Veo con preocupación la situación laboral de muchos jóvenes, cuyas edades oscilan entre los 19 y 25 años, que se desempeñan en ciertas empresas prestigiosas. Allí les aseguran un excelente ambiente de trabajo, pero perciben magros sueldos y prácticamente son nulas las posibilidades de desarrollo y crecimiento. En su mayoría, quienes cumplen funciones específicas en la compañía, aún no contrajeron matrimonio y no tienen hijos, por lo tanto es probable que si residen con sus padres respectivos, la remuneración mensual alcance para satisfacer plenamente sus deseos. En este sentido, bien puede decirse que al transcurrir el tiempo y al momento de pensar en casarse pronto, estos jóvenes obligadamente deben buscar otras opciones laborales que permitan ingresos monetarios superiores y perspectivas de progreso personal. Sería sumamente importante que, paralelamente a un empleo, estudien en la facultad o institutos terciarios, con el firme objetivo de estar mejor preparado en un futuro inmediato. Sin embargo, se sabe que la carga horaria exigida por los empleadores reduce o quita posibilidades concretas de perfeccionamiento en ámbitos académicos. Hay una precariedad laboral indiscutible que impide a mujeres y hombres poder proyectarse y disfrutar de un crecimiento particular. El modelo empresario es tener manos de obra barata por un tiempo limitado, y luego viene la rotación de personal. De cualquier modo, habrá que analizar si los reemplazantes rinden de la misma manera y, por sobre todo, si lo harán con la misma honestidad.


























