermano no se lo quiso perder. “¿A vos te parece la vergüenza que me hiciste pasar en la escuela? Fui a preguntar cómo andabas y me dijeron que no ibas más”, me gritó mi viejo, muy caliente, y yo lo único que le dije era la verdad: que no iba a clase porque me iba a practicar a la selección de la Rosarina. Entonces apenas se fue mi hermano, a mi viejo se le pasó todo, se sentó en la punta de la cama y me preguntó: “¿Qué tal te fue? ¿Te pusieron de 8 o de 5?”.
–¿Qué te acordás de tu infancia ligada a Central?
–Mi casa era el almacén del barrio donde teníamos un (combinado) Ranser. Los domingos le ayudaba a mi viejo, que a veces me llevaba a la cancha, y si no me dejaban escuchar el partido de visitante. Anotábamos los partidos. Jugar de visitante era más complicado y mi viejo le daba con un caño al Gordo Muñoz cuando gritaba los goles que le hacían a Central: “¿Qué grita este gordo hijo de puta?”.
–¿Quién te puso Camello?
–La Pepona Reinaldi, después terminamos amigos y me llevó a Talleres. Estábamos en una pretemporada en Córdoba, donde corríamos por un camino entre La Cumbre y Los Cocos. Todos paraban a tomar agua, pero yo no tomaba porque me daba dolor de panza, entonces la Pepona, que era uno de los más grandes, tiró que “este es un camello”. Yo era un pibe y cuando te cargan y te enojás es peor. Yo tenía mucho cabello y me enojé, pero ya me acostumbré tanto que ahora me decís “José” y no me doy vuelta.
–¿El Negro González fue el mejor 4 de Central?
–Tuve la suerte de tener los primeros recuerdos de la cancha vieja, que tenía la popular del río donde había una bajadita y un tapial donde me volvía loco viéndolos jugar al Negro González y a (Ramón César) Bóveda.
–¿Qué recuerdos tenés del Chango Gramajo?
–El Chango Gramajo una vez hizo un gol en un clásico en la cancha de Newell’s, gambeteó a Fenoy, hizo pasar la pelota de la línea y la sacó y la paseó frente a la tribuna local. El año pasado fui a ver a Central y estaba el Chango sentado solo en una platea y en otro lado estaba el Chacho (Coudet), rodeado de pibes que lo saludaban. Entonces agarré a cuatro o cinco pibes, les señalé al Chango y les dije: “Ustedes no tienen ni idea del jugador que fue el Chango Gramajo”.
–¿Cómo surgió tu amistad con el Patón?
–El Patón es tres años más grande y él llegó a la primera con 18 años, cuando yo recién empezaba. Antes la reserva y la primera jugaban juntas de visitante. Primero me hice amigo de los padres. A la final del 80 en Córdoba salió un colectivo de familiares y me llevaron como jugador de las inferiores. Los padres del Patón iban sentados adelante, me acuerdo que la mamá llevaba una canasta, paramos a comer en Río Segundo, donde pusieron un mantel y cuando vi que tenían sánguches de milanesa me quedé a hablar con el padre. Salimos campeones, el padre iba a ver las prácticas, lo saludaba y a veces me iba a la casa de ellos. Cuando el Patón se fue a Colombia me hice muy amigo de Héctor y Gladis, que eran como de mi familia, tenía mucha confianza con ellos. Mis viejos me enseñaron a ser respetuoso con los mayores. Y cuando el Patón volvió de Independiente el primer día de la pretemporada en La Cumbre fuimos a tomar un café con él, el Tordo (Palma) y (Jorge) Balbis y la amistad fue automática.
–¿Cómo fue tu breve paso por Colón?
–Fue una peripecia. A los 29 años la rodilla no me daba más y fuimos a Colón con Palma, (Eduardo) Delgado y (Erasmo) Doroni. Vivíamos en el Hotel Corrientes con Palma, donde a los dos meses nos echaron porque el club no les pagaba, lo mismo que hacía con nosotros. Fuimos con el Tordo a hablar al club y al otro día Palma me dijo “nos vamos”. Agarramos el auto, salimos por la autopista y en el camino encontramos al plantel que salían a correr con el técnico, que era Tarabini. Nos dio lástima, así que nos bajamos en short, como estábamos, nos pusimos a correr con los muchachos y nos quedamos igual.
-¿La lesión de meniscos terminó con tu carrera?
-Fue el último torneo de 38 fechas. Jugué 23 partidos y me lesioné los meniscos, estuve cuatro meses afuera y empezó a jugar Hernán Díaz, que tenía 21 años y fue titular.
-¿Cómo empezaste a trabajar como técnico?
-A los 26 años me lesioné por tercera vez y empecé a ver nuevos entrenamientos porque antes era sólo correr. Después dije no puedo tener 27 años y no seguir en el fútbol. Seguí cuatro años más hasta que el Patón agarró la reserva e implementó un nuevo método de trabajo y empecé a ver la reserva del visitante. En el 94 me dio la séptima, octava y novena de la Rosarina y me dijo: “Si andás bien, venís”. Y al otro año fui las inferiores de AFA. Salimos campeones en tres divisiones de la Rosarina y después en dos de AFA, con la 79 y con la 80. Pero ojo que el Patón no te lleva porque seas amigo.
-¿Cómo era el Patón como compañero?
-Cuando jugábamos en primera practicábamos mañana y tarde y dormíamos la siesta en el hotel de la Ciudad Deportiva. Un día dormíamos la siesta y escuchábamos que estaban los pibes de las inferiores pateando contra un frontón. Salgo y era el Patón, que estaba practicando tiros libres con Héctor, el padre, que atajaba y le alcanzaba la pelota. Como jugador era un animal. Y así terminó pateando los tiros libres del equipo.
-¿Y cómo era como técnico?
-Era un estratega que analizaba a los rivales y a los equipos que volaban les complicaba la vida. Donde fuimos mejoramos los equipos: dos Copas Libertadores, con Liga de Quito y con San Lorenzo, una Sudamericana y dos subcampeonatos del Mundial del Clubes contra Manchester y Real Madrid. Llegamos a siete semifinales internacionales.
-¿Cómo hacían para ver a Central en Ecuador?
-En Liga de Quito un amigo contrató DirecTV en Argentina y un decodificador con el que podía ver a Central. Entonces con el Patón hicimos poner una antena en el codominio y venían todos a ver los partidos. Mi casa parecía la popular. Hubo partidos en los que lo insultaba al línea durante un partido para que me echara y me iba a ver a Central por televisión, arreglado con el Patón. Una vez que putié a un línea por un lateral apenas empezó el partido, el tipo me miró y me dijo: "¿Qué la pasa, profesor?" Y en Rosario en las épocas en las que tenías que irte a Arroyo Seco para ver los partidos de Central de visitante un amigo descubrió que había un motel de Pichincha donde pasaban los partidos, así que nos íbamos con el Patón y otros dos amigos a ver los partidos en una pieza del telo. Le avisábamos al recepcionista que íbamos a ver a Central, pero un día algunos se quejaron porque gritábamos los goles.
-¿Qué significó salir campeón con Central?
-Fue lo máximo. El Patón siempre me decía: “Quedate tranquilo que Central va a salir campeón cuando volvamos. Vamos a salir campeones de la Copa Argentina”. Cuando vimos el fixture de la Copa Argentina vimos que con River y Boca sólo podíamos cruzarnos en una final y que tenían que jugar la Libertadores. En los penales de la final me ponía nervioso lo tranquilo que estaba el Patón. Es un tipo 100 por ciento optimista. Me agarró taquicardia, me subió la presión y no pude ver los penales porque me llevaron a una camilla en el vestuario. Y cuando salimos campeones, dimos la vuelta y me dijo: “Ya está, listo, cumplimos” y después se enfermó. Eso me mató.
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