Educación

Mayo 1968: la imaginación al poder

Hay mucho por reinventar sobre desobediencia civil, resistencia pacífica activa y movimientos de protesta en acto.

Sábado 19 de Mayo de 2018

Aquellos fueron los días, si parafraseamos una vieja canción del sello Apple, el de los Beatles. Como estos melenudos, mayo del 68 fue el símbolo de una generación rebelde, cansada del hastío del capitalismo que hace de la vida una escalera a las ganancias que halla su cúspide en la muerte, y también de aquel socialismo burocrático que semejaba la moral de una nueva Iglesia.

Basta a todo eso. El pelo largo masculino, la minifalda femenina, el hippismo, la revolución sexual eran ingredientes de esa generación que se olvidó de repetir el pasado. "Mientras más hago el amor más hago la revolución", se arengaba en los lemas que llenaban Nanterre o la vieja Sorbona. Era una revolución cultural, que se ligaba a la noción de revolución social: por eso la apelación a la obra de Marcuse, por ello el apoyo que muchos establecieron en el humanismo sartreano. En tiempos de estructuralismo, el cientificismo althusseriano no fue herramienta útil para la revuelta: Cohn Bendit y Rudi Dutschke hablaban otro idioma, expresaban a una juventud que aspiraba a algo más que transformar el modo de producción.

Tiempo de imaginación abierta, de esperanza absoluta, de apuesta a una monumental apertura de la historia: el chinoísmo ganaba adeptos, que lo eran no de esta patética estructura productivista actual, sino de una sociedad revolucionaria que se animaba a la aventura de la Revolución Cultural. Allí abrevaba Philippe Sollers, y al respecto llegó a escribir un texto memorable el entonces ascendente Jacques Derrida. Era la hora del acontecimiento permanente, de inventar radicalmente cada instante, de sacudir la modorra de las costumbres con un gesto crítico y a la vez placentero. Era —en un solo movimiento— la apertura a lo dionisíaco y lo apolíneo de Nietzsche, leída en clave revolucionaria pasada por Marx.

Quién pudiera. Quién pudiera hoy, 50 años después, reencontrarse con ese vigor y esa esperanzada lectura de la historia. Tras todos los sufrimientos, tras la noche larga de la dictadura argentina —junto a otras homólogas en toda la región—, tras la memoria de los perseguidos y los muertos, tras las seguidillas neoliberales de los últimos años y del más prístino presente, todo aquello parece un sueño lejano, o una fantasía de leyendas. Pero no lo fue. Fue real, fue un hito de concreta historia.

Es cierto que no se pudo hacer la revolución social. Es verdad que la tardía llegada de los obreros a la lucha iniciada por los universitarios no logró voltear al sólido sistema político francés, instalado en el centro de Europa y del capitalismo planetario. El Partido Comunista Francés había aportado su propia incapacidad, aliado acérrimo de la geopolítica de Moscú: "Son apenas un grupúsculo", editorializó. La realidad le pasó por arriba.

Pero la represión y el cansancio de los días de barricadas fueron desgastando el movimiento. No hubo revolución, entonces: pero cayó De Gaulle, que no es poco. Y la universidad francesa (mas no sólo la francesa) hubo de ser reformada de inmediato, bajo el miedo de que fuera cuna de nuevos movimientos de protesta que llegaran más allá de los muros de la universidad.

Hasta Lacan se sintió en la obligación de decir algo sobre la situación: dio la nota de escepticismo sobre los cambios posibles de la subjetividad. Y no es que estuviera errado, pero la teoría de la subjetividad no es teoría de la historia: a su análisis le faltó alguna parte o —dicho mejor— su lectura sobre la historia se hacía sólo desde la perspectiva psicoanalítica.

No hubo revolución social, pero hubo cambio cultural. La generación de los sesentas y tempranos setentas no pudo cambiar el sistema de organización social ni voltear al capitalismo, pero pudo modificar radicalmente las costumbres. Ya el placer no fue un pecado, y se dejó de entenderlo en clave culpógena, para ser pensado como emancipador en los términos de Eros y civilización de Marcuse, o en los de la memorable versión fílmica de Teorema, promovida por el enorme Pasolini.

En ese sentido aquella generación sí cambió la historia, y no en grado leve. Pero las astucias del sistema son más de las que uno pudiera imaginar, y llegó pronto el remanso de la crítica y la intensidad en lo que se llamó "sociedad posmoderna". El capitalismo pudo subsistir a la revuelta cultural, apacentándola e integrándola a su propio repertorio. Devino una estetización generalizada de la existencia, hoy presente en el culto al mundo de la imagen, a la TV y la Internet. La promesa de "un mundo otro" surgida de las vanguardias artísticas y la revuelta de mayo, fue reconvertida a su caricatura en las publicidades televisivas y los magazines con chismes de personajes mediáticos, en el culto a los viajes y la energía puesta al servicio del "pasarla mejor".

Pero las pulsiones emancipatorias no han muerto. Mucho nos enseña, todavía, mayo. Mucho nos dice de una primavera que se anunció con tamaña pasión y turbulencia.

Porque hay todo por inventar ahora. Todo por inventar de nuevo. Sobre todo, la rebeldía. Sobre todo las ganas de un mundo diferente. Sobre todo la apertura al resplandor de la esperanza.

Hay que repensar las formas del cambio. Ya no cabe —al menos en el horizonte presente— la posibilidad de la revolución. Pero sí la de la revuelta; sí la de la rebelión social. Hay mucho allí que explorar, mucho por reinventar sobre desobediencia civil, resistencia pacífica activa, movimientos de protesta en acto. Argentina ha aportado mucho en este sentido: cabe aportar más. La estabilidad democrática no puede chantajear a los ciudadanos impidiéndoles el derecho a la expresión y a la protesta.

Y la sociedad que vendrá: hay que repensarla. No han sido exitosos los pretendidos socialismos, que se han llevado consigo enormes compromisos, múltiples sacrificios, muchísimos luchadores muertos: lo que fue la URSS, lo que es China, lo que hoy es Vietnam. No pasa por allí el futuro: el partido único, el Estado como exclusivo garante, han mostrado ser —cuando no erróneos— al menos insuficientes como instrumentos del cambio.

Y cabe reasumir las ricas experiencias de la Latinoamérica de estos años, desde la Venezuela que lideró Chávez a Ecuador o la Argentina: donde mucho hay por aprender para profundizar logros, superar errores, enfrentar a las brutales (y diversificadas) ofensivas mediático-judiciales que hoy han logrado desplazarlas, en operaciones de obvio "made in Washington".

La imaginación reta al poder. Lo hizo hace cincuenta años, cabe hacerlo también ahora. Ojalá el aire fresco de la esperanza, de la creatividad, de la sana audacia contra lo establecido, sea capaz de conmovernos nuevamente cuando nos recostamos en la remembranza de aquella ya venerable experiencia, a su modo portadora de un sentido inaugural de la historia.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario