Hace unos días regresé de un viaje bastante extenso por el norte de Perú. Deseo compartir con todos los lectores la experiencia vivida en cuanto al cuidado de los espacios públicos. Es realmente un ejemplo la limpieza en la que se encuentran la mayoría de las calles de cada ciudad (exceptuando quizás algunos mercados callejeros que gozan de mayor informalidad, lugares donde no obstante se comercia dignamente). La población peruana es educada a la hora de tirar los residuos y exigente para pedir limpieza a las autoridades. Además de esto se pueden ver a los encargados de limpiar las calles sumamente esmerados por su trabajo. En Perú tienen también muy incorporado el reciclaje de plásticos, además del cartón y el papel. En cuanto a las plazas, es admirable el cuidado del césped (al punto de que parece sintético muchas veces) y los preciosos y prolijos canteros con abundantes flores, además de las aceras que lucen como enceradas. Allí la gente pasea despreocupadamente, en familia, con un ritmo de vida que nosotros estamos muy lejos de poder alcanzar. En cuanto a las veredas hay que agregar que se encuentran en perfecto estado, todas con sus rampas correspondientes. Y aclaro que no estoy hablando del coqueto barrio de Miraflores en Lima, sino de ciudades serranas como Cajamarca, Chachapoyas, las costeras Trujillo y Huarmey, o pueblos más pequeños. Al comparar este panorama con el estado de abandono que presenta nuestra ciudad, con las caras malhumoradas de la gente, con la falta de respeto que nos rodea, con el individualismo que impera y con el horror diario de los argentinos que hasta tienen que comer de la basura (algo que en Perú es impensable) uno se siente desmoralizado y abatido, más aún cuando pudimos ver que los argentinos somos admirados y muy queridos por ellos. No lo merecemos. Y encima muchos se dan el gusto de discriminar. Ojalá pudiéramos aprender más del resto de Latinoamérica y bajar del caballo de la soberbia de una vez por todas.































