Capitán Bermúdez.— Es una calle larga y pedregosa; al final algo que podría
ser una hostería cordobesa con 30 habitaciones o una escuela. Podría ser una casa con chicos
jugando. Pero no es eso, es el Hogar San Roque. Allí viven unos 50 chicos con discapacidades,
algunas severas y, por ocurrencia del destino, también viven los protagonistas de la película
"Mundo Alas".
Rosita, Pancho, Stellita, Beto y Juan Pablo anduvieron por
el país en una gira artística. Se presentaron en Córdoba, Santa Fe y en el Luna Park. Lo que
mostraron se filmó, ésa es la película. Lo hicieron junto a otros artistas con dificultades y
mostraron lo que saben: Pancho canta, Rosita y Stellita filman, Beto asiste y los otros bailan. A
todos los convocó el músico "querido" León Gieco y sobre todo, son y fueron felices antes y después
de hacer la película.
Ya no son discapacitados, no saben del "no podemos". El
film muestra historias que adivinan la pasión del día a día. "Vamos por más", dice Pancho Chévez,
músico. "Me sentí como una familia más haciendo Mundo Alas", dice.
Fotos. Stellita no habla. No mide más de 1,20 metro, tiene 14
años y quiere fotografiar la vida. "Está bien, me gusta porque sí", dice como frase vergonzosa para
justificar su pasión por las imágenes. "Ella tiene una visión distinta", dice Beatriz, una de las
laicas que atiende el hogar desde hace 34 años. Les gustó viajar, extender los pasos por sobre las
sillas de ruedas, los andadores o la pisada cortita.
La película estuvo en cines y luego será recuerdo. Pero el hogar San Roque hace
35 años que está y ahí la ONG de la "Providencia Divina" da refugio a 50 almas.
En Capitán Bermúdez los conocen, son Pancho Y Rosita.
Comparten sus días con discapacitados profundos, mujeres con síndrome de down, niños con problemas
neurológicos, congénitos, enanos y la galería de desventurados que pueda imaginarse y que va desde
los 4 a los 60 años.
Pese a sus dificultades, Rosita estudió inglés y relaciones
públicas y es la "prensa" de Pancho y del hogar. Los chicos encontraron un lugar en donde la
discapacidad no es tanta y son fanáticos por vivir.
El idioma de los chicos del hogar es el que pueden; gritos,
sonidos y caricias. El mapa del suelo que pisan les resulta familiar y, los que lo logran, trabajan
en el taller de panificación o hacen terapia laboral.
En ese pedazo de sol en el que viven los amigos de Pancho y
Rosita se encuentran muchas vidas. Como la de la niña que vivió 20 años con su madre débil mental,
hasta que se casó y pudo llevarse a la mamá a su casa. Algunos, abandonos en cajas y
desesperación.
El lugar es una geología de males sin tregua y las dos
laicas consagradas que están al frente no dudan en dar batalla diaria. Beatriz y Gladys casi
abrieron el hogar: "Pancho y Rosita eran chiquitos" dice una Beatriz emocionada. "Es una bendición
que el hogar sea conocido por los chicos, siempre buscamos que se integraran", sostiene Gladys. Las
asisten cerca de 50 profesionales de todas las ramas terapéuticas
Los chicos que pueden andan solos por la ciudad, a otros
los llevan y si no se mueven en ese mundo propio, con pájaros y murmullos. Siguen con su idioma
extraño y sus brazos extendidos, con los muchos límites del amor derribaron la soledad y la
discapacidad. Serán dignos.