Educación

Aulas ventiladas

El autor analiza algunas discusiones educativas que se resignificaron con el debate sobre la presencialidad en las escuelas.

Sábado 13 de Febrero de 2021

La pandemia nos obligó a ventilar los ambientes, y da la sensación de que algunos papeles volaron y se cambiaron de lugar. Me interesa analizar aquí brevemente cómo algunas oposiciones de larga tradición pedagógica, parecen resignificarse en el marco de las discusiones sobre el regreso a los edificios escolares.

La primera y más evidente es la oposición entre virtualidad y presencialidad, donde es fácil observar una cierta inversión de las posiciones hasta hoy sostenidas. Antes de que todos los docentes nos viéramos forzados a llevar nuestra enseñanza a las pantallas, los argumentos a favor de una progresiva virtualización de las relaciones educativas eran esgrimidos por las corrientes más gerencialistas, y venían de la mano de metodologías presentadas como innovadoras, superadoras de tradiciones, más eficientes, más controlables. Quienes resistían ese afán tecnologizador, lo hacían desde una defensa ética de la educación entendida como un encuentro, una experiencia de los cuerpos, las miradas, las conversaciones, todo ello irreductible al frío entorno de la pantalla. Basta con retomar los debates alrededor de la “Secundaria del futuro” o de la “Unicaba” para identificar quiénes agitaban las banderas de la virtualización de la escuela antes de la pandemia y quiénes, al otro lado, resistíamos en las trincheras de la presencialidad.

En este nuevo escenario, las banderas han cambiado de manos, pero ya no son las mismas, ni tienen el mismo significado. Lo virtual (que se denunciaba como pretexto para la reducción presupuestaria disfrazada de modernización) se ha convertido en refugio transitorio ante la demanda de distancia física. Y la idea de presencia se desdibujó, porque una clase ya no es sólo una clase, sino también un vector de contagios. Y como era de esperar, también los desafíos de lo virtual cambiaron: ya no se habla sólo ni principalmente del flipped-learning, la enseñanza de plataformas o la evaluación por formularios virtuales, sino que también (y cada vez más) se discute la necesidad de humanizar y desmercantilizar las relaciones virtuales y la necesaria congruencia entre pedagogías tecnológicas y políticas de provisión de recursos que las hagan posibles e inclusivas. En suma, la inversión de los argumentos no tiene que ver con un cambio de opinión generalizado, sino con el reacomodamiento de las posturas más gerencialistas y las más libertarias en el campo pedagógico.

Otra oposición que sale a flote es la que se estructura sobre las razones para volver a los edificios escolares. “Que no se pierdan más contenidos”, dicen algunos, mientras otros sostienen: “No es sólo un tema de contenidos, sino también de lo emocional”. En esta tensión entre contenidos y emociones se ven plasmadas las perspectivas más eficientistas (que valoran a la escuela por sus resultados medibles, por su productividad) y otras que consideran la experiencia escolar como un necesario bálsamo de vida en medio de tanta muerte. Para los primeros, el retorno a las aulas es (como para muchas empresas) la promesa de que las máquinas vuelvan a funcionar. Para los segundos, es acudir a un refugio, reconstruir identidad, regresar a un tiempo propio y añorado. Lo que se escucha menos en el debate es la referencia a la escuela como instancia democratizadora que distribuye un tiempo al que todos deben poder acceder: tiempo de jugar, estudiar, practicar, conversar y pensar junto a otros. Desde esta tercera posición, la escuela no es sólo ni principalmente una fábrica que produce ni un nido que acoge (aunque pueda tener algo de ambas) sino una ventana al mundo. Y tengo la convicción de que es a esa escuela a la cual, cuando se den las condiciones, debemos volver primero: la escuela que brinda rituales, preguntas, ejercicios, experiencias. En definitiva, un lugar desde el cual comprender quién puede llegar a ser uno y ante qué mundo se halla.

Una tercera dicotomía es la que se traza entre la pedagogía y la medicina. Han existido unos pocos ejemplos de confluencias armónicas entre ambos mundos. Hubo casos de médicos que se volvieron educadores célebres, como Decroly, Korczak o Montessori; hubo pedagogías con fuertes pretensiones científicas que tomaron a la ciencia natural como modelo, y hasta podemos mencionar la propia idea de “vacuna”, en su acepción básica de una intervención médica que “enseña” al cuerpo a defenderse de un patógeno. Pero ahí terminan los encuentros pacíficos y comienzan las controversias. Desde la problemática relación entre educación e higienismo en los comienzos de los sistemas educativos hasta las corrientes neurocientíficas que son hoy fuertemente cuestionadas por deshumanizar al alumno reduciéndolo a un “cerebro que aprende”, la medicina y la educación se han mostrado los dientes una y otra vez. Tal vez la expresión más nítida de esa tensión sea cierta patologización del aprendizaje (o del no aprendizaje) y la consecuente mirada diagnóstica que obtura la mirada y la vuelve discriminatoria, excluyente, ajena. La pandemia, sin embargo, ha venido a reubicar los términos de esta relación entre pedagogía y medicina. Parece evidente que no hay regreso posible a los edificios escolares sin un trabajo conjunto de ambas. Porque los educadores podemos diseñar ingeniosos dispositivos para organizar los contenidos, los programas, los horarios, los grupos. Pero sólo el personal médico puede supervisar esos dispositivos desde lo sanitario para que no se transformen en trampas mortales.

Otra dicotomía histórica del sistema educativo es aquella de lo público y privado: hoy vemos mejor que nunca la importancia de una oferta estatal desligada de los avatares de la economía y la fragilidad de que muchas instituciones sean a la vez escuelas y empresas. En cuanto al lugar del docente, la idea de “dar responsabilidad” se desgaja entre los extremos que van desde el abandono (“arreglátelas como puedas”) hasta el respeto y la escucha a los saberes profesionales situados. El Estado, por su parte, aparece tensionado entre la indignación de una parte de la sociedad que ve una “infectadura” (¡ya ni se puede ir a clases!) y otra parte igualmente indignada que, para volver a las aulas, reclama del Estado espacios seguros, insumos escolares e higiénicos, personal adecuado y suficiente, vacunas y recursos tecnológicos.

Aulas ventiladas, papeles revueltos, viejas preguntas y nuevas respuestas. De algo estamos más que seguros: queremos salir de todo esto (en primer lugar) lo más vivos y sanos que sea posible y queremos (enseguida, ahí nomás) volver pronto a las aulas.

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