Educación

El reloj robado

Un relato sobre las lecciones de un maestro y las huellas que puede dejar en sus alumnos para que sean mejores.

Sábado 30 de Noviembre de 2019

Las lecciones no están solo en los libros. Lo que tenemos que enseñar y aprender no es solo el cuerpo de conocimientos que ofrece el curriculum. Se pueden (deben) enseñar y aprender muchas otras cosas relacionadas con el saber sentir, con el saber estar y con el saber ser.

Recuerdo ahora el excelente libro de mi añorado Eduardo Galeano Patas arriba. La escuela del mundo al revés. Nunca he sabido a ciencia cierta si el subtítulo hace referencia a la escuela del mundo al revéso a la escuela del mundo al revés.En cualquier caso se trata de un hermoso e impactante libro con el siguiente programa de estudios (que, en realidad, es el índice temático de la obra): la escuela del mundo al revés, cátedras del miedo, seminario de ética, clases magistrales de impunidad, pedagogía de la soledad y la contraescuela. Viene a decir Galeano que la vida es una escuela con un perverso curriculum que aprendemos de forma subrepticia. A través de los nefastos ejemplos que se encuentran en las estructuras injustas y en los comportamientos corruptos aprendemos el miedo, la injusticia, el dolor, el racismo, el machismo y la impunidad.

Me sorprendió, la primera vez que me asomé a este libro, leer el siguiente relato en la página 155. Se titula Vidas ejemplares. “A finales de los años 80, todos los jóvenes españoles querían ser como él. Las encuestas coincidían: esta estrella del mundo financiero español, rey Midas de la Banca, había eclipsado al Cid Campeador y a Don Quijote y era el modelo de las nuevas generaciones. Acróbata del salto alto en la escala social, había llegado desde un pueblecito de Galicia hasta las cumbres del poder y del éxito. Las lectoras de las revistas del corazón lo elegían por unanimidad: el español más atractivo, el marido ideal. Siempre sonriente, el pelo engominado, parecía recién salido de la tintorería cuando leía balances o bailaba sevillanas o navegaba por el Mediterráneo. Quiero ser Mario Conde, se titulaba la canción de moda.

Diez años después, en 1997, el fiscal pidió cuarenta y cuatro años de cárcel para Mario Conde, lo que no era mucho para quien había cometido el mayor fraude financiero de la historia de España”.

Un día fue Mario Conde, en pleno esplendor, a pronunciar una conferencia en mi Universidad. No asistí. Veía a los jóvenes estudiantes correr apresurados a conseguir un lugar en el paraninfo. Me pareció un acto obsceno. Yo estaba indignado por aquella ceremonia y aquel boato. Por aquella efervescencia juvenil propiciada y bendecida por la autoridad académica. Tuve un fuerte conflicto con un guarda de seguridad que me impedía aparcar en un lugar del campus para reservar espacio a la comitiva del prócer. Iba a trabajar en mi despacho y no podía hacerlo porque todo se había dispuesto para la magnificencia y la seguridad del acto “académico”.

Me molestaba que la Universidad se incorporase a ese clamor social. Y me pregunté por los modelos de persona que la sociedad (y, en este caso, la Universidad) les ofrecía a los jóvenes y a las jóvenes estudiantes. ¿Como quién deberían ser? ¿A quién deberían parecerse? Pues muy claro: tenían que parecerse a Mario Conde.

En la propuesta de modelos, la escuela y la familia desempeñan un papel preponderante. Deberían encontrar en nosotros actuaciones y actitudes que les condujesen a construir modelos de ciudadanía. Y criterios para discernir cuándo hay propuestas ejemplares y cuándo prestidigitación engañosa.

Deberíamos conseguir, en primer lugar, ayudarles a descubrir las trampas de los modelos presentados por la vía de la seducción. Sin análisis, sin mostrar el imprescindible esfuerzo, sin reparar en el cumplimiento o quebrantamiento de los valores, sin pensar en quienes en las mismas circunstancias nunca llegan, sin hacer ver las zancadillas que reciben las mujeres para alcanzar el éxito... , en segundo lugar, deberíamos presentar modelos que puedan imitar y que estén basados en valores.

Me ha llegado a través de la red una de esas historias que sueles considerar verídica por el simple hecho de que te gustaría que lo fuera. En este caso porque encierra ingenio, comprensión y bondad. Una historia en la que una forma de actuar se convierte en un modelo con tanto gancho que lleva a un niño a imitar el modelo propuesto. Dice así:

Un joven se encuentra con un anciano a quien sin duda recuerda con emoción. Su antiguo maestro. Se dirige a él y, después de saludarle afectuosamente, le dice:

— ¿Se acuerda de mí?

El anciano contesta que no. Entonces el joven le dice que fue su alumno hace muchos años. El antiguo profesor le pregunta:

—¿Qué estás haciendo?

—Soy maestro, contesta con satisfacción y orgullo.

—Ah, qué bueno, como yo durante tantos años.

—Sí, me convertí en maestro porque me inspiró a ser como usted.

El profesor le pregunta cuándo le inspiró a ser maestro. Y el alumno le cuenta la historia.

— Un día, un amigo mío, también estudiante, llegó con un hermoso reloj nuevo, decidí que lo quería para mí y se lo robé. Lo saqué de su bolsillo y lo metí en el mío. Poco después mi amigo comprobó que se lo habían quitado y se quejó a usted, querido maestro. Entonces usted se dirigió a la clase.

—Alguien ha robado el reloj de un compañero. Quien haya sido que se lo devuelva o que me lo de a mí para que yo se lo entregue.

Yo no lo devolví porque no quería hacerlo. Sentía una horrible vergüenza al mostrarme como ladrón delante de usted, de mi amigo y de los compañeros. Todos se miraban con perplejidad. Nadie dijo nada. Luego cerró usted la puerta y nos dijo a todos que nos pusiéramos de pie y que iría uno por uno para buscar el reloj en los bolsillos, en las mochilas, en los pupitres o donde fuera hasta encontrar el reloj. Pero nos dijo a todos que cerráramos los ojos, que realizaría la búsqueda exigiendo que todos tuviésemos los ojos cerrados. Todos cerramos los ojos y usted fue de bolsillo en bolsillo, buscando el reloj. Cuando llegó al mío encontró el reloj y lo tomó. Continuó usted buscando en todos y cuando terminó, dijo:

—Abran los ojos. Ya tenemos el reloj. Ya se lo he devuelto a su dueño.

—No me dijo usted nada. Nunca mencionó el episodio. Nunca dijo quién había robado el reloj. Y ese día salvó usted mi dignidad para siempre. Evitó la vergüenza que me habría producido ser acusado de ladrón delante de todos y, sobre todo, delante de mi amigo. Me sentí muy avergonzado ese día. El día en que mi dignidad se salvó gracias a usted. Porque me podían haber etiquetado todos de ser un ladrón y una mala persona. Me dio una lección moral. Recibí el mensaje. Y entendí que esto es lo que debe hacer un verdadero maestro. ¿Se acuerda de este episodio?

El profesor responde:

—Recuerdo la situación, el reloj robado, la búsqueda, el hallazgo, la devolución... Pero no te recordaba a ti porque también cerré los ojos cuando buscaba.

Enseñar es el arte de ayudar al prójimo a ser mejor. Un arte que tiene estrategias, a veces, sutiles pero siempre llenas de ingenio, de compasión, de misericordia y de amor. Enseñar es el arte de convertirse en un ejemplo no tanto por lo que se dice cuanto por lo que se siente, se hace y se es.

(*) Del blog El Adarve, reproducido con autorización del autor.

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