El 23 de febrero pasado cumplió su cometido, apuntó y apretó el gatillo de un arma de aire comprimido e hirió a una gatita y la dejó con el ojito colgando. La encontré en mi jardín desangrándose y desesperada de dolor. Gracias a Dios, el veterinario pudo salvarle la vida pero al ojo definitivamente lo perdió. Me dirijo a usted, señor "cobarde": ¿calmó su ira? ¿Sintió placer? ¿Se siente feliz ahora? Yo no sé quién es, pero le aviso que existe una ley de protección animal contra los entes como usted (ley 14.346). Nadie tiene obligación de quererlos, pero sí la obligación de no pegarles, patearlos, acuchillarlos, abandonarlos, quemarlos, ahogarlos, envenenarlos o balearlos. Es decir cualquier forma de maltrato. Tarde o temprano su delito se descubrirá e iremos a la Justicia para que se cumpla lo que dictamina la ley. Este acto a toda comunidad civilizada nos tiene que doler y es un llamado a no ser indiferentes ante el sufrimiento de un ser que siente dolor; no debemos mantenernos en la inacción mirando a otro lado. La violencia practicada hacia los más pequeños, porque ellos son nuestros hermanos menores, viene de alguien insano que hasta puede esconder violencia contra su familia. Rezaremos por usted para que ablande su corazón y, si está enfermo, trate de pedir ayuda en especial a Dios, nuestro creador. El mundo no es sólo de los seres humanos, los animales también son dueños y su vida debe respetarse. Toda persona que ve y permite cualquier forma de crueldad hacia ellos es cómplice silencioso de esa falta. Por favor no calle y denúnciela.































