Magdalena Barrios, una chaqueña de 70 años que vive en el barrio Villa Golf de Funes hace 37, tiene con su esposo el Comedor y Merendero “Ayudemos para vivir”, que funciona durante la semana como merendero y dos días con cena, solventado con donaciones de los vecinos funenses.
Cabello largo canoso recogido, un pañuelo multicolor, grandes anteojos, campera de polar marrón, pantalón negro y blanco a rayas finitas, medias y zapatillas blancas, Magda o Madi o Coca -como la llaman todos- espera sentada a una vieja mesa de madera debajo de la galería en la vereda de su humilde casa de la calle Figueras, en Villa Golf, el primer barrio de Funes por la entrada de la ruta 9. En la puerta de la humilde casa Coca tiene un santuario con una imagen de la Virgen de San Nicolás y otra de la de Itatí, entre otras, debajo de un sencillo cartel que reza: “Ayudemos para vivir. Comedor y Merendero”. Típico barrio suburbano por donde se lo mire, aquí la vida transcurre en la vereda y en la calle, como esas típicas Pelopincho que florecen en verano debajo de los plátanos o de una vieja mora salvaje. “En Funes no hay villas” advirtió la concejala peronista Soledad Míguez en una nota con La Capital. Y es cierto. Villa Golf -que debe su pomposo nombre a su ubicación detrás de las canchas del Rosario Golf rosarino- es un barrio de casas precarias de material, chapas y maderas, que se levanta cerca del arroyo Ludueña, en un típico paisaje arrabalero de tejidos, gallineros y encantadores perros callejeros como Luna, la perrita marrón despeinada de Magda, que “apareció un día y no se fue más”.
Nacida el 1º de junio de 1954 en Mesón de Fierro, “un pueblito de campo muy viejo, que queda entre Villa Angela, Coronel Pinedo y San Bernardo” Coca es hija del ama de casa Ermelinda Araya, de 99 años y que “vive acá nomás, en la entrada” y del agricultor Angel Barrios, quien murió y que “tenía un campito donde sembrábamos algodón, sandía, zapallo, camote y maíz.
-¿Cómo era la vida en el Chaco?
-Es una vida muy dura, es muy difícil mejorar y salir adelante. Hay mucha pobreza y la gente se mantiene con eso: con algunos animales y una quinta de donde sacan zapallos y verduras. Chicos y grandes trabajábamos el campito. A los cinco o seis años andábamos corriendo vacas, gallinas y chanchos.
-¿Cuándo vinieron a Funes?
-Cuando yo tenía 32 años, en 1986, vino una creciente muy grande. Fue terrible: el agua se llevaba las vacas. Abandonamos todo. Primero vino mi marido y al mes fue a buscarnos. Un vecino vino con un tractor con acoplado y nos sacó del campo hasta la ruta, donde tomamos un colectivo hasta Hermoso Campo y allí tomamos el tren hasta Rosario.
-¿Cómo fueron los comienzos?
-Vinimos con mi marido y siete hijos a vivir dos meses a la casa de una hermana, en Pérez, que trabajaba en las quintas, hasta que pudimos alquilar. Después, en el 87, me enfermé muy grave de cálculos en la vesícula y me internaron tres meses y me operaron en el (Hospital Provincial del) Centenario. Un día vino el director del hospital y me dijo: “Te tengo que operar de vuelta”. Estaba muy flaca y no podía ni camnar, terminé en una silla de ruedas. Mi marido se iba a las 5 de la mañana a trabajar a las quintas, por suerte vino mi hermana de Buenos Aires y me dijo: “Tengo un terreno en Funes, si querés me lo pagás, y si no es tuyo”. Así que nos vinimos al barrio, donde viven todos mis hermanos.
-¿Cómo era Villa Golf entonces?
-No había nada. Estaba el golf cerca y había cinco o seis casas. Vinieron mis hermanos y mi marido a hacer la cocina. Compramos muebles usados, una cocina y camas para los chicos. Habían unos piletones, acá nomás, de donde agarrábamos ladrillos y escombros con los chicos y los traíamos. Después por Mendoza íbamos con mi marido y sacábamos tierra, chapas y fierros.
-¿Cómo hicieron para salir adelante?
-Soy muy católica. Tengo mucha fe en la Virgen y me ayudó. Y salí adelante. Mi esposo trabajaba solo en las quintas y podíamos comprar el pan y la carne y mandar a los chicos a la escuela. Tenía dos hijas de 15 y 16 años sin trabajo. Empecé a trabajar en la Municipalidad, de mucama en el Dispensario, donde entré por el Plan Jefas y Jefes de Hogar.
-¿Cómo surgió la idea del comedor comunitario?
-Hará 15 años, cuando estaba el doctor (Juvenal) Rimini, empezamos con el comedor en el galpón del panadero. Estuvimos más de un año, pero “Pico” tenía que hacer el pan, así que no podíamos estar más, y yo ofrecí mi casa para cocinar.
-¿Qué pasó en la pandemia?
-Cuando vino la pandemia fue muy duro porque acá hay muchos albañiles y gente que corta el pasto, estaban todos enfermos y no podían salir. Había mucho hambre. Me agarré el Covid y casi me muero. Estuve un año con terapeuta y gracias a Dios me curé. Un día vino mi hija Isabel y me dijo: “¿Qué te parece si les hacemos una comida?” Y así empezamos a cocinar papas, polenta, guiso de fideos y de arroz, locro. Con el Covid empecé con el merendero y con apoyo escolar con maestras jóvenes que venían y con técnicos que daban electricidad, y también repartíamos bolsones.
-¿Cómo mantienen el comedor?
-A la gente le pido que done lo que pueda. Yo soy pensionada y mi marido es jubilado, pero cuando no alcanza para cocinar lo compro.
-¿Cuántas familas vienen a comer?
-Tengo 30 familias, por ahí son 28. Vienen con con su taper o con ollas para cinco, seis, siete y ocho. Tengo una olla grande. Mi marido me ayuda a pelar el pollo y a cortar la carne. Si tenemos mercadería damos la merienda. Nos donan pan y yo compro mermelada. Ayer tenía mate cocido y no tenía pan, pero si no tengo pan hago tortas fritas.
-¿Qué le pedís a la gente?
-Entiendo a la gente porque está todo muy caro, así que le agradezco lo que nos da y ojalá Dios se lo muiltiplique. Que done lo que pueda: un paquete de fideos o de arroz para nosotros es mucho.