Educación

Niñas, principales víctimas del abuso sexual infantil

Un grupo de investigación brinda herramientas a profesionales y docentes involucrados en el tema.

Sábado 24 de Agosto de 2019

Una investigación de la Universidad Nacional de Luján sobre el abuso sexual infantil concluye que existe una diferencia de género muy clara: se estima que hay cinco niñas abusadas por cada varón y que la enorme mayoría de los abusos son cometidos por varones que tienen relación directa con el entorno familiar.

La investigación “Infancia y necesidades. Abuso Sexual Infantil (ASI)”, radicada desde 2016 en el Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Luján (Unlu), colabora en desarmar mitos respecto de un tema opaco para la sociedad y proporciona herramientas a profesionales de diferentes disciplinas que intervienen en este campo.

“Hay poca formación en este tema para trabajadores sociales, psicólogos, abogados, docentes o médicos y, a la vez, encontramos mucho interés en formarse en contenidos que puedan abrir el panorama”, explica María Fabiana Carlis, magister en trabajo social y directora del proyecto.

A partir del análisis de expedientes judiciales del Fuero de Familia, los investigadores trabajaron sobre los perfiles de tres actores involucrados en casos de ASI: el niño como víctima del abuso, el adulto que lo perpetra, que en general pertenece al entorno familiar, y las personas que escuchan el relato del niño respecto del abuso, el “develamiento”.

“Tratamos de caracterizar a esta población víctima de abusos, qué edades tienen, cuántos varones y cuántas niñas, y sobre el abusador, tratando de comprender cómo se constituye su identidad como tal; y quiénes son los que escuchan y cómo reaccionan frente a lo que dice el niño o la niña”, indica Carlis.

Entre las principales conclusiones de la investigación surge que existe una clara diferencia de género, ya que se estima que hay cinco niñas abusadas por cada varón y que la enorme mayoría de los abusos son cometidos por varones que tienen relación directa con las niñas, en primer lugar los padrastros o las parejas de las mamás, y en segundo lugar, los padres.

“Un abusador no se constituye de un día para el otro en una persona que cree que puede disponer del cuerpo de ese niño; también vamos entendiendo que no se trata de un problema centrado en la sexualidad, que lo central es la palabra ‘abuso’, que da cuenta del poder como categoría más relevante”, señala Carlis.

“Se trata de alguien que usa el poder que tiene como adulto, como persona más madura con más conocimientos y trayectoria de vida sobre otro u otra al que toma como un objeto, en este caso, como un objeto sexual. Pero lo central es un adulto que impone el poder sobre un niño o una niña”, amplía.

Mujeres y relatos de la víctima

Respecto de las mujeres que escuchan el relato de la víctima se pueden identificar tres categorías:

• La mamá, la abuela o la tía que creen lo que el niño o niña dice e inmediatamente actúan protegiéndolo, expulsando a ese varón del espacio de convivencia, haciendo una denuncia y siguiendo el protocolo de las instituciones.

• La persona que escucha pero en principio no puede creer lo que está pasando, a quien le toma un día, una semana o un mes tener conciencia de que esto pasó e iniciar un proceso de protección. El impacto de lo que ahora sabe no le resulta fácil de procesar.

• La mujer que, por distintos motivos, no puede creer ni generar los actos de cuidado de la víctima. “Ese niño es el que más necesita la presencia de las instituciones del Estado”, explica Carlis.

“Vamos desarmando las características de cada uno de los sujetos para mejorar las intervenciones de los y las profesionales que trabajamos en el tema ya que hay poca información y muchos mitos”, señala la trabajadora social.

Consultada por estos mitos, Carlis detalla que “el primero es que, como cualquier tipo de maltrato sólo sucede en las familias pobres, aunque está probado que ocurrre de manera similar en todos los niveles socioculturales y económicos”.

“En las familias pobres se detecta más porque son mucho más miradas por la escuela, por el hospital, por las unidades sanitarias. Los pobres siempre están más observados que las clases medias o altas y hay más detección de casos que en otras familias están ocultos”, describe.

“Ese ocultamiento hace que sea más largo el proceso de niños abusados; pasan muchos años hasta que logran poder decir lo que sucedió, lo vemos en los medios con jóvenes que acusan a sacerdotes o religiosos muchos años después de que han transitado por esos espacios institucionales”, añade.

“Otro mito es que los niños mienten cuando cuentan estas cosas, que son fantasiosos, que inventan”, enumera Carlis y advierte que “sí, los niños por suerte son fantasiosos porque es parte de su construcción como personas, pero nadie puede inventar cosas sobre lo que no conoce”.

“Voy a ser cruda en esto: ningún niño de tres o cuatro años puede describir el pene erecto de un varón adulto si no lo vio, tocó, o si no lo tuvo sobre sí mismo”, señala y afirma que “a los niños hay que creerles porque dicen la verdad, como pueden pero dicen la verdad. Esta probado que el 95 por ciento de ellos manifiesta lo que efectivamente le ocurrió. ¿Por qué quedarnos con una duda por la posibilidad del 5 por ciento que son ‘fantasiosos’? Eso es negar la realidad”.

En este sentido, Carlis indica que “es tan aberrante y difícil para la sociedad en general tramitar que haya adultos capaces de hacer estas cosas que preferimos quedarnos en las sombras, en lo opaco o en lo dudoso, antes que en la certeza de que el niño dice la verdad”. Para la investigadora estos son algunos de los mitos centrales con los que la sociedad se protege: “Son construcciones sociales para defendernos del miedo que nos da aquello siniestro con lo que tenemos que vivir”, reflexiona.

El equipo del proyecto se propone llegar a los profesionales del área de influencia de la Universidad Nacional de Luján y también a las áreas de formación docente “porque hay un núcleo de detección de casos, los docentes que no tienen formación en este tema pero son los que primero escuchan, y a veces no saben cómo reaccionar”.

En esta línea, ya realizaron dos jornadas abiertas a la comunidad en 2017 y 2018, con especialistas en el tema de diferentes áreas. “Estamos encaminados a ampliar las acciones de extensión para llegar a más profesionales y estudiantes y colaborar en generar un cuerpo de personas cada vez más formadas para la prevención y asistencia. Es una misión de la Universidad dialogar y realizar aportes al territorio en el que está inserta”, cuenta Andrea Barcos, también trabajadora social y codirectora del proyecto.

Fuente: Argentina Investiga

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