Liliana Villegas recuerda muy bien aquel día en que su amiga le hizo la propuesta y se dispone a contar porqué le dijo que sí. Dice con orgullo que tiene 67 años, que se casó a los 14, que tuvo a su primera hija a los 16 y que luego llegaron tres más. Desde entonces, se ocupó de atender su casa con una especial dedicación por el cuidado de los otros. Actualmente su hija mayor tiene 50 años, le siguen una de 46, otra de 40 y la más chica de 28. Además de sus cinco nietos, el mayor de 20 y la mas pequeña de 4 años.
Habla de su familia como de un gran tesoro y destaca que el esfuerzo realizado en los últimos años para terminar la escuela siempre fue celebrado por su entorno, al punto que en el acto de graduación tuvo una hinchada masiva. “Mis hijas se pusieron muy contentas y orgullosas cuando les conté me iba a ir a la escuela, me apoyaron en todo momento”, dice emocionada, y agrega: “Esta vez me apoyaron ellas, así como yo las apoyé para que terminen la escuela y casi todas tienen un título”.
Tanto como le sucedía a su amiga Raquel, a Liliana también la inquietaba desde hacía un tiempo la idea de volver a la escuela. Aquí la potencia de la compañía fue clave para ambas, porque se dieron fuerzas mutuamente, se respaldaron y afrontaron juntas cada desafío. La graduada de 67 años dice que además de haber aprendido los contenidos establecidos en la currícula, lo más valioso que se lleva de su paso por la Eempa es el afecto y la dedicación de todos sus docentes. “Nosotras venimos de otra enseñanza”, dice la mujer, y afirma que le gustaría que los chicos mas jóvenes puedan valorar más el trabajo de los profesores.
La materia que mas le gustó a Liliana fue matemática. Recuerda el cursado virtual con Silvia y dice que las clases de su profe eran “una barbaridad”: “Imaginate que nosotras de esos celulares no conocíamos nada y la profe nos daba todas las indicaciones para tener clases en la virtualidad, fue una genia”.
Ahora que terminó la secundaria, se tomará un año sabático. “Quiero disfrutar a mis nietos, la más chiquita me dice «abuela, ahora que terminaste la escuela podés venir a mi casa y quedarte muchos días», así que quiero disfrutar de eso”, cuenta con ternura.
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Como escoltas o abanderada, las mujeres disfrutaron de un momento que significó un sueño cumplido.
Superpoderosa
Raquel Balangioni también se suma a la charla. Hace memoria y cuenta que cuando era jovencita no era sencillo estudiar, sus padres eran muy pobres y en ese entonces terminar 7º grado era todo un logro para después aprender algún oficio. “Yo aprendí a tejer”, dice. La vida luego la llevó por distintos lugares y hace 35 años que es comerciante.
La graduada de 65 años cuenta con orgullo que sus hijos sí pudieron estudiar: “Tengo una hija docente y un hijo ingeniero, yo me dediqué a luchar para que ellos estudiaran y fui muy estricta con el tema de la escuela”. Cuándo se le pregunta qué la incentivó a estudiar, responde que le pesaban el cansancio de tantos años de trabajo y el sentir que tenía una deuda pendiente consigo misma “Cuando los chicos eran adolescentes era estricto para mi mirarles las carpetas, aunque yo no sabía nada. Los chicos me decían que tenía que estudiar pero yo en ese momento tenía que trabajar y lo único que quería es que ellos tuvieran su título y una profesión”, recuerda. Con el paso de los años y semejante misión cumplida, tejer y continuar trabajando ya no eran una opción para Raquel, por lo que se animó a avanzar por nuevos caminos.
Cuenta con mucho orgullo que supo hacerle frente a este proceso de aprendizaje que para ella implicó todo un desafío. “Mi hija es directora de una escuela pero tiene gemelos, imaginate el trabajo que tiene, yo no quería molestarla mucho porque ella no podía ayudarme todo el tiempo”, relata, y también recuerda las dificultades que trajo la escolaridad durante la pandemia, pero que a pesar de todo logró adaptarse muy bien a las clases virtuales gracias al apoyo de sus compañeros y docentes.
A la hora de contar qué fue lo que mas le gustó estudiar Raquel habla de las clases de literatura. Por un lado porque a ella le gusta escribir, pero además porque Damián Leiva, su profe de lengua, la apoyó mucho en cada desafío. “Cada vez que me hacía escribir algo, el profe me escribía cosas para estimularme, me decía que siga siempre adelante, que acá estaba en el mejor lugar. Si yo estaba desanimada o insegura, él me ayudaba con sus palabras”, cuenta.
Hoy son todos festejos, pero las chicas reconocen que el proceso de aprendizaje no fue sencillo. Raquel cuenta que durante el primer año de cursado sintió mucho temor, porque eran 50 años sin ir a la escuela y tenía miedo de no poder. “Siempre sentía que yo no podía, pero ahora me doy cuenta que logré muchas cosas en mi vida, mi negocio, criar a mis hijos. Ahora, en este momento, después de terminar la escuela siento que puedo, que soy capaz”, afirma la recién graduada, quien se reconoce como “superpoderosa”.
En la charla, Liliana Villegas y Raquel Balangioni rememoran el tiempo compartido en las aulas. La pregunta es inevitable. ¿Es verdad que eran muy “olfachonas”? Se ríen cómplices. “Nosotras nos sentábamos adelante de todo porque no escuchábamos ni veíamos nada”, dice Liliana entre risas. Y Raquel agrega que siempre participaban de las clases porque sentían esa confianza que les daban los profesores. Ambas reconocen que el compromiso que asumieron con la escuela impulsó a muchos estudiantes a involucrarse más con el estudio. Hablan con afecto de sus compañeros menores, que siempre las trataron como iguales a pesar de la diferencia de edad. “A veces poníamos algo de orden en la clase”, dice Raquel risueña, y Liliana agrega: “Como si fueran nuestros hijos”.
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El acto de colación fue a pura fiesta en la escuela media para adultos de La Paz al 3000.
Querer seguir
El acto de graduación que se celebró en la Eempa 1.297 presentó a Liliana Pavón como alumna abanderada. Una estudiante que, a diferencia de las otras dos graduadas, cursó toda su secundaria en una extensión áulica de la Eempa ubicada en el Centro Comunitario Catú, de Villa Banana.
Tiene 62, es vecina de barrio Alvear y es aparadora de calzados. Un oficio que aprendió en la infancia y que ejerció toda su vida. “Trabajé desde chica, desde los 13 años”, dice y afirma que no tuvo la posibilidad de ir a la escuela en aquel momento.
El tiempo pasó, conformó su familia, no dejó de trabajar nunca y tuvo que vivir un hecho que produjo un quiebre irreversible. “Cuando falleció mi hijo lo perdí todo, pero esto de volver a la escuela me ayudó”, dice con la voz entrecortada al referirse a la tragedia que en 2016 marcó un antes y un después en su vida.
La abanderada retoma su relato y cuenta que es separada, que tiene 6 hijos, 9 nietos y dos bisnietos. Y que actualmente vive con su hija Candela de 21, con quien se graduó este año. Una perlita que hace mas potente su historia de vida.
¿Cómo fue que llegó a la escuela? Liliana Pavón vio por las redes sociales que podía hacer la secundaria en el aula radial y no lo dudó. Se inscribió porque terminar la escuela era una deuda pendiente que tenía con ella misma: “Todos mis hijos ya estaban grandes, soy sola y me debía hacer la escuela”. Comenzó a cursar y cuando llegó a tercer año incitó a su hija a terminar la secundaria junto a ella. Otra meta lograda, esta vez como mamá.
Candela se suma a la charla para reafirmar el poder de tracción de su mamá. “Se puede decir que estudiar con mi mamá me vino bien, tenía que hacer las tareas de la escuela sí o sí”, dice la chica mientras el resto ríe, y confirma que desde que la tiene como compañera de curso no pudo darse demasiadas licencias. Liliana reconoce haber subido a su hija a su tren y que ese esfuerzo valió la pena, no solo porque se gradúa junto a ella sino también porque Candela tiene proyectos a futuro, como estudiar idiomas.
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Candela abraza a su mamá Liliana Pavón, ambas egresadas de la Eempa.
Leonardo Vincenti
En la charla, la abanderada repasa el camino recorrido. Recuerda que desde el principio era la más grande del curso, que algunos fueron abandonando y que siempre se sintió cómoda con sus compañeros y profesores. Aún sin poder procesar todos los cambios, dice que siente la melancolía que implica un fin de ciclo porque ya los extraña a todos. Y reflexiona: “Ojalá que las personas grandes como nosotras puedan hacer todo lo que les quede pendiente, que no se priven de hacerlo. Yo me lo debía”.
¿Y ahora qué, misión cumplida, ya está? “No, ya está no —responde contundente—, quiero seguir, quiero estudiar abogacía”. Fiel a su estilo y sin perder tiempo, Liliana Pavón ya accionó para inscribirse en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Se informó y sabe en detalle cuáles son los requisitos para hacerlo. Una y otra vez reafirma que va por más y sus compañeras graduadas que la escuchan celebran su decisión.
Cuando se les pregunta a todas si aprendieron algo que pensaban que no iban a poder aprender, Liliana Pavón contesta “ecuaciones”. Por su parte, Liliana Villegas y Raquel Balangioni hacen referencia a los aprendizajes que lograron durante la pandemia. “Me encerraba en la habitación y ponía el celular como me enseñó la profe para conectarme al Zoom”, cuenta Raquel para narrar toda una odisea de la que salieron ilesas. Afirma que aún no sabe cómo es que aprendió a enviar archivos digitales.
Orgullosas de sus logros y más empoderadas que nunca, el viernes pasado Liliana Pavón, Raquel Balangioni y Liliana Villegas celebraron sus títulos secundarios y se lucieron como abanderada y escoltas.