Es incontable el número de bandas beatle que hay en el mundo. De norte al sur de la Argentina y de punta a punta del planeta, siempre habrá otra nueva versión de Paul, John, George y Ringo. Y cuando escuchemos una vez más “Love me do”, “Hey Jude”, “The long and winding road”, “Ticket to ride” o “Let it be”, por nombrar solo cinco hits de la larga lista de clásicos de la banda inglesa, se nos pondrá la piel de gallina. Así de simple. Porque nos van a remitir a los asaltos (no los de ahora, los de antes: esos bailes de la primaria en los que llevábamos la pizza fría y la Coca Cola caliente en las casas de familia), a la inocencia de esos tiempos de pantalones oxford, zapatos con plataforma y preguntas sin respuestas, al despertar sexual, los granitos en la cara, el juego de la botella, los fogones en los campamentos cuando se cantaba con la guitarra desafinada una que sepamos todos y nadie se sabía la letra entera de “Yesterday”, a los días en los que había más casilleros de cosas por descubrir que verdades intocables. A esa geografía te llevan las canciones de Los Beatles. Por eso siempre que hay una banda beatle sonando, hay una persona más que quiere escucharla. Porque las canciones que dejan huella siempre nos invitan a viajar en el tiempo, con mochilas más pesadas sobre el hombro, pero con un sentimiento tan intenso que siempre nos habilita un nuevo boleto para pasear.






















