Es martes, son las 13 y Gabiniz comienza a montar la muestra en el patio de la Escuela Nº 540 Camino de los Granaderos, de Salvat al 1100. Está emplazada en barrio La Florida, aunque muchos de sus alumnos son de La Cerámica, Zona Cero (Roberto Fontanarrosa), el Remanso Valerio y Granadero Baigorria.
A uno y otro lado de la puerta que da al patio el docente cuelga las nueve pinturas: seis de un lado, tres del otro. Allí están ellos y ellas. Inmóviles. Un pibe de gorrita ligeramente inclinado que mira de frente y sonríe acompañando el gesto con los pulgares hacia arriba, un chico de buzo canguro que se lleva la mano a la pera, un nene que domina una pelota con sus pies mientras extiende los brazos. Sobre la tela, dibujados con carbonilla y pintados con colores intensos, los personajes lucen vivos. Insoportablemente vivos.
Una hora después casi una veintena de chicas y chicos de cuarto y quinto año de la terminalidad de arte salen al patio y empiezan a recorrer las pinturas que cuelgan de dos alambres finitos, como sábanas puestas a secar al sol. Las miran, tratan de entenderlas, les sacan fotos con su celular. Alguno hasta intenta tocarlas para sentir la textura de las pinceladas.
Después se colocan en ronda alrededor de Gabiniz, quien contorsiona sus larguísimas piernas y se sienta en el medio del patio. Pero más que dar una clase o intentar explicar las pinturas lo que hace el docente es abrir un espacio de escucha. Qué ven, qué creen que ven, qué significa, quiénes son esos reaparecidos, dónde están esos chicos. Un lento ida y vuelta entre el artista y los estudiantes. “Es como un homenaje para que la gente no olvide”, sintetiza una de las alumnas de la 540.
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La muestra captó la atención de estudiantes de la 540. Sobre la tela, dibujados con carbonilla y pintados con colores llamativos, los personajes lucen vivos.
Foto: Celina Mutti Lovera / La Capital
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Foto: Celina Mutti Lovera / La Capital
El duelo
La muestra “Reaparecidos, retratos de jóvenes ausentes” se presentó a fines de agosto en la sede de Amsafé Rosario, en el marco de la campaña “Basta de matar a nuestrxs alumnxs”. Entre el público había docentes y amigos de algunos de los chicos dibujados por Gabiniz. “Retratar el duelo”, fue el acertado título que eligió María Cruz Ciarniello en una nota publicada en el portal Enredando cuando se realizó esa actividad.
“La idea era retomar el ‘Basta de matar a nuestrxs alumnxs’ en un contexto donde cada vez más chicas y chicos son víctimas y victimarios de esta ultraviolencia que estamos viviendo en Rosario”, dice Emiliano Fagotti, profesor de historia y delegado de Amsafé Rosario. Según datos del Observatorio de Seguridad Pública provincial, entre enero y octubre de 2023, una de cada diez víctimas de homicidios en Santa Fe tenía menos de 18 años. En Rosario, en lo que va del año son 17 los menores de edad muertos por armas de fuego, casi en su totalidad de barrios periféricos de la ciudad.
El movimiento “Basta de matar a nuestrxs alumnxs” surgió entre 2014 y 2015, por el impulso de un grupo de docentes preocupados por la seguidilla de casos que se llevaba la vida de pibes jóvenes que dejan un banco vacío y un dolor espantoso. El linchamiento de David Moreira y el crimen por Jonatan Herrera los movilizaba. “En los últimos años lo que pasó fue que empezaron a caer alumnos pero ya no por balas policiales —como en el caso de Herrera— sino por una violencia vinculada a la narcocriminalidad, por eso se decidió reflotar esta campaña”, resume el delegado gremial.
El duelo se hace presente en las aulas. Por eso para Fagotti es necesario abrir el diálogo con adolescentes que viven en una ciudad feroz. El docente aún recuerda cuando hace diez años daba clases en una escuela de Parque Oeste y sus alumnos de barrio Santa Lucía le contaban que de noche dormían bajo la cama. En la oscuridad los tiroteos eran constantes y había que guarecerse de las balas como sea.
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La campaña gremial denuncia las muertes de niñas, niños y adolescentes.
Foto: Celina Mutti Lovera / La Capital
Los amigos
En medio del patio, el docente habla de las técnicas que usó para pintar, de los dibujos con carbonilla sobre la tela cruda, de los colores al óleo, del esmalte sintético y del barniz, hasta plasmar cuadros que tienen elementos figurativos (los cuerpos de los chicos y chicas) combinados con lo abstracto de las formas que trazan los colores. Pero también habla de cómo esos primeros dibujos en carbonilla fueron fotografiados para imprimirlos en tamaño real sobre papel para ser pegados en paredes de escuelas y en la vía pública.
El grado cero de los nueve lienzos primero fueron fotos hechas a esos niños y adolescentes. Algunas son de su archivo personal y otras las sacó de los medios de comunicación de crímenes resonantes. Nombres propios que fueron historias reales. A varios de ellos Ariel Gabiniz los conoció, fueron sus alumnos en talleres de espacios barriales y hoy son vidas segadas por la violencia. Los recuerda con dolor, sobre todo porque sabe de cómo se esforzaron para construir una vida mejor. Pero en la muestra cada chico es un número: reaparecidos #1, reaparecidos #2, reaparecidos #6... La decisión es política. “Mantenerlos en el anonimato —dice— tiene que ver con que el reclamo no es solo por ellos sino más genérico, como un símbolo de lo que está pasando”.
Sentado frente a los alumnos de la 540 el docente hace un alto en el relato y pregunta: “¿Ustedes tienen amigos muertos?”. Tímidamente se escuchan algunos “sí”. “Bueno, yo a mis 49 años todavía no tengo ninguno”, contesta, y agrega: “Es terrible que todos conozcamos jóvenes que han fallecido por la violencia en la sociedad”. Gabiniz propone reflexionar sobre el absurdo que pibes y pibas aparezcan cada vez con más frecuencia en las crónicas rojas. Y sobre la pregunta de qué pasó en el medio para llegar a esta angustiante realidad. La desigualdad será una palabra que Gabiniz repetirá y otra vez.
“Este trabajo no intenta más que generar preguntas, dejarlas abiertas”, dice el docente. Pero también invita a buscar respuestas colectivas a esos interrogantes. Por eso el hacer visible a esos chicos y chicas que ya no están y que ahora reaparecen desde el arte. “Hacer presente a los que están ausentes, para pensar nuestra propia finitud. Cuando el final llega temprano no es natural”, dijo.
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Sentados en ronda, los estudiantes de la 540 conversaron con el artista.
Foto: Celina Mutti Lovera / La Capital
La memoria de Maite
Verónica Taborda es la vicedirectora de la secundaria de Salvat al 1100. Más allá de que una de las terminalidades de la secundaria es arte, la charla los atraviesa también desde lo humano. “El año pasado tuvimos varios alumnos fallecidos por hechos de violencia y este año una alumna más”, dice la docente. Esa alumna era Maite Gálvez, una chica de 15 años asesinada en mayo en un doble crimen ocurrido en barrio La Cerámica. Con ella también perdió la vida Máximo Luján, un nene de 14 años que era alumno de la Escuela Nº 1.315 Itatí de Corrientes.
Cuando ocurrió el doble homicidio ambas escuelas permanecieron cerradas por duelo. Pero luego había que volver a clases con el peso de una muerte. “Entonces decidimos trabajar con los chicos de manera indirecta, con textos de Galeano. Reflexionando sobre la violencia, pero también haciendo hincapié en los sueños. Por eso con esta muestra pensamos que el arte es compromiso, y si hay tristeza de ahí tiene que surgir esperanza, un pesimismo transformador”, reflexiona la vicedirectora.
Una de esas propuestas fue el armado de un árbol de los sueños, con deseos de los estudiantes, con mensajes que iban desde el fin de la pobreza hasta el conseguir un trabajo. Poder mirar por la ventana y no ver violencia, o soñar con el día que no haya ruido de balas en el barrio. El año pasado, tras la muerte de un alumno, uno de sus amigos volvió del velorio con una sensación atroz. “El próximo soy yo”, dijo en la escuela. Ya habían caído dos de su grupo y el sentía que las balas picaban cada vez más cerca.
Termina la charla y los chicos se internan en el patio, cerca del pasto. Eligen una pared blanca ubicada entre dos ventanas y empieza la pegatina con el retrato blanco y negro de una chica. Dos de las alumnas de cuarto año de las 540 toman unos pinceles y esparcen el pegamento. “Háganlo fuerte, a lo bestia”, les dice entre risas Gabiniz. Cuando terminan otro chico toma un aerosol negro y rocía la pintura sobre una plantilla, para estampar la frase “Basta de matar a nuestrxs pibxs”. Después salen fuera de la escuela y hacen otra pegatina en una de los muros laterales. “Las paredes —dice Gabiniz— son la imprenta de los pueblos”.
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Foto: Celina Mutti Lovera / La Capital
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Foto: Celina Mutti Lovera / La Capital
El verbo
Gabiniz se presenta como artista y docente, aunque aclara que estuvo poco tiempo en la educación formal. Su actividad la desarrolló más que nada en espacios de educación no formal de la actual Secretaría de Desarrollo Humano municipal. Como los talleres de muralismo que dictó en Centros de Convivencia Barrial, donde conoció a cinco de los nueve jóvenes de la serie “Reaparecidos”. Actualmente da clases de pintura a adolescentes y jóvenes en el Galpón de las Juventudes.
Días antes de estar en la institución de barrio La Florida, Gabiniz llevó la muestra a la Escuela Primaria Nº 90 María Remedios del Valle, de calle Córdoba al 3800. Una escuela con un proyecto institucional marcado por una impronta vinculada a la lucha contra el racismo, los estigmas sociales y la discriminación.
En este caso fueron los chicos de séptimo grado quienes participaron con sus preguntas de la charla en una de las aulas. Nenes y nenas de entre 12 y 13 años. Dice que cuando les contó que aparecer es un verbo intransitivo que significa hacerse presente ante los demás de manera inesperada, un nene tomó la palabra y pensó en voz alta: “Pero si reaparecen es porque están desaparecidos”. Cuando les tuvo que contar que efectivamente esos chicos ya no están porque “desaparecieron” de una forma violenta, se hizo un silencio en el salón hasta que casi sin decirlo, entendieron que entonces esta muestra era en recuerdo a esos chicos que ya no están. Con entusiasmo, después ayudaron a hacer la pegatina de la silueta de un nene en una pared de fondo amarillo, ubicada en el descanso de una escalera. Carina Trivisonno, directora de la Escuela 90, dice que como esa silueta tiene los mismos tonos grises de los escalones, de lejos parece uno de sus alumnos: “Realmente a veces lo tengo que mirar dos veces, porque parece un pibe que me está mirando, tiene esa profundidad, es muy conmovedor y por eso creo que nadie queda indiferente ante esa imagen”.
En 2024 Ariel Gabiniz seguirá recorriendo las escuelas secundarias con la muestra. ¿Por qué? Responde: “Para preguntarse, para repensar, para saber qué piensan los pibes y las pibas, para desnaturalizar. Eso creo que es lo más importante, más allá de su contenido plástico. No hay que naturalizar lo que está pasando, esto no debiera ser así”.